1990-1999
    El crecer dentro del sacerdocio
    Notas al pie de página
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    El crecer dentro del sacerdocio

    “La Expiación de Jesucristo ha dado al Salvador la potestad de ayudarles a progresar hasta ser los jóvenes que Él sabe que pueden llegar a ser”.

    Me siento muy humilde ante la gran responsabilidad de dirigirme a este grupo de hermanos que poseen el sacerdocio de Dios. Ruego sinceramente que el Espíritu del Señor nos acompañe para que lo que tengo que decir se grabe profundamente en su corazón.

    Me gusta hablar a los hermanos del sacerdocio, particularmente a los jóvenes de nuestra Iglesia que poseen el Sacerdocio Aarónico. Lo crean o no, no me parece que haya pasado tanto tiempo desde que yo era un muchacho. Cuando era diácono, comenzaron a aparecer las señales de la Gran Depresión; decenas de miles de personas perdieron el trabajo; el dinero escaseaba; las familias tenían que arreglárselas como pudieran; muchos niños y jóvenes ni siquiera preguntaban a la madre qué había para la cena, pues sabían muy bien que los armarios estaban casi vacíos.

    Mis padres trabajaban duramente y estiraban el dinero todo lo más posible; tal vez esa fuera la razón principal por la que todo lo que me daban era siempre dos o tres tallas más grande.

    Tenía doce años cuando recibí el primer par de patines de hielo; eran tan grandes que tenía que rellenar las puntas con algodón.

    Cuando los saqué de la caja, miré a mi madre y le dije: “Mamá, ¡yo no puedo patinar con esto!”.

    “Sé agradecido por tenerlos, Joseph”, me dijo; y agregó lo que ya me había acostumbrado a oír: “No te preocupes; ya te quedarán bien”.

    Un año después, lo que más deseaba tener era un par de hombreras protectoras y un casco de fútbol americano. La mañana de Navidad abrí mis paquetes y ahí estaban las hombreras protectoras y el casco… pero eran de un tamaño apropiado para Goliat, que era de seis codos y un palmo de altura, unos dos metros setenta.

    “Mamá, ¡son muy grandes!”, le dije.

    “Sé agradecido por tenerlos, Joseph”, me dijo nuevamente. “No te preocupes; ya te quedarán bien”.

    Antes de entrar en la escuela secundaria jugué mucho al fútbol americano en el vecindario. Cuando me puse mi equipo nuevo, las hombreras me colgaban tanto sobre los hombros que lo único que me protegían era los codos.

    Aun cuando rellené el casco con algodón y papel de periódico, se sacudía cada vez que daba un paso; y cuando corría, daba vueltas y vueltas hasta que la única manera de poder ver por donde iba era mirar por el agujero del casco que correspondía a la oreja.

    Una vez, corrí con la pelota hacia el arco a toda velocidad y me di contra un árbol. Cada vez que me atajaban, el casco daba una vuelta de ciento ochenta grados y parecía que era la cabeza que se me había dado vuelta para atrás; después, tenía que volver a ponerle el relleno de algodón y periódico, colocarme a la fuerza el casco y correr hasta el grupo de jugadores.

    Mi padre era un hombre muy grande. Recuerdo que un día me puse sus zapatos y quedé asombrado del tamaño. ¿Llegarían alguna vez a servirme? ¿Crecería yo hasta llegar a la estatura de mi padre?, me preguntaba.

    Pienso en esos días con cariño. Es extraño, pero también pienso con cariño en las palabras alentadoras de mi querida madre: “No te preocupes, Joseph; ya llegará el día en que te queden”.

    De manera similar, todos tenemos que aprender la forma de que “nos queden bien” nuestras responsabilidades como poseedores del sacerdocio.

    Las Grandiosas Posibilidades De La Juventud

    Primero, quiero decirles, jóvenes, que el Señor tiene Sus ojos puestos en ustedes. Él los ama y los conoce; Él sabe de sus triunfos y de sus pruebas, de sus éxitos y de sus pesares.

    Él sabe que habrá veces en que, al contemplar las dificultades que enfrentan, quizás piensen que son demasiado grandes para resolver. Sin embargo, Él está dispuesto y listo para ayudarles mientras se convierten en los hombres que llegarán a ser.

    A veces, quizás piensen que los deberes que tienen como poseedores del Sacerdocio Aarónico son insignificantes, pero les aseguro que no es así.

    Todo lo que hacen en el Sacerdocio Aarónico tiene un propósito espiritual y es importante para el Señor. Siempre que ejercen el sacerdocio están en la obra del Señor, haciendo la labor del Señor. Van como Sus siervos, con Su autoridad para actuar en Su nombre.

    Recuerdo cuando mi padre, que era también mi obispo, me puso las manos sobre la cabeza para conferirme el Sacerdocio Aarónico. Ese día sentí algo especial. En las semanas siguientes volví a sentir lo mismo al repartir los emblemas sagrados de la Santa Cena a los miembros de mi barrio, la gente a la cual contemplaba como mis ideales; se me ocurrió entonces que estaba haciendo lo mismo que el Salvador había hecho en la Última Cena.

