1990-1999
    No demores
    Notas al pie de página
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    No demores

    “Nefi tenía razón: Dios no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que obedezcan. Por más difíciles que sean nuestras circunstancias, podemos arrepentimos”.

    Todos hemos enfrentado fechas tope. El temor puede hacer presa de nosotros al comprender que tal vez no haya tiempo suficiente para terminar lo que hemos prometido, y pensamos: “¿Por qué no empecé antes?”.

    El Señor sabía que enfrentaríamos la tentación de postergar la preparación más importante de la vida, y en más de una ocasión nos advirtió al respecto. Enseñó la parábola de las diez vírgenes, cinco de las cuales no llenaron sus lámparas para recibir al esposo. También dio la parábola de los siervos que eran infieles porque creían que el Señor demoraría Su venida. Los resultados de la demora fueron trágicos.

    Para las cinco vírgenes que no estaban preparadas fue éste:

    “Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25:11–12).

    Para los siervos infieles que demoraron su preparación fue éste:

    “Vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:50–51).

    La tentación de demorar el arrepentimiento no sólo sucede cuando es el fin del mundo, como lo indican estos pasajes. Esa tentación parece haber sido casi constante desde el principio del tiempo y continúa durante toda la vida. De jóvenes, quizás hayamos pensado: “Habrá tiempo suficiente para preocuparnos de lo espiritual justo antes de la misión o del matrimonio. Las cosas espirituales son para las personas mayores”. Después, en los primeros años del matrimonio, las presiones de la vida, del empleo, de las cuentas, de encontrar un momento de descanso y de recreación parecen acosarnos tanto que de nuevo nos parece razonable postergar nuestras obligaciones con Dios y con la familia. Es fácil pensar: “Quizás haya más tiempo para eso en los años de la madurez”, pero el tiempo no deja de comprimirse en los años subsiguientes. Hay tanto por hacer y el tiempo parece encogerse; no parece haber una década entre los cincuenta y cinco, los sesenta y cinco y los setenta y cinco años de edad.

    Con la edad vienen los desafíos físicos y emocionales. Parece que una hora no nos alcanza para hacer tanto como hacíamos de jóvenes. Es más difícil ser paciente con los demás, y éstos parecen ser más exigentes. Entonces es tentador volver a disculparnos por tener que vivir a la altura de los convenios que hicimos previamente y que por tanto tiempo han estado en el olvido.

    No todos caemos en esa trampa de inacción, pero hay suficientes personas que lo hacen, por lo que todos tenemos por lo menos a algún ser querido, y a veces a varios: un hijo, un padre, un amigo, alguien por quienes nos sentimos responsables, por quienes nos sentimos terriblemente preocupados. Ellos han escuchado el Evangelio; han hecho convenios, y sin embargo son desobedientes y negligentes a pesar del vacío que sabemos que eso les produce. La decisión de arrepentirse o de seguir siendo prisioneros del pecado es sólo suya; y sin embargo, el tener una idea de cómo se originó esa trampa de inacción y de resistencia en su mente y en su corazón quizás nos ayude a escuchar con más facilidad la respuesta a nuestra ferviente oración: “Por favor, Padre Celestial, ¿qué puedo hacer para ayudar?”.

    Esa tentación de demorar procede de nuestro enemigo Lucifer. Él sabe que nunca podremos ser verda-deramente felices a menos que tengamos esperanza en esta vida, y después, en la siguiente, la realización de la vida eterna, el mayor de todos los dones de Dios, que es vivir en familias para siempre con nuestro Padre Celestial y con Jesucristo, y tener progenie eterna. Satanás quiere que seamos tan desdichados como lo es él, y sabe que sólo tendremos la verdadera felicidad si somos purificados mediante la fe en el Señor Jesucristo, mediante el arrepentimiento profundo y continuo, y si hacemos y guardamos los convenios sagrados que ofrecen los siervos autorizados de Dios. En las Escrituras se confirma el peligro:

    “Por lo que, si habéis procurado hacer lo malo en los días de vuestra probación, entonces os halláis impuros ante el tribunal de Dios, y ninguna cosa impura puede morar con Dios; así que, debéis ser desechados para siempre” (1 Nefi 10:21).

    Y así, Satanás nos tienta con la desidia todos los días de nuestra probación. Cualquier decisión que demore el arrepentimiento le da la oportunidad de robar la felicidad de uno de los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial.

    Todos hemos sido tentados con esa desidia. Sabemos por experiencia propia que el presidente Kimball tenía razón cuando escribió: “Uno de los defectos más graves de todas las épocas es la desidia”, y luego lo definió como: “el no estar dispuestos a aceptar responsabilidad personal ahora mismo” (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, 1982, pág. 48, cursiva en el original). De modo que Satanás trabaja tanto en nuestro deseo de pensar que no tenemos motivo para arrepentimos y en nuestro deseo de postergar todo lo desagradable para el futuro. Él nos ha tentado a ustedes y a mí, y a nuestros seres queridos, con pensamientos como éste: “Dios es tan amoroso; por cierto que no me hará responsable de los errores que son simplemente el resultado de ser humano”. Y después, si eso no da resultado, es casi seguro que surja este otro pensamiento: “Bien, quizás sea responsable de mi propio arrepentimiento, pero ahora no es un buen momento para comenzar. Si espero, será mejor”.

