1990-1999
    En el cenit de los tiempos
    Notas al pie de página
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    En el cenit de los tiempos

    “Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y… con el deseo de mantenemos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo”.

    ¡ Qué emocionante y maravillo es I pasar por el umbral de los siglos! I Dentro de poco, todos tendremos esa experiencia. Pero aún más fascinante es la oportunidad que tenemos de dejar atrás el milenio que está por acabar y dar la bienvenida a mil años nuevos. Al contemplar este período, me acoge un grandioso y solemne sentimiento por las cosas de la historia.

    Hace tan sólo dos mil años que el Salvador estuvo sobre la tierra. Un maravilloso reconocimiento del lugar que Él ocupa en la historia es el hecho de que el calendario que actualmente está en uso en casi todas partes del mundo ubica el nacimiento del Señor como el meridiano de los tiempos. Todo lo que ocurrió anterior a esa fecha se cuenta desde esa fecha hacia atrás; y todo lo que ha ocurrido desde entonces se mide a partir de ella hacia adelante.

    Siempre que alguien usa una fecha, ya sea que se dé cuenta de ello o no, reconoce la venida a la tierra del Hijo de Dios. Su nacimiento, como se ha llegado comúnmente a determinar, marca el punto central de los tiempos, el meridiano de los tiempos reconocido a través de la tierra. Cuando utilizamos esas fechas no prestamos atención a ese hecho, pero si nos detenemos a pensar, debemos reconocer que Él es la figura sublime de toda la historia del mundo sobre la cual se basa nuestra medida del tiempo.

    En los siglos antes de que Él viniera a la tierra, hubo profecías acerca de Su venida. Isaías declaró: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

    El rey Benjamín declaró a su pueblo más de un siglo antes del nacimiento del Salvador:

    “Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfennedades…

    “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5, 8).

    No es de sorprender que ángeles hayan cantado al tiempo de Su nacimiento y que magos hayan viajado desde lejos para rendirle homenaje.

    Fue el hombre perfecto que anduvo sobre la tierra; Él cumplió la ley de Moisés y trajo un nuevo precepto de amor al mundo.

    Su madre era mortal, y de ella recibió los atributos de la carne; Su Padre era inmortal, el Gran Dios del Universo, de quien recibió Su naturaleza divina.

    La sublime expresión de Su amor llegó con Su muerte, en que dio Su vida como sacrificio por todos los hombres. Esa Expiación, que se llevó a cabo en dolor inconcebible, se convirtió en el acontecimiento más grandioso de la historia, un acto de gracia para el cual el hombre no contribuyó nada, pero que trajo consigo la seguridad de la resurrección para todos aquellos que hayan vivido o que vivirán sobre la tierra.

    Ningún otro acto de toda la historia humana se le compara; ningún otro suceso jamás ocurrido se le puede igualar. Totalmente libre de egoísmo y con amor incondicional para toda la humanidad, se convirtió en un acto de misericordia sin igual para toda la raza humana.

    Luego, con la resurrección aquella primera mañana de Pascua vino la triunfal declaración de inmortalidad. Bien lo expresó Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). El Señor no sólo concedió las bendiciones de la resurrección a todos, sino que abrió el camino a la vida eterna para todos aquellos que observen Sus enseñanzas y mandamientos.

    Él fue y es la grandiosa figura central de la historia humana, el cénit de los tiempos y las eras de todos los hombres.

    Antes de Su muerte, Él había llamado y ordenado a Sus apóstoles; ellos llevaron adelante la obra por un tiempo; Su Iglesia estaba establecida.

    Transcurrieron los siglos. Una nube de obscuridad se asentó sobre la tierra. Isaías lo describió de esta manera: “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones” (Isaías 60:2).

    Era una época de pillaje y sufrimiento, caracterizada por largos y sangrientos conflictos. Carlomagno fue coronado emperador de los romanos en el año 800.

    Eran tiempos de desesperanza, una época de amos y de siervos.

