2010
¡Ayúdame!
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¡Ayúdame!

Tiffany Lewis, Texas, EE. UU.

La tarde de mi segundo día de estudios en San Petersburgo, Rusia, me junté con mis amigos en el centro para jugar al fútbol americano. Después del partido, decidí aventurarme a volver en autobús a la casa donde me alojaba. Nunca había tomado el autobús en Rusia, pero la señora de la casa me había dicho que tanto el autobús 7 como el 1 me llevarían de regreso, así que me subí al número 7 cuando llegó.

Mientras viajábamos, yo iba mirando las tiendas y observaba a las personas que hablaban en la acera. Poco a poco, los alrededores empezaron a resultarme desconocidos. Miré el reloj y me di cuenta de que había tomado el autobús hacía treinta minutos.

De repente, el autobús se detuvo, se apagaron las luces y todos se bajaron. Esforzándome por guardar la calma, busqué a alguien que me pudiera ayudar. Sabía que si lograba localizar el metro, llegaría a casa sin problemas. Vi a una joven pareja que pasaba por la calle y me dirigí hacia ellos.

“Estoy perdida”, les dije. “¿Saben dónde está el metro?”

“El metro está muy lejos de aquí”, dijo él, “pero allí hay una parada de autobús; tome el autobús número 5 y la llevará al metro”.

Le di las gracias y comencé a caminar con rapidez. No obstante, el autobús que llegó a la parada no era el número 5 sino el 1. Recordé las palabras de la señora de la casa: “Toma el autobús 7 o el 1 y te traerá a casa”.

Subí con cierto reparo, y una vez más hicimos un largo recorrido; los pasajeros salieron uno por uno hasta que yo fui la única que quedó.

Finalmente, el autobús se retiró a un lado de la carretera.

“Tiene que bajarse”, dijo el conductor. “Ésta es la última parada”.

El cuerpo entero me temblaba mientras me esforzaba por respirar y no llorar. Se hacía tarde, y si no encontraba el metro antes de que cerrara, tendría que pasar la noche en las calles de San Petersburgo.

“Ayúdame, Padre Celestial”, oré en voz baja y empecé a caminar; entonces, echándome a correr, comencé a hacer señas a los taxis que pasaban, pero ninguno se detuvo.

Al poco rato llegué a otra parada de autobús, que estaba llena de gente. Las luces de un autobús que llegaba, un número 7, nos alumbraron. Tuve un momento de duda. Los autobuses no me habían servido más que para perderme, pero una fuerza firme me empujó, haciéndome subir los escalones y entrar en el autobús. Me desplomé en el asiento y miré el reloj. Eran las 11:50 y el metro cerraría en diez minutos.

Cerré los ojos y susurré de nuevo: “Ayúdame”. Al abrirlos, vi las brillantes luces de una parada de metro a medida que el autobús se detenía. Salí corriendo y entré en el metro para tomar el último tren de la noche.

Al sentarme, pensé en que nuestro Padre Celestial tiene contados a Sus pajarillos (véase Mateo 10:29–31), y le di gracias en silencio. En esa oscura noche en aquella enorme ciudad, supe que Él me había guiado a casa.