Guía profética
Sed de buen ánimo
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Sed de buen ánimo

Nuestra fe inquebrantable en la doctrina del evangelio restaurado de Jesucristo guía nuestros pasos y nos brinda gozo.

En los últimos días de Su vida terrenal, Jesucristo les habló a Sus apóstoles sobre las persecuciones y las dificultades que sufrirían1. Concluyó con esta gran certeza: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Ese es el mensaje del Salvador a todos los hijos de nuestro Padre Celestial; esa es la más grande buena nueva para cada uno de nosotros en la vida terrenal.

El buen ánimo también era una certeza necesaria en el mundo al que el Cristo resucitado envió a Sus apóstoles. El apóstol Pablo les diría posteriormente a los corintios: “[E]stamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; abatidos, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8–9).

Dos mil años después, también estamos “atribulados en todo” y necesitamos ese mismo mensaje, no para desesperarnos, sino para ser de buen ánimo. El Señor tiene un amor y una preocupación especiales por Sus preciadas hijas; Él conoce sus deseos, necesidades y temores. El Señor es todopoderoso; confíen en Él.

Al profeta José Smith se le enseñó que “[l]as obras, los designios y los propósitos de Dios no se pueden frustrar ni tampoco pueden reducirse a la nada” (Doctrina y Convenios 3:1). A Sus hijos, que estaban pasando por dificultades, el Señor les proporcionó estas grandes certezas:

“He aquí, esta es la promesa del Señor a vosotros, oh mis siervos.

“Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé; y testificaréis de mí, sí, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir” (Doctrina y Convenios 68:5–6).

El Señor está cerca de nosotros, y ha dicho:

“Y ahora de cierto os digo, y lo que digo a uno lo digo a todos: Sed de buen ánimo, hijitos, porque estoy en medio de vosotros, y no os he abandonado” (Doctrina y Convenios 61:36).

“Porque tras mucha tribulación vienen las bendiciones” (Doctrina y Convenios 58:4).

Hermanas, testifico que esas promesas, que se dieron en medio de persecuciones y tragedias personales, se aplican a cada una de ustedes en sus actuales circunstancias preocupantes, y son preciadas y nos recuerdan a cada uno de nosotros que seamos de buen ánimo y tengamos gozo en la plenitud del Evangelio a medida que avanzamos a través de los desafíos de la vida terrenal.

La tribulación y los desafíos son las experiencias comunes de la vida terrenal. La oposición es una parte esencial del plan divino para ayudarnos a crecer2 y, en medio de ese proceso, Dios nos asegura que, desde la larga perspectiva de la eternidad, no se permitirá que la oposición nos venza. Con Su ayuda y nuestra fidelidad y perseverancia, prevaleceremos. Al igual