1990-1999
    En cuanto a las semillas y la tierra
    Notas al pie de página
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    En cuanto a las semillas y la tierra

    “Deseamos en particular que ustedes, ¡ovencitos, tengan un testimonio fuerte, con raíces sólidas, porque sólo entonces será una brújula infalible”.

    Mis queridos hermanos, la responsabilidad de dirigir la palabra a este vasto ejército de poseedores del sacerdocio es una gran responsabilidad que pesa sobre mis hombros. Ruego la bendición del Señor y las oraciones de ustedes mientras lo hago.

    Estoy agradecido de que siendo apenas un niño se me haya enseñado a sembrar. Por medio del milagro de la vida, plantamos en nuestro propio huerto semillas que nos daban deliciosas arvejas, maíz, zanahorias, nabos, cebollas y papas. Recuerdo claramente una experiencia muy significativa que tuve cuando mi abuelo nos mostró la forma de sembrar semilla de alfalfa con la mano. Había arado y rastrillado el terreno para prepararlo para la siembra; luego, tomando un puñado de semillas y, moviendo el brazo extendido en un amplio semicírculo, ingeniosamente las iba esparciendo a medida que caminaba a través del campo. Aun cuando los pájaros se comían parte de las semillas, la alfalfa crecía y el campo permanecía rico y fructífero por muchos años.

    Más tarde, mientras prestaba servicio como misionero, esa experiencia me ayudó a entender la parábola del Salvador sobre el sembrador, la que en realidad es una parábola sobre diferentes clases de tierra. Él enseñó que “…parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

    “Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra…

    “Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

    “Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

    “Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál al ciento, cuál a sesenta, y cuál al treinta por uno”1.

    En esta parábola la semilla es la misma, pero cayó en tierra de cuatro clases diferentes. El Salvador también explicó el significado de la parábola. La semilla que “cayó junto al camino” representa a los que escuchan la palabra de Dios pero no la entienden y caen en las garras de Satanás. La segunda semilla, que “cayó en pedregales”, describe a aquellos que reciben con gozo la palabra y se esfuerzan mientras todo esté bien, pero cuando llegan las pruebas y sienten las presiones de la gente a causa de sus creencias, se ofenden y no perseveran. La tercera semilla, la que “cayó entre espinos”, representa a los que escuchan la palabra, pero las cosas del mundo y las riquezas son más importantes para ellos y se alejan de la verdad. La última semilla, sin embargo, la que “cayó en buena tierra”, representa a aquellos que oyen la palabra, la entienden, la viven y cosechan grandes y eternas recompensas2.

    El Libro de Mormón proporciona varios ejemplos de semillas que cayeron junto al camino. Uno de ellos es el relato de los zoramitas. Alma escribe que a los zoramitas “les había sido predicada la palabra de Dios.

    “Pero habían caído en grandes errores, pues no se esforzaban por guardar los mandamientos de Dios…”3.

    Alma dirigió una misión para rescatarlos y, en sus enseñanzas, comparó la palabra con una semilla, y les explicó:

    “…Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento…”4.

    El relato revela que muchos de los zoramitas pobres se convirtieron y se unieron al pueblo justo de Ammón en la tierra de Jersón, después que Alma y sus compañeros hubieron vuelto a sembrar la semilla.

    Algunas semillas cayeron en tierra pedregosa durante los primeros días de la Iglesia en que el profeta José Smith llamó a varios conversos a servir como misioneros. Uno de ellos fue Simonds Ryder, ordenado élder el 6 de junio de 1831, por José Smith. Después de leer la revelación relacionada con él y, al darse cuenta de que su nombre se había escrito con “i” latina en vez de “y” (griega), se ofendió, aparentemente por no saber que a menudo José Smith dictaba las revelaciones a sus escribas. Su desilusión por la falta de ortografía en su nombre no sólo lo llevó a la apostasía, sino que más tarde lo indujo a participar en la infame labor de cubrir con brea al profeta José y cubrirlo de plumas5. Al igual que la semilla que cayó en el pedregal, Simonds Ryder al principio recibió gozoso la palabra, pero luego se sintió ofendido por algo trivial y perdió su lugar en el reino de Dios.

    A veces los espinos ahogan el almácigo, como fue el caso del joven rico que preguntó al Salvador qué debía hacer para heredar la vida eterna. Dijo que él había guardado todos los Diez Mandamientos desde su juventud y preguntó: “¿Qué más me falta?”. Al darse cuenta del amor que el joven sentía por sus riquezas, Jesús le enseñó una ley mayor del Evangelio: “Vende [todo] lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Mateo escribe que “…oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones”6. La semilla se había sembrado en este joven, pero a causa de sus riquezas, había caído entre espinos y se había asfixiado.