    Pasaron los primeros mil años y daba comienzo el segundo milenio. Sus primeros siglos eran una continuación de los anteriores; eran tiempos cargados de temor y sufrimiento. La terrible y mortífera peste se originó en Asia en el siglo catorce; se extendió hacia Europa y subió hacia Inglaterra. A dondequiera que iba causaba la muerte repentina. Boccaccio dijo de sus víctimas: “Al mediodía almorzaban con sus amigos y familiares y de noche cenaban con sus ancestros en el otro mundo”1. Llenaba de terror el corazón de la gente. En cinco años acabó con veinticinco millones de personas, un tercio de la población de Europa.

    Periódicamente reaparecía para asestar un golpe con su mano oscura y macabra. Pero ésa fue también una época de mayor iluminación. A medida que los años continuaban su marcha inexorable, la luz del sol de un nuevo día empezaba a vislumbrarse sobre la tierra. Era el Renacimiento, un espléndido florecimiento del arte, de la arquitectura y la literatura.

    Los reformadores se esforzaron para cambiar la iglesia, hombres destacados como Lutero, Melanchthon, Hus, Zwingli y Tyndale. Éstos fueron hombres de gran valor, algunos de los cuales padecieron muertes crueles por sus creencias. Nació el protestantismo con su petición de reforma. Cuando esa reforma no se logró, sus precursores organizaron iglesias propias, lo cual hicieron sin contar con la autoridad del sacerdocio. Lo único que ellos deseaban era encontrar una forma mediante la cual pudiesen adorar a Dios como ellos pensaban que se le debía adorar.

    Mientras esa causa se intensificaba por el mundo cristiano, las fuerzas políticas también se empezaban a movilizar. Vino entonces la Revolución Americana, lo cual resultó en el nacimiento de una nación, cuya constitución declaraba que el gobierno no debía interferir en asuntos de religión. Era la alborada de un nuevo día, un día glorioso. Aquí ya no hubo más una iglesia del estado. No se favorecía a una secta más que a otra.

    Después de siglos de tinieblas, dolor y luchas llegó el momento propicio para la restauración del Evangelio. Los antiguos profetas habían hablado de este día tan esperado.

    Toda la historia del pasado señalaba hacia esta época. Los siglos, con todos sus sufrimientos y esperanzas, habían llegado y se habían ido. El Juez Todopoderoso de las naciones, el Dios viviente, determinó que habían llegado los tiempos de los cuales habían hablado los profetas. Daniel había previsto una piedra cortada, no con mano, y que fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.

    “Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; [sino que] desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44).

    Isaías y Miqueas habían hablado mucho antes cuando vieron nuestros días con visión profética:

    “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

    “Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:2–3; véase también Miqueas 4:2).

    Pablo había escrito acerca de la procesión entera del tiempo, del desfile de los siglos, diciendo: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá [ese día] sin que antes venga la apostasía” (2 Tesalonicenses 2:3).

    Además, había dicho en cuanto a estos días: “[Habría] de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10).

    Pedro previó todo el panorama grandioso de los siglos cuando declaró con visión profética:

    “Así que, arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

    “y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;

    “a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:19–21).

    Éstas y otras visiones proféticas señalaban hacia esta gloriosa época, la época más maravillosa en todos los anales de la historia humana en que habría un día de restitución de la verdadera doctrina y verdadera práctica.

    El albor de ese día glorioso fue en el año 1820 en que un jovencito, con sinceridad y fe, se dirigió hacia una arboleda y elevó su voz en oración, en busca de esa sabiduría que pensaba que tanto necesitaba.

    Recibió como respuesta una gloriosa manifestación. Dios el Eterno Padre y el Señor Jesucristo resucitado se le aparecieron y hablaron con él. El velo que había estado cerrado la mayor parte de dos milenios se abrió para introducir la dispensación del cumplimiento de los tiempos. A ello siguió la restauración del santo sacerdocio, primero el Aarónico, y luego el de Melquisedec, bajo las manos de aquellos que lo habían poseído antiguamente. Otro testamento, que hablaba como una voz desde el polvo, salió a luz como un segundo testigo de la realidad y la divinidad del Hijo de Dios, el gran Redentor del mundo.

