2010
Invitación a una desgracia
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Invitación a una desgracia

Cesar A. Minutti, Brasil

Poco después de comenzar mi servicio militar obligatorio en el ejército brasileño, fui seleccionado como cabo a cargo de doce jóvenes soldados. Lamentablemente, parecía que mis doce jóvenes soldados eran los que tenían las más bajas normas de todo el cuartel. Descubrí que habían estado o estaban mezclados con drogas, robos, inmoralidad sexual y otros pecados graves.

Más bien que dejarme influir por sus bajas normas de vida, aproveché todas las oportunidades que tuve para compartir el Evangelio con ellos. Por ejemplo, durante los descansos o cuando limpiábamos rifles juntos, les hablaba del Evangelio. Pensé que se burlarían de mis principios y me ridiculizarían, pero me escuchaban y llegaron a tratarme con respeto. No obstante, a pesar de mis esfuerzos por enseñarles doctrinas del Evangelio, no cambiaron su actitud ni su comportamiento.

Finalmente, nuestro tiempo en el ejército llegó a su fin, y en nuestro último día como soldados, esos jóvenes me invitaron a celebrarlo con ellos en un pequeño rancho. “Cabo, tienes que venir a nuestra fiesta”, me dijo uno de ellos. “No nos insultarás con tu ausencia, ¿verdad?”

Iba a aceptar la invitación para no insultarlos, pero me vino a la mente que sus celebraciones serían contrarias a mis principios como Santo de los Últimos Días. Recordé que en seminario se me había enseñado que no acudiera a lugares a los que no iría el Espíritu Santo. A pesar de su resentimiento, le dije al grupo que no asistiría. Me despedí de ellos y me dirigí a casa.

Pasaron meses antes de que volviera a ver a uno de los soldados de aquel grupo. Lo que él me contó me hizo sentirme agradecido por no haber asistido a su celebración de despedida, en la que hubo grandes cantidades de alcohol. Mientras estaban bajo su influencia, habían comenzado a echarse alcohol unos a otros. Entonces, bromeando, uno de ellos lanzó una cerilla a su amigo, quien sufrió quemaduras tan graves que murió unos días más tarde. Como resultado de ello, todos los participantes en aquella fiesta fueron acusados de un delito relacionado con su muerte.

Si hubiera asistido a la fiesta, incluso sin haber tomado alcohol, me habría encontrado en las mismas circunstancias. La sombra de aquel incidente habría permanecido conmigo y se habría interpuesto en mi porvenir. Lamenté la muerte del joven, pero me sentí agradecido por haber seguido los susurros del Espíritu y el consejo de los líderes de la Iglesia.