    Hay algunas verdades que ponen al descubierto esas mentiras que procuran tentarnos a postergar el arrepentimiento. Comencemos con el engaño, que es tan atractivo, de que no tenemos necesidad de arrepentimos.

    La verdad es que todos necesitamos el arrepentimiento. Si somos capaces de razonar y tenemos más de ocho años de edad, todos necesitamos la purificación que proviene del poner en práctica el efecto total de la Expiación de Jesucristo. Cuando eso queda claramente establecido, no somos engañados a caer en la desidia por medio de la sutil pregunta: “¿He cruzado la línea del pecado grave, o puedo demorar el siquiera pensar en arrepentirme?”. La pregunta que en verdad importa es ésta: “¿Cómo puedo aprender a percibir incluso el inicio del pecado, para así empezar a arrepentirme lo más pronto posible?”

    Una segunda verdad que tiene que ver con nuestra responsabilidad personal es saber que no somos desvalidas víctimas de nuestras circunstancias. El mundo trata de decirnos que lo contrario es verdadero: las imperfecciones de nuestros padres o nuestra defectuosa herencia genética se nos han dado para absolvernos de la responsabilidad personal. Pero por más difíciles que sean las circunstancias, éstas no nos liberan de la responsabilidad individual por nuestras acciones e inacciones. Nefi tenía razón: Dios no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que obedezcan. Por más difíciles que sean nuestras circunstancias, podemos arrepentimos.

    En forma similar, quizás el mundo esté dispuesto a disculpar nuestra mala conducta porque los que nos rodean se comportan mal. No es verdad que la conducta de los demás elimina la responsabilidad que tenemos por la nuestra. Las normas de Dios para nuestro comportamiento no cambian, ya sea que los demás elijan o no elevarse a la altura de ellas.

    Eso se vuelve especialmente difícil cuando otras personas nos hacen daño y nos sentimos justificados en nuestro enojo. Es mentira que el enojo que sintamos justifique el impulso de herir o de rechazar a nuestros antagonistas. Debemos perdonar para ser perdonados. El esperar a que ellos se arrepientan antes de que perdonemos y nos arrepintamos es permitirles escoger una demora que podría costamos la felicidad aquí y en la vida venidera.

    Finalmente, cada persona es responsable porque el Señor nos ha dado más que suficientes advertencias. Al nacer recibimos el Espíritu de Cristo para discernir el bien del mal y permitirnos experimentar la conexión que existe entre el pecado y la infelicidad. Desde el principio del tiempo Él ha enviado profetas para hablar en contra del pecado y fomentar la fe y el arrepentimiento; ha restaurado la plenitud del Evangelio de Jesucristo por medio del profeta José Smith. Gordon B. Hinckley es Su profeta viviente, quien posee todas las llaves del sacerdocio, las cuales permiten a los que viven en la actualidad arrepentirse y elegir obtener la vida eterna. Hoy en día se nos hace responsables a medida que el Espíritu Santo confirma que estas palabras son verdaderas.

    Pero aun cuando se acepte la responsabilidad personal tal vez no se supere la tentación de creer que ahora no es el momento de arrepentirse. El “ahora” puede parecer tan difícil y el “más tarde” tanto más fácil. La verdad es que siempre es mejor arrepentirse hoy que cualquier día del mañana. Primero, el pecado tiene efectos debilitadores. La desidia debilita la fe misma que necesitamos para arrepentimos. La decisión de continuar en el pecado disminuye nuestra fe y mengua el derecho de tener al Espíritu Santo como compañero y consolador.

    Y segundo, aun si somos perdonados más adelante, el Señor no puede restaurar los buenos efectos que el arrepentimiento de hoy podría haber tenido en las personas a quienes amamos y a quienes debemos servir. Eso es particularmente patético en el caso de los padres de hijos pequeños. En esos tiernos años hay oportunidades de moldear y de elevar el espíritu que tal vez jamás se vuelvan a presentar. Pero aún el abuelo que quizás haya perdido las oportunidades con sus propios hijos, al decidir arrepentirse hoy, pueda hacer por sus nietos lo que una vez podría haber hecho por sus hijos.

