2010
Tu misión en la vida es este momento
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Tu misión en la vida es este momento

Hay tres principios que nos pueden ayudar a avanzar hacia el futuro con más confianza, energía y fe.

Cuando era joven adulta, pasaba mucho tiempo pensando en mi futuro. La misión, el matrimonio, la formación académica, la carrera profesional… todas eran preguntas abiertas, y no tenía muchas respuestas. Estaba dispuesta a cumplir la misión que el Señor me tuviera preparada, si tan sólo supiera cuál era.

Mi bendición patriarcal me permitió ver el panorama entero del objetivo de mi vida; pero en ciertos sentidos, sentía como si estuviera tratando de saber cómo llegar al supermercado consultando un mapa del sistema solar. ¿Qué pasaría si en cierto punto diera vuelta en el lugar equivocado? ¿Sería todavía capaz de encontrar y cumplir la misión que el Señor tuviera para mí?

Desde entonces, he descubierto tres principios que me han ayudado a avanzar hacia lo desconocido con mayor confianza, energía y fe.

1. Por una breve temporada

El primer principio tiene que ver con el enorme valor del presente.

A partir de 1831, muchos de los primeros santos pasaron aproximadamente siete años en Ohio. Habían dejado atrás sus hogares, negocios y granjas en Nueva York y Pensilvania para aventurarse hacia un lugar extraño; y el Señor les dijo que ese lugar sería sólo provisional:

“Y les consagro esta tierra por una corta temporada, hasta que yo, el Señor, disponga para ellos de otra manera, y les mande salir de aquí;

“y no les es señalada la hora ni el día; por tanto, establézcanse en esta tierra como si fueran a vivir en ella muchos años, y redundará en provecho de ellos” (D. y C. 51:16–17).

Me gusta imaginar a esos santos pioneros escuchando las instrucciones del Señor y poniéndose a trabajar inmediatamente. Araron campos en los que no sabían si llegarían a cosechar, plantaron árboles cuyo fruto quizá nunca comerían, y construyeron un hermoso templo que, al final, tendrían que abandonar. Me los imagino llevando una vida industriosa y productiva, más bien que divagando sin fin en cuanto a lo desconocido, preguntándose a dónde irían después y cuándo. Actuaron “como si fueran… muchos años”, confiando en que su trabajo no sería en vano.

Para cuando llegó el momento de abandonar Ohio en 1838, los santos habían colaborado en establecer un cimiento firme para el futuro crecimiento de la Iglesia. Piensen en los sucesos ocurridos durante aquel valioso y productivo periodo:

  • El profeta José Smith organizó la Escuela de los Profetas, terminó la traducción inspirada de la Biblia y recibió muchas revelaciones importantes.

  • Se organizó la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce Apóstoles y los Setenta.

  • Se construyó y dedicó el Templo de Kirtland. En él, José Smith y Oliver Cowdery vieron a Jesucristo y recibieron llaves del sacerdocio de parte de Moisés, Elías y Elías el Profeta.

  • Se enviaron los primeros misioneros a Inglaterra.

Mis años de joven adulta fueron una “breve temporada” sumamente valiosa que me concedió el Señor. Durante los años en que somos jóvenes adultos, nuestra energía física y mental está en su punto culminante. Podemos aprovecharlas al máximo al tomar la determinación de confiar en el Señor y actuar “como si fueran… muchos años”. Entonces, esos años pueden convertirse en un periodo consagrado de extraordinaria productividad, progreso, aprendizaje y servicio.

2. Una misión cada día

Aprendí otro principio útil al darme cuenta de algo muy sencillo. Mi misión en la vida no me estaba esperando en un futuro vago y distante, sino que era diaria y continua.

El presidente Brigham Young (1801–1877) explicó: “No hay hombre o mujer en esta Iglesia que no cumpla una misión. Dicha misión perdurará mientras vivan”1. En otras palabras, mi misión en la vida ya había comenzado. No necesitaba encontrarla, sino más bien reconocerla.

Descubrí que una manera de distinguirla era comprender tres elementos que ya formaban parte de mi vida:

  • Un conjunto singular de dones personales.

  • Un conjunto singular de desafíos personales.

  • Necesidades específicas en el mundo a las que el Señor desea que yo preste atención.

En pocas palabras, cumplimos nuestra misión cuando estos tres elementos se combinan y decidimos actuar. Piensen en cómo se produjo esto en la vida de José del Antiguo Testamento (véase Génesis 37–47).