    Quiero hablarles de cinco principios que, si los obedecen y los incorporan en su vida mientras son jóvenes, les asegurarán la felicidad y la paz mientras vivan, sean cuales sean las pruebas y las tentaciones que se les presenten. El Señor ha revelado estos principios como consejos para todos nosotros los que nos esforzamos por llegar a ser la clase de hombres que Él quiere que seamos.

    Cinco Principios para Los Poseedores del Sacerdocio Aarónico

    Primero, pongan al Padre Celestial en primer lugar en su vida. Recuerden las palabras de Alma a su hijo Helamán: “¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios!”1. El Salvador nos recordó esa prioridad cuando enseñó que el primer y gran mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”2.

    Es esencial que sepan y comprendan que nuestro Padre Celestial los quiere como hijos, porque Él es el Padre de sus espíritus. Eso los hace literalmente Sus hijos, engendrados espiritualmente por Él.

    Como tales, han heredado el potencial de llegar a ser como Él. Su deseo más grande es que progresen en esta vida, línea sobre línea, pareciéndose más a Él, para que un día puedan volver a Su presencia. Recuerden, es la obra y la gloria de Dios llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de ustedes3.

    El amor de Dios por ustedes y por toda la humanidad es completo e ilimitado4. Él es perfectamente justo5, pero es también perfectamente misericordioso6; es perfectamente bondadoso7 y comprende a la perfección las circunstancias y la condición en que se encuentran. Él los conoce mejor de lo que ustedes mismos se conocen.

    Dado que su Padre Celestial es perfecto, pueden tener una fe absoluta en Él; confiar en Él; y guardar Sus mandamientos esforzándose continuamente por hacerlo.

    “¿Eso quiere decir que debemos guardar todos los mandamientos de Dios?”, se preguntarán. ¡Sí! ¡Todos!

    José Smith dijo: “[Dios] jamás ha instituido, jamás instituirá una ordenanza ni dará mandamiento alguno a Su pueblo que en su naturaleza no tenga por objeto promover esa felicidad que Él ha designado y que no resulte en el mayor bien y gloria para aquellos que reciban Su ley y Sus ordenanzas”8.

    Dios no nos da mandamientos para limitarnos ni para castigarnos, sino que son ejercicios que forman el carácter y santifican el alma. Si los pasamos por alto, nos volvemos espiritualmente flojos y débiles, y quedamos sin defensa; si los obedecemos, nos convertimos en gigantes espirituales, fuertes e intrépidos en rectitud.

    ¿Dedican tiempo todos los días para repasar los hechos cotidianos con su Padre Celestial? ¿Le expresan los deseos de su corazón y la gratitud por las bendiciones que derrama sobre ustedes?

    La obediencia diaria a los mandamientos de Dios es indispensable y nos protege durante la vida terrenal y nos da la preparación para esa insondable aventura que nos espera del otro lado del velo.

    Segundo: Vengan a Cristo y síganlo como su Salvador y Redentor. Venimos a Cristo al aprender a amarlo y al estudiar diligentemente las Escrituras. ¿Cómo demostramos el amor que tenemos por el Salvador? Él nos dio la respuesta: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”9.

    Cada uno de ustedes puede leer algo de las Escrituras todos los días, y es necesario que pasen tiempo meditando sobre ellas y estudiándolas. Leer y meditar aunque sea un versículo es mejor que nada. Exhorto a todo jovencito a leer todos los días algún pasaje de las Escrituras, por el resto de su vida. Pocas cosas les proporcionarán mayores dividendos.

    Aprendan sobre su Salvador. Jesucristo sufrió en el huerto de Getsemaní más de lo que ustedes puedan comprender. En forma voluntaria y con gran amor, Él tomó sobre sí, no sólo nuestros pecados sino los dolores, las enfermedades y los sufrimientos de toda la humanidad10. En la cruz sufrió lo mismo y dio Su vida para pagar el precio de nuestros pecados si nos arrepentimos. Y, en Su supremo triunfo, Él resucitó y rompió las ligaduras de la muerte para que la resurrección estuviera a disposición de todos.

    La Expiación de Jesucristo ha dado al Salvador la potestad de ayudarles a progresar hasta ser los jóvenes que Él sabe que pueden llegar a ser. Es por medio del arrepentimiento que la Expiación tiene efecto en la vida de ustedes.

    Cuanto mejor entiendan la Expiación y lo que ella significa, menor será la posibilidad de que caigan ante las tentaciones del adversario. Ninguna otra doctrina brindará mayores resultados para el mejoramiento de la conducta y el fortalecimiento del carácter que la de la Expiación de Jesucristo, que es el punto central del plan de Dios y preeminente en el Evangelio restaurado.

    Mi sincero testimonio en calidad de testigo especial es que yo sé que Jesús es el Cristo, el Unigénito del Padre, el Creador del cielo y de la tierra, nuestro Señor y Salvador.

