2010
Hacer o no hacer trampas
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Hacer o no hacer trampas

No me acordaba de la respuesta a una de las preguntas del examen, y hubiera sido tan fácil echar un vistazo a la respuesta de mi compañero de clase.

Cuando tenía diecisiete años y estudiaba enfermería, el segundo año se me hizo muy difícil (en las Filipinas terminamos la enseñanza secundaria a los dieciséis años). Los interminables exámenes, proyectos de investigación y asignaciones de lectura me agotaban. Me parecía que siempre tenía ojeras, ya que por lo general no dormía mucho. A pesar de todo el trabajo, siempre procuraba recordar que “por sacrificios se dan bendiciones”1.

Sabía que si hacía mi mejor esfuerzo, disfrutaría de un mejor porvenir. Cuando deseaba darme por vencida e irme a acostar sin estudiar, me imaginaba lo triste y abatida que me sentiría al día siguiente si hacía mal un examen o una asignación. Esa motivación era suficiente para mantenerme despierta para estudiar.

Muchos de mis compañeros de clase se enfadaban cuando sacaban una mala nota en un examen; no obstante, no querían esforzarse ni estudiar en serio. Por consiguiente, los alumnos a veces se “ayudaban” unos a otros y compartían respuestas en los cuestionarios o exámenes, permitiendo que otros miraran su examen cuando el profesor no estuviera vigilando. Muchas veces me sentía tentada a hacer lo mismo, pero nunca me atreví. En innumerables ocasiones he leído en las revistas de la Iglesia que sus miembros deben mantener normas elevadas, es decir, no hacer trampas; así que me esforcé en mis estudios y resistí la tentación, aunque a veces eso significara que sacaría notas más bajas que mis compañeros, ya que ellos se ayudaban mutuamente.

Un día en particular tenía clases desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde, y en cada clase se nos haría un examen. Estudié diez páginas solamente para el primero. “¿Podré hacerlo todo?”, me preguntaba. Afortunadamente, me fue bien en el primer examen; durante el almuerzo, estudié para el siguiente. Cuando entré en la clase y empecé el examen, me di cuenta de que sabía la respuesta a todas las preguntas excepto una. “¿Cómo es posible?”, pensé. “He estudiado mucho para este examen. ¡Debería saber esta respuesta!”

Mientras golpeteaba con rabia el bolígrafo sobre la silla, se me ocurrió que sólo me haría falta un momento para girar la cabeza, menear el cabello y echar un vistazo rápido a la respuesta de mi compañero de clase. “Lo haría sólo esta vez”, pensé, “y así entregaré un examen perfecto. Sólo una vez no me hará daño; además, es muy injusto para mí; estudio mucho y saco notas más bajas que mis compañeros porque no hago trampas”; pero aún así, me sentía incómoda. Me movía inquieta en la silla, procurando tomar una decisión: hacer o no hacer trampas.

Entonces una voz en mi interior dijo: “¡No, Shery! No es bueno hacer trampas, y tú lo sabes”. De repente me di cuenta de que aunque sacara la nota más alta en el examen, no me sentiría bien si hubiera hecho trampas. Mi Padre Celestial confiaba en que tomaría la decisión correcta, y esa decisión era la verdadera prueba.

En ese momento acudió a mi mente un pasaje de las Escrituras que había aprendido en la Escuela Dominical: “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9). Sabía que mi Padre Celestial me había ayudado a superar innumerables desafíos, entre ellos muchos exámenes y asignaciones de la escuela. ¿Cómo podía olvidar todo lo que había hecho por mí y elegir pecar?

Ya no me acuerdo del resultado de aquel examen en particular, ni si logré recordar la respuesta correcta o no. Lo que sí he recordado siempre es que me sentí bien por haber tomado la decisión correcta.

Actualmente, en mi penúltimo año en la universidad, sigo teniendo la misma montaña de trabajo académico y las mismas tentaciones; sin embargo, no me resulta difícil decidir no hacer trampas, porque ya tomé esa decisión, en un momento en el que la tentación fue difícil de resistir. He aprendido que el gozo y la satisfacción de sacar buenas notas es mayor cuando me esfuerzo y lo logro. Ciertamente, la maldad nunca fue felicidad (véase Alma 41:10). La verdadera felicidad se halla al guardar los mandamientos y seguir el consejo de nuestro Profeta y de otros líderes de la Iglesia. Verdaderamente creo en las palabras “Siempre obedece los mandamientos; tendrás gran consuelo y sentirás paz”2.

Ilustración por Gregg Thorkelson.