1990-1999
    El albedrío: Una bendición y una aflicción
    Notas al pie de página
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    El albedrío: Una bendición y una aflicción

    “El albedrío es la facultad de pensar, de escoger y de actuar por nuestra propia voluntad. Presenta oportunidades infinitas, acompañadas de responsabilidad y de consecuencias”.

    Cuando salimos de la presencia de nuestro Padre Celestial y entramos en este mundo, trajimos un don inapreciable, sagrado, preterrenal y eterno. Es este don, el don del albedrío, acerca del cual deseo hablar.

    El albedrío es la facultad de pensar, de escoger y de actuar por nuestra propia voluntad. Presenta oportunidades infinitas, acompa-ñadas de responsabilidad y de consecuencias. Es una bendición y una aflicción. El empleo prudente de este don del albedrío es de importancia fundamental hoy día, puesto que nunca antes en la historia del mundo los hijos de Dios han sido tan bendecidos ni se han visto tan abiertamente enfrentados a tantos caminos que tomar.

    La vida era más sencilla hace años en mi pueblo natal de la pradera canadiense. Nuestro número de teléfono tenía un solo dígito: el 3. Al pueblo llegaba sólo una película en blanco y negro que mandaban de la ciudad de Cardston y que se exhibía el j ueves por la noche. El correo llegaba el lunes, el miércoles y el viernes, si no nevaba mucho.

    Había sólo un camino principal. A casi cinco kilómetros hacia el oeste de él estaba nuestra granja y a unos treinta y dos kilómetros hacia el este de ese mismo camino estaba el Templo de Alberta. No había muchos otros caminos que escoger ni lugares a los cuales ir.

    Hoy en día hay infinidad de números telefónicos, películas de todas clases y colores, correo electrónico a la mano las veinticuatro horas del día, y muchos caminos que de modo implacable exigen el ejercicio de nuestro discernimiento. Nuestro medio ambiente está saturado de opciones. Pero el propósito por el que estamos aquí en la tierra no ha cambiado nunca.

    El Señor le dijo a Abraham que Él nos había mandado a la tierra para ver si haríamos lo que Él nos mandara (véase Abraham 3:25). El escoger es ineludible. Las dos fuerzas opuestas del mundo buscan nuestro sometimiento a ellas. Por un lado, existe la realidad de Satanás y, por el otro, el amor más poderoso del Salvador.

    Lehi nos enseña que si no hubiera oposición no habría rectitud ni iniquidad, ni el bien ni el mal (véase 2 Nefi 2:11, 16). No podríamos actuar por nosotros mismos si no tuviéramos que escoger. Para llegar a ser dedicados discípulos de Cristo, debemos tener la opción de rechazarle. Por eso a Satanás se le permite ejercer su poder, por lo que el someter nuestra voluntad a Dios, a veces puede resultar difícil. Sin embargo, es gracias a la facultad de actuar por nosotros mismos que progresamos.

    C. S. Lewis dijo: “Sólo los que se esfuerzan por resistir la tentación saben lo fuerte que es… Uno llega a saber lo fuerte que es el viento si camina en contra de él y no si se queda acostado. El que cede a la tentación cinco minutos después de que ésta le acomete nunca sabrá cómo hubiera sido si hubiese esperado una hora”. Lewis añade: “Cristo, por ser el único hombre que nunca cedió a la tentación, es el único hombre que sabe en todo su alcance lo que la tentación significa” ( Mere Christianity, 1960, págs. 109–110).

    Recuerdo haber preguntado a mis padres si podía yo hacer ciertas cosas. Su respuesta era invariable: “Se te ha enseñado. Tú sabes lo que opinamos al respecto, pero tienes que decidirlo tú misma”. Sin embargo, el decidir por nosotros mismos acarrea consecuencias, las cuales no siempre son lo que deseamos. Queremos tener libertad, pero sin consecuencias. Y por eso, solemos probar a quedarnos en terreno neutral, indecisos y sin comprometernos. Pero es en ese medio en el que nos volvemos vulnerables a la influencia de Satanás.

    El rey Acab y su pueblo de Israel del norte nos hablan de neutralidad y de indecisión. La mano del Señor se detuvo porque el pueblo no se decidía a quién adorar: si a Jehová o a Baal. Baal es otro nombre de Satanás. El Señor mandó a Elias el profeta con este claro mensaje: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él”. Las Escrituras dicen que “el pueblo no respondió palabra”(1 Reyes 18:21). No querían tener la responsabilidad de hacer un compromiso. Recordarán el relato: Elias los retó a hacer una prueba para ver quién era Dios. Cada cual oraría a su dios para ver cuál de los dos quemaría la ofrenda del altar. Cuando los sacerdotes invocaron con todas sus fuerzas a su ídolo, no hubo voz ni quien respondiese.