    Tercero: Cultiven la compañía del Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es uno de los más preciosos que puedan recibir en la tierra. El Espíritu Santo puede convertirse en su faro guiador; Él les “mostrará todas las cosas que deb[en] hacer”11. Él puede serles de utilidad en cualquier tarea justa que hayan emprendido, incluso en los estudios y en ios asuntos relacionados con sus amigos.

    Sin embargo, la misión principal del Espíritu Santo es testificar de nuestro Padre Celestial y de Su Amado Hijo, Jesucristo. Si tienen cuidado en guardar los mandamientos, el Espíritu Santo les ayudará a aprender más sobre el Padre Celestial y sobre Jesucristo y, a medida que estudien y mediten las Escrituras todos los días, recibirán iluminación en su mente.

    Es posible que reciban la inspiración del Espíritu Santo como una voz suave y apacible. No pueden llegar a ser los hombres que deben ser a menos que se eleven primero por encima de las cosas del mundo que reclaman su atención. Por ejemplo, algunas músicas del mundo son degradantes, vulgares e impropias, y ahogarán las impresiones del Espíritu Santo. El dar a su cuerpo substancias que el Señor ha prohibido en la Palabra de Sabiduría les impedirá sentir y reconocer las impresiones del Espíritu Santo.

    El no llevar una vida limpia y casta apaga la inspiración del Espíritu. Eleven sus pensamientos por encima de lo vulgar y de lo inmoral. Eviten los programas y las películas censurables de televisión, los lugares depravados del Internet y toda forma de entretenimiento que muestre o aliente a la inmoralidad y a la violencia. Huyan de la pornografía como si fuera una enfermedad contagiosa y fatal; no se pueden pemiitir el lujo de quedar adictos a su esclavitud. Eso alejaría de ustedes al Espíritu Santo y Su influencia.

    Cuarto: Amen y veneren a José Smith como el gran Profeta de la Restauración. Desde niño siempre me ha impresionado el hecho de que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado Jesucristo hubieran escuchado las oraciones sinceras de un muchacho de catorce años que andaba en busca de la verdad. De la misma manera que contestó la oración de José Smith, el Padre Celestial contestará las oraciones de ustedes, a Su debido tiempo y a Su manera.

    Al aprender más sobre el profeta José, sabrán que por medio de él se restauró la plenitud del Evangelio sempiterno, incluso las llaves del sacerdocio. Además, sabrán de su grandeza de espíritu, de la compasión que sentía por los que sufrían, de su comprensión de los misterios de los cielos y de las obras de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo entre los hombres.

    Cuanto más aprendo sobre el Profeta, más lo quiero, más deseo seguir su ejemplo y más aprecio lo que han hecho nuestro Padre Celestial y Su Hijo al restaurar este Evangelio que tiene como fin llenar la tierra en estos últimos días.

    Quinto: Amen al Profeta viviente de Dios, síganlo y sean fieles a él. El presidente Gordon B. Hinckley es el sucesor y el guardián de esas llaves del sacerdocio que fueron originalmente restauradas al profeta José Smith. En la tierra, sólo hay un hombre a la vez que posee y ejerce todas las llaves del sacerdocio; ese hombre es en la actualidad Gordon B. Hinckley.

    Sigan las enseñanzas del Profeta de nuestros días. Él está inspirado por Dios para enseñarnos lo que sea necesario para que vivamos con felicidad y rectitud.

    Amor por Los Jóvenes del Sacerdocio Aarónico

    Mis maravillosos jóvenes hermanos en el Evangelio. Los amo y los respeto mucho. A menudo se les ha dicho, y yo lo repito aquí: ustedes son linaje escogido. Han sido puestos por el Señor para llevar Su Iglesia y Su Reino al siglo veintiuno. Han sido elegidos por el Señor para salir en esta tierra cuando la maldad y la iniquidad sean muy potentes. Pero ustedes están preparados para enfrentar lo que sea.

    El presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Tengo toda razón para considerarlos la generación más grandiosa que hemos tenido en la Iglesia, a pesar de todas las tentaciones que enfrentan”12

    Eso no quiere decir que no tengan que enfrentar la porción de pesar, dificultades y pruebas que les corresponda. Desde los días en que rellenaba con algodón los patines de hielo y me ponía unas hombreras y un casco demasiado grandes, mi vida ha estado llena de experiencias y dificultades que a veces parecían demasiado grandes para mí. Aun hasta hoy, de vez en cuando no puedo evitar pensar que el tamaño del manto que se me ha pedido que lleve es, quizás, demasiado grande.

    Pero día tras día trato de dar a mi Padre Celestial el primer lugar en mi vida; trato de venir a Cristo y seguirlo como mi Salvador y Redentor; cultivo la compañía del Espíritu Santo; amo y venero al profeta José Smith, y escucho y sigo al Profeta de Dios en nuestros días. Al hacer todo eso, tengo confianza en que el Señor me bendecirá.

    Aun después de todos estos años, todavía oigo la voz de mi madre, diciendo: “Sé agradecido por lo que tienes, Joseph. Y no te preocupes, ya te quedará bien”.

    Es mi oración que todos podamos progresar en el sacerdocio y llegar a ser la clase de hombres que nuestro Padre Celestial quiere que seamos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.