    Cuando se acepta la responsabilidad y se siente la urgencia de arrepentirse, puede surgir la pregunta: “¿Por dónde comienzo?”. Cada persona es única, pero para todos, el arrepentimiento ciertamente incluirá el pasar por el umbral de la oración humilde. Nuestro Padre Celestial puede permitirnos sentir plenamente la convicción de nuestros pecados. Él conoce la profundidad de nuestro remordimiento y puede entonces indicar lo que debemos hacer para ser merecedores del perdón. En el caso de pecados graves, debemos confesarlos a un juez en Israel y aceptar su guía. La oración por sí sola no será suficiente en ese caso. Pero para todos nosotros, sea cual fuere la gravedad de nuestros pecados, la oración abrirá la puerta al arrepentimiento y al perdón. Sin la oración sincera no son posibles el arrepentimiento y la purificación. Cuando la puerta se abre por medio de la oración, existe la posibilidad de obtener paz.

    Una de las preguntas que debemos hacerle a nuestro Padre Celestial en oración privada es: “¿Qué he hecho hoy, o qué no he hecho, que no te complazca? Si tan sólo lo supiera, me arrepentiré de todo corazón, sin demora”. Esa oración humilde será contestada, y entre las respuestas seguramente se incluirá la certeza de que el preguntar hoy fue mejor que esperar a preguntar mañana.

    Testifico que las palabras que un siervo de Dios pronunció hace mucho tiempo son verdaderas:

    “Y ahora bien, hermanos míos, después de haber recibido vosotros tantos testimonios, ya que las Santas Escrituras testifican de estas cosas, yo quisiera que vinieseis y dieseis fruto para arrepentimiento.

    “Sí, quisiera que vinieseis y no endurecieseis más vuestros corazones; porque he aquí, hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis vuestros corazones, inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención.

    “Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

    “Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para preparamos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna.

    “No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré, me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno” (Alma 34:30–34).

    Hay otra tentación que debemos resistir: la de ceder ante el pensamiento desconsolador de que es demasiado difícil y demasiado tarde para arrepentimos. Una vez conocí a un hombre que pudo haberlo pensado y pudo haberse dado por vencido. Cuando tenía doce años fue ordenado diácono, y algunos de sus amigos lo tentaron a comenzar a fumar. Comenzó a sentirse incómodo en la Iglesia. Sin terminar la segunda enseñanza, salió de su pequeño pueblo para iniciar una vida en las obras de construcción a través de los Estados Unidos. Él operaba equipo pesado. Se casó y tuvo hijos, pero el matrimonio terminó en un divorcio lleno de amargura. Perdió a los hijos; perdió un ojo en un accidente; vivió solo, en casas de huéspedes; perdió todo lo que tenía con la excepción de lo que llevaba en un baúl.

    Una noche, al prepararse para mudarse de nuevo, decidió aligerar la carga de ese baúl. Debajo de los cachivaches que había acumulado a través de los años, encontró un libro. Nunca supo cómo llegó allí ese libro. Era el Libro de Mormón. Lo leyó y el Espíritu le confirmó que era verdadero. Entonces se dio cuenta de que durante todos esos años se había alejado de la verdadera Iglesia de Jesucristo y de la felicidad que pudo haber sido suya.

    Más tarde, cuando él tenía más de setenta años de edad, fue mi compañero en la misión de distrito. Yo pedí a las personas a las que enseñábamos, al testificar del poder de la Expiación del Salvador, que lo miraran a él. Había sido lavado y purificado y había recibido un corazón nuevo, y sabía que ellos podían percibirlo en el rostro de él. Les dije que lo que veían era evidencia de que la Expiación de Jesucristo podía eliminar todos los efectos corrosivos del pecado.

    Ésa fue la única vez que él me regañó. En la oscuridad, afuera de la casa rodante donde habíamos estado enseñando, me dijo que debía haberle dicho a las personas que aunque Dios le había dado un corazón nuevo, no había podido devolverle a su esposa ni a sus hijos ni lo que él hubiera podido hacer por ellos. Pero él no miraba hacia atrás con dolor y remordimiento por lo que pudo haber sido, sino que avanzaba con fe hacia lo que podría llegar a suceder.

    Un día me dijo que en un sueño que había tenido la noche anterior había soñado que se le había restaurado la vista en el ojo ciego. Comprendió que el sueño era una visión de un día futuro en que andaría entre gente amorosa en la luz de una gloriosa resurrección. Lágrimas de gozo rodaban por el rostro de profundas arrugas de ese hombre alto y delgado. Me habló calladamente, con una sonrisa radiante. No recuerdo lo que dijo que vio, pero recuerdo que su cara resplandecía con feliz expectativa al describir la visión. Con la ayuda del Señor y con el milagro de ese libro que estaba en el fondo del baúl, para él no había sido demasiado tarde ni el camino demasiado difícil.

    Testifico que Dios el Padre vive. Lo sé. Y nos ama. Su Hijo Unigénito vive. Debido a que Él resucitó, nosotros también viviremos de nuevo, y entonces veremos a las personas a las que hemos amado y que nos han amado. Mediante la fe y la obediencia podemos tener relaciones familiares para siempre. Los miembros de nuestra familia que nos aman, de ambos lados del velo, nos dirían, mientras consideramos si hemos de humillar nuestro corazón y arrepentimos: “Por favor, no demoren”. Ésa es la invitación y la súplica del Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amén.