    Las llaves de la autoridad divina fueron restauradas, incluso aquellas llaves que eran necesarias para unir a las familias por esta vida y por la eternidad en un convenio que la muerte no podía destruir.

    La piedra fue pequeña al principio; algo en que uno no repararía, pero ha ido creciendo y está rodando hasta llenar toda la tierra.

    Hermanos y hermanas, ¿se dan cuenta de lo que poseemos? ¿Reconocen el lugar que ocupamos en el gran drama de la historia humana? Lo que ocurre ahora es el punto central de todo lo que ha ocurrido antes. Éste es el tiempo de restitución. Éstos son los días de restauración. Éste es el tiempo en el que los hombres de la tierra vienen a la montaña de la casa del Señor para buscar y aprender Sus vías y para andar en Sus senderos. Éste es el resumen de todos los siglos de tiempo desde el nacimiento de Cristo hasta este día actual y maravilloso.

    Ya rompe el alba de la verdad

    y en Sión se deja ver,

    tras noche de obscuridad,

    el día glorioso amanecer.

    (“Ya rompe el alba”, Himnos, N° 1)

    Han pasado los siglos. La obra de los últimos días del Todopoderoso, de la que hablaron los antiguos, de la que profetizaron apóstoles y profetas, ha llegado. Está aquí. Por alguna razón que desconocemos, pero en la sabiduría de Dios, hemos tenido el privilegio de venir a la tierra en esta gloriosa época. Ha habido un gran florecimiento de la ciencia; se ha abierto una gran oportunidad para el aprendizaje; ésta es la época más sobresaliente del campo del empeño y del logro humano, y, más importante aún, es la época en que Dios ha hablado de nuevo, en que Su Amado Hijo se apareció, en que el sacerdocio divino ha sido restaurado, en que tenemos en nuestras manos otro testamento más del Hijo de Dios. ¡Qué época tan gloriosa y maravillosa!

    Demos gracias a Dios por este generoso don. Le agradecemos este maravilloso Evangelio cuyo poder y autoridad se extienden incluso más allá del velo de la muerte.

    Tomando en consideración lo que tenemos y lo que sabemos, debemos ser mejores personas de lo que somos; debemos ser más semejantes a Cristo, perdonar más, y ser de más ayuda y consideración para aquellos que nos rodean.

    Nos encontramos en el cénit de los tiempos, sobrecogidos por un grandioso y solemne sentimiento del pasado. Ésta es la dispensación final y última hacia la cual han señalado todas las anteriores. Doy testimonio de la realidad y la veracidad de estas cosas. Ruego que cada uno de nosotros sienta la formidable maravilla de todo ello al esperar en breve la desaparición de un siglo y la muerte de un milenio.

    Dejemos que se acabe este año y que llegue el nuevo. Que pase otro siglo y uno nuevo lo reemplace. Digamos adiós a un milenio y demos la bienvenida al comienzo de mil años más.

    Y así avanzaremos en el continuo camino de crecimiento y progreso y aumento, influyendo positivamente en la vida de la gente de todas partes mientras la tierra dure.

    En algún momento de todo este avance, Jesucristo aparecerá para reinar con esplendor sobre la tierra. Nadie sabe cuándo acontecerá eso; ni siquiera los ángeles del cielo saben el tiempo de Su regreso. Pero será un día bienvenido.

    Oh Rey de reyes, ven

    en gloria a reinar,

    con paz y salvación,

    tu pueblo a libertar.

    Ven tú al mundo a morar,

    e Israel a congregar.

    (“Oh Rey de reyes, ven”, Himnos, N° 27).

    Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y que después que la hayamos recibido, nos bendiga con el deseo de mantenemos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.