    En marcado contraste, el solitario profeta del Dios verdadero y viviente no sólo fue oído, sino también magnificado en su petición. Cuando Elias suplicó a Dios, cayó fuego de Jehová y lo consumió todo: el holocausto, la leña, las piedras, el polvo y aun lamió el agua que estaba en la zanja. Tras haber visto aquello, los del pueblo dijeron: “¡Jehová es el Dios…!” (1 Reyes 18:39). Y las Escrituras dicen que, en seguida, los sacerdotes de Baal fueron muertos. ¡No quedaron incrédulos con vida en Israel del norte aquel día! El escoger un camino u otro no sería un dilema si el hacer el bien se recompensara tan rápida y espectacularmente como le ocurrió a Elias o si el hacer el mal tiene como consecuencia una muerte inmediata. Pero no es tan sencillo cuando nuestra tarea es aumentar nuestra fe.

    Nuestra fe y nuestro cometido se ponen a prueba cuando el mundo ofrece otros tentadores caminos que nos alejan del reino del Señor. A algunos les gustaría disfrutar del vivir en el reino del Señor y tener al mismo tiempo una “casa de verano” en Babilonia. Pero si no estamos de continuo escogiendo con intención y esfuerzo el reino de Dios, en realidad retrocederemos a medida que el reino de Dios siga avanzando “valiente, noble e independiente” (José Smith, “The Wentworth Letter”, Encyclopedia of Mormonism, ed. Daniel H. Ludlow, 5 tomos, 1992, tomo IV, pág. 1754). El escoger el camino que seguiremos determinará nuestras bendiciones o nuestras aflicciones. El Señor nos invita a echar sobre Él nuestra carga, y Él nos sustentará (véase Salmos 55:22), y Mormón nos advierte que el diablo no amparará a sus hijos (véase Alma 30:60).

    Un joven, al que quiero con todo el corazón, me dijo: “Que nadie me diga lo que tengo que hacer. Yo mando en mi propia vida”. Tiene el concepto erróneo de que para ser independiente y libre, debe oponerse a la voluntad de Dios. ¿De dónde sacará entonces fortaleza?

    El hermano James E. Talmage dice de Jesús: Él “fue todo lo que un niño debe ser, porque el peso abrumador del pecado no retardó su desarrollo; amó y obedeció la verdad y, por consiguiente, fue libre” (James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 118).

    El escoger hacer lo correcto nos libra y nos bendice, incluso el escoger lo que parezca insignificante. Un amigo que pensaba que el Señor intervenía demasiado en su vida, dijo: “No aguanto todas esas normas de la Iglesia que me dicen que debo hacer esto, que no puedo hacer aquello”. Él no se daba cuenta de que esas normas son una evidencia del amor vigilante de nuestro Padre.

    Por increíble que parezca, hay seis mil millones de personas en este planeta y el Padre Celestial se interesa por lo que veo para entretenerme, así como por lo que como y bebo, y también se interesa por la forma en que gano y gasto el dinero. Se interesa por lo que hago y por lo que no hago. El Padre Celestial se interesa por mi felicidad.

    El interés de nuestro Padre Celestial se manifiesta de muchas maneras y sólo nos resta escuchar y vivir por ello. Alguien dijo: “Si no hemos escogido primeramente el reino de Dios, al final no importa lo que hayamos escogido en su lugar” (William Law, clérigo del siglo XVIII).

    Debido a que el propósito por el cual estamos aquí en la tierra no ha cambiado, ni cambiará nunca, nuestro Padre suministra constante y regularmente dones para proteger nuestro mundo y fortalecer nuestro uso prudente del albedrío. Piensen en el don de la oración que nos da la oportunidad de ser escuchados y comprendidos. Piensen en el don del Espíritu Santo que nos mostrará todas las cosas que debemos hacer (véase 2 Nefi 32:5). Piensen en los convenios sagrados que hemos hecho, en las Escrituras, en las bendiciones del sacerdocio y en las patriarcales. Piensen en el don supremo de la Expiación y en el recordatorio de ella que está en la Santa Cena y que nos cubre de amor, de esperanza y de gracia. Esos dones nos sirven para emplear el albedrío con prudencia a fin de volver a nuestro hogar celestial donde “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).

    Ante nosotros se extienden muchos caminos, pero al igual que en mi pueblo natal, hay un solo camino principal: el estrecho y angosto.

    Reconociendo nuestra tendencia a desviarnos por senderos extraños (1 Nefi 8:32), suplicamos al Señor por medio del himno que dice:

    Señor, ¿por qué de Ti me alejo

    Si eres mi Dios y te amo con fervor?

    Mi corazón entero te entrego:

    Séllalo para Tu morada con Tu amor.

    (Hymns, edición de 1948, pág. 70.)

    Concluyo con la oración de Nefi, que habla por ustedes y por mí: “¡No cierres, oh Señor, las puertas de tu justicia delante de mí, para que yo ande por la senda del apacible valle, para que me ciña al camino llano!” (2 Nefi 4:32). En el nombre de Jesucristo. Amén.