2010
El albedrío es esencial para nuestro progreso eterno
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El albedrío es esencial para nuestro progreso eterno

Nuestro Padre Celestial nos ha dado el albedrío, la capacidad de elegir nosotros mismos, que es una parte esencial del plan de salvación.

En el concilio premortal de los cielos, nuestro Padre Celestial presentó Su plan, que incluía el principio del albedrío. Lucifer se rebeló y “pretendió destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3); por ese motivo, él y los que lo siguieron fueron expulsados. Los demás escogimos el plan del Padre Celestial que nos permitía venir a la tierra y obtener un cuerpo físico; además, proporcionaba un Salvador, Jesucristo, que iba a expiar nuestros pecados; y, por medio del arrepentimiento, lograríamos el perdón. Todos nos regocijamos por ello (véase Job 38:7).

La forma en que utilicemos el don del albedrío durante nuestra vida como seres mortales determinará nuestra felicidad o desgracia eterna. Las Escrituras enseñan que “hay una ley irrevocablemente decretada en el cielo… sobre la cual todas las bendiciones se basan” (D. y C. 130:20); y para esa ley “se ha fijado un castigo” (Alma 42:22). Por lo tanto, cuando escogemos un curso de acción, al mismo tiempo escogemos las consecuencias que éste tendrá (véase Gálatas 6:7); y, aunque las consecuencias quizás no sean inmediatas, siempre vendrán como resultado de nuestras acciones. La opción de obedecer los mandamientos de Dios nos conduce a la paz y a la vida eterna; la opción de aceptar las tentaciones de Satanás nos lleva al pecado y al sufrimiento1.

Josué, un profeta del Antiguo Testamento, estableció el ejemplo que debemos seguir cuando dijo: “…escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

  1. La vida terrenal es un período de prueba para ver en qué forma utilizaremos nuestro albedrío (véase Abraham 3:25).

  2. Debe haber “oposición en todas las cosas” para que podamos ver las diferencias entre el bien y el mal, lo cual nos da la oportunidad de escoger (véase 2 Nefi 2:11–16; D. y C. 29:39).

  3. Nuestro Padre Celestial dio la luz de Cristo a cada uno de nosotros para que pueda discernir el bien del mal (véase Moroni 7:12–17).

  4. Al escoger el curso de acción que seguiremos, ya sea bueno o malo, también escogemos las consecuencias que nuestras acciones traerán (véase Deuteronomio 11:26–28; 30:15–20; Gálatas 6:7; Apocalipsis 22:12).

  5. Debido a que se nos “permite obrar por [nosotros] mismos”, somos responsables de nuestras acciones (véase Helamán 14:30–31).

  6. Cuando decidimos obedecer los mandamientos de Dios, nuestras opciones aumentan y tenemos mayor libertad (véase 2 Nefi 2:27; D. y C. 58:26–28; 93:20).

  7. Cuando decidimos desobedecer los mandamientos de Dios, disminuyen nuestras opciones y podemos ser cautivos de la maldad (véase 2 Nefi 2:29; Juan 8:34).

  8. Nuestro Padre Celestial “no [nos] dejará ser tentados más de lo que [podamos] resistir, sino que dará… la salida”, siempre que optemos por resistir la tentación (1 Corintios 10:13).

  9. Debemos empeñarnos en ser humildes y orar “incesantemente” a fin de ser capaces de resistir la tentación (véase Alma 13:28).

Después de la Caída, Adán y Eva “tenían albedrío moral o la habilidad de elegir entre lo bueno y lo malo. Eso hizo posible que ellos aprendieran y progresaran; también hizo posible que tomaran decisiones incorrectas y pecaran” (véase Predicad Mi Evangelio, 2004, pág. 50).

Ilustraciones fotográficas por Matthew Reier, excepto donde se indique: fotografía de la tierra © Corbis; Adán y Eva expulsados del Jardín de Edén, por Gary Kapp; ilustración fotográfica del hombre y del oficial de policía por Robert Casey.