    Hoy día, al viajar a través del mundo, vemos que muchas semillas han caído en buena tierra. Conocemos miembros maravillosos y fuertes de la Iglesia que son fieles y dedicados. Algunos de nosotros, que sembramos semillas como misioneros, pudimos haber pensado que esas semillas cayeron en terreno duro. No siempre es posible saber las consecuencias de un simple contacto. Durante años, William R. Wagstaff, que sirvió en la Misión Norte de los Estados del Centro (Estados Unidos), desde 1928 a 1930, se sintió desilusionado por no haber bautizado a más gente. En el verano de 1929, él y su compañero visitaron a una familia de granjeros a 300 kilómetros al oeste de Winnipeg (Canadá).

    “El hermano Wagstaff recordaba haber dado un Libro de Mormón a la madre y hablar sobre el Evangelio con ella durante las muchas visitas que les hicieron ese verano y el siguiente.

    “Recordaba que durante cada visita, luego de quitarse ella el delantal, se sentaban a hablar del Evangelio; ella leía y bacía muchas preguntas.

    “Pero cuando él finalizó su misión, ella aún no se había bautizado y él perdió todo contacto con ella”.

    El hermano Wagstaff regresó a su casa, se casó y crió una familia. Posteriormente, en octubre de 1969, él y su esposa asistieron a la reunión de misioneros de él. “Una señora se le acercó y le preguntó: ‘¿No es usted el élder Wagstaff?’.

    “…Se presentó como la mujer a la que él le había enseñado en su granja en las afueras de Winnipeg. En sus manos tenía un desgastado Libro de Mormón, el mismo que él le había dado hacía 40 años.

    ‘“Me mostró el libro’ cuenta él, ‘miré la tapa y allí estaba mi nombre y mi dirección’.

    “Luego ella le dijo al hermano Wagstaff que cerca de 60 de sus familiares eran miembros de la Iglesia, entre ellos un presidente de rama”7.

    El élder Wagstaff sembró la semilla durante su misión, pero regresó a casa mientras dicha semilla todavía se encontraba en la tierra. Cuarenta años más tarde se enteró de la abundante cosecha que finalmente se había logrado y que “…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”8.

    Cada uno de nosotros debe nutrir sus semillas de fe para que sigan dando raíces. El presidente Hinckley nos ha exhortado seriamente a que ayudemos a los nuevos miembros a preparar sus almas para que las semillas de fe que plantaron los misioneros puedan crecer y desarrollarse.

    Sin embargo, al mismo tiempo, parece que el terreno se está endureciendo y muchos son menos receptivos a las cosas del Espíritu. Los milagros de la tecnología moderna han traído eficiencia a nuestra vida en maneras que hace apenas una generación ni siquiera se soñaban; sin embargo, con esa nueva tecnología ha venido también una avalancha de nuevos desafíos a nuestra moral y a nuestros valores. Algunos tienden a confiar más en la tecnología que en la teología. Sin embargo, me apresuro a afirmar que el conocimiento científico, las maravillas de la comunicación y los prodigios de la medicina moderna han provenido del Señor para dar realce a Su obra a través del mundo. A modo de ejemplo, el sitio de Internet de FamilySearchMR (Historia Familiar) de la Iglesia recibe un promedio de más de siete millones de visitas al día. Pero Satanás, por supuesto, está al tanto de este gran progreso en la tecnología y también la aprovecha para lograr sus propósitos, que son el destruir y hacer el mal. Él se deleita en la pornografía disponible en Internet y en la sordidez de muchas películas y programas de televisión. Incluso se las ha ingeniado para incluir algunos de sus propios mensajes satánicos en alguna de nuestra música moderna. Para que las semillas de fe germinen en nuestras vidas debemos evitar caer en las garras de Satanás.

    Es necesario también preparar nuestra propia tierra para recibir la fe y, para hacerlo, debemos arar la tierra por medio de la oración diaria humilde, pidiendo fortaleza y perdón; debemos rastrillar la tierra sobreponiéndonos a nuestros sentimientos de orgullo; debemos preparar el almácigo guardando los mandamientos de la mejor forma que nuestra capacidad lo permita; debemos ser honrados con el Señor en el pago de nuestro diezmo y otras ofrendas; debemos ser dignos y capaces de invocar los grandes poderes del sacerdocio para que nos bendigan a nosotros, a nuestras familias y a las demás personas por las cuales somos responsables. No hay mejor lugar para nutrir las semillas espirituales de nuestra fe que dentro de los sagrados santuarios de nuestros templos y en nuestros hogares.

    Ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, se deben empeñar diligentemente en adquirir adiestra-miento y la mayor educación posible. Ustedes, diáconos y maestros, no tienen que decidir cuál será la carrera definitiva que deseen seguir; sin embargo, deben hacer todo lo posible por prepararse para enfrentar los desafíos de la vida y al final mantener en un futuro a sus respectivas esposas e hijos. En cierta forma, los jóvenes que a temprana edad no adquieran conciencia de los talentos y las oportunidades que el Señor les ha dado, no están honrando totalmente su sacerdocio. Sé que en algunas partes del mundo esto es muy difícil, pero las oportunidades para ustedes, jovencitos, aumentarán si aprenden bien una habilidad básica. También les sería de beneficio, jovencitos, si aprendieran otro idioma. Si no se preparan durante su juventud les será muy difícil empezar a prepararse cuando sean adultos.

    Al asociarme con algunos de nuestros jóvenes, me he preguntado por qué las semillas han caído en tierra dura. A menudo parece que no se ha puesto suficiente esfuerzo en preparar la tierra para recibir las semillas de fe, como lo hizo mi abuelo con su campo de alfalfa.

    Creo que muchos espíritus brillantes, especiales y valientes se han reservado para esta época de desafíos. Recuerdo a un brillante niño que se llamaba Timmy.

    Timmy tenía sólo dos centavos en su bolsillo cuando se acercó al granjero y le mostró un delicioso tomate que colgaba de una planta.

    “Le doy dos centavos por ése”, ofreció el niño.

    “Ese tomate vale cinco centavos”, le dijo el granjero.

    “¿Y éste?”, preguntó Timmy, mostrando uno más pequeño, medio verde y menos tentador. El granjero asintió con la cabeza. “Está bien”, dijo Timmy, y cerró el acuerdo poniendo los dos centavos en la mano del granjero. “Lo pasaré a buscar dentro de una semana”9.

    Ustedes, jóvenes, podrían aprender de Timmy, que invirtió dos centavos en un tomate que valdría cinco centavos en el futuro. Si están dispuestos a invertir ahora, tendrán oportunidades de lograr tanto como cualquier generación que haya vivido sobre la tierra. Sin embargo, para muchos, la semilla de la fe cae entre espinos y la semilla queda sin dar frutos10.

    Ustedes, mis hermanos que poseen el santo sacerdocio de Dios, se pueden preguntar por qué estamos ansiosos de que las semillas de fe germinen en ustedes. Deseamos en particular que ustedes, jovencitos, tengan un testimonio fuerte, con raíces sólidas, porque sólo entonces será una brújula infalible que les permitirá resistir los fuertes vientos de la adversidad. Creemos que la salvación del mundo se ha puesto sobre el sacerdocio de esta Iglesia; esta responsabilidad descansa totalmente sobre nosotros; no podemos eludirla. Como dijo el presidente Gordon B. Hinckley:

    “Si el mundo ha de salvarse, a nosotros nos toca hacerlo; no nos es posible escapar de esa responsabilidad. Ningún otro pueblo en la historia del mundo ha recibido la clase de mandato que nosotros hemos recibido. Somos responsables de todos los que han vivido sobre la tierra, lo cual tiene que ver con nuestra historia familiar y la obra del templo; somos responsables de todos los que viven ahora sobre la tierra, lo cual tiene que ver nuestra obra misional; y vamos a ser responsables de todos los que aún vivirán sobre la tierra”11.

    Ahora bien, hermanos, debido a que poseemos esos preciados poderes, creo que vamos a ser responsables de nuestros esfuerzos para lograr cumplir esta extraordinaria responsabilidad. No podemos avergonzarnos de la doctrina porque ésta no sea popular o socialmente aceptable. No debemos disculpamos por lo que se ha revelado por medio de los profetas de nuestra época. Es la palabra de Dios para el mundo. Siempre hay un precio que pagar si esperamos tener un testimonio de esta santa obra. Siempre se pondrá a prueba nuestra fe”12.

    Alma dijo que cuando sintamos crecer la semilla de la fe, ésta ensanchará nuestra alma, iluminará nuestro entendimiento y será deliciosa para nosotros. Que Dios les bendiga para que tengan la experiencia que esas palabras encierran, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.