José tenía muchos dones; se crió en una familia que tenía conocimiento de Dios, y él era heredero del convenio de Abraham. Tenía el don espiritual de interpretar sueños.

También afrontaba muchos desafíos. Considero que algunos de ésos eran el hecho de que su padre mostraba favoritismo, que tenía hermanos celosos, y su propia falta de tacto al tratar con ellos. En su juventud, fue vendido como esclavo en una tierra extraña, acusado falsamente de conducta inmoral, y arrojado a la prisión.

No obstante, José también estaba dispuesto a actuar, valiéndose tanto de sus dones como de sus desafíos para responder a necesidades específicas de su mundo. En varias ocasiones, incluso cuando se hallaba encarcelado, optó por utilizar su don espiritual de interpretar los sueños. Esa decisión, a su vez, le dio la oportunidad de trabajar para el faraón, almacenando alimentos para el pueblo de Egipto. Dado que era fiel y diligente en esa asignación, José fue capaz de llevar a cabo una misión en la que salvó muchas vidas, rescatando a muchos, entre ellos a su propia familia, de morir de hambre.

Los dones de José y sus desafíos se combinaron para situarlo en una posición única para actuar cuando la hambruna azotó la tierra. Debido a que José era quien era y se encontraba donde se encontraba, y gracias a que decidió actuar con fe y obediencia, cumplió una misión singular para servir al Señor, al pueblo de Egipto y a su propia familia.

No obstante, esos tres elementos no se combinan únicamente en la vida de las personas que aparecen en los relatos de las Escrituras; se combinan diariamente en la vida de cada uno de nosotros.

Una joven adulta tenía el don de escribir, así como cierta experiencia personal con la depresión. Cuando su hermana adolescente afrontaba una situación difícil en la escuela, fue capaz de percibir que ésta estaba cayendo en el abatimiento. Dio oído a los susurros del Espíritu y le escribió una serie de notas muy hermosas, en las que expresaba su amor y confianza; una nota por cada día de un periodo de dos semanas especialmente difícil. Mediante aquella pequeña decisión de satisfacer las necesidades de su hermana, esa joven se encontraba viviendo su misión.

Cuando esa decisión de escuchar al Espíritu y de actuar se mantiene día a día, semana tras semana y año tras año, establece una larga trayectoria que más tarde llegaremos a reconocer como la misión que el Señor deseaba que cumpliéramos.

3. Quedaos tranquilos, y sabed

Ya sobrepaso los veintitantos años; por fin soy capaz de reconocer que mi vida se ha desarrollado exactamente de la manera en que se describió en mi bendición patriarcal hace muchos años. Ciertamente, eso no sucedió porque yo supiera exactamente lo que estaba haciendo y a dónde me conduciría el futuro. Lo cierto es que lo ignoraba.

He pasado por diversas vicisitudes y decepciones en la vida que me hicieron preguntarme si me había apartado del camino; pero lo cierto es que no tenía por qué preocuparme. El Señor siempre supo dónde me encontraba y adónde quería que fuera. Seguí esforzándome al máximo por cumplir Sus mandamientos, servirle y escuchar al Espíritu. Aunque a menudo no alcanzaba a discernirlo en aquellos momentos, ahora me doy cuenta de que Su mano siempre estaba guiando mi vida.

La etapa de la vida de un joven adulto está llena de decisiones cruciales y cierta incertidumbre y estrés inherentes. No obstante, adquirimos más confianza cuando aprendemos a confiar en la capacidad que el Señor tiene de llevar a cabo Sus propósitos para nuestra vida, día a día. Entonces somos más capaces de “[quedarnos] tranquilos, y [saber] que [Él es] Dios” (Salmos 46:10); y al hacerlo, sentimos paz.

En Kirtland, los santos pioneros actuaron “como si fueran… muchos años”, confiando en que su trabajo no sería en vano. En la medida en que nosotros también confiemos en el Señor y actuemos “como si fueran… muchos años”, podremos aprovechar al máximo cada etapa de la vida.

En virtud de sus dones, sus desafíos y su fidelidad, José de Egipto cumplió una misión singular para servir al Señor y a los demás. Estos tres mismos elementos se combinan todos los días en la vida de cada uno de nosotros.

Ilustración fotográfica por John Luke; Tu tiempo, tus talentos y todo lo que posees, por Garth Oborn, prohibida la reproducción.

Ilustración fotográfica por Matthew Reier, © por IRI; José en Egipto, por Robert T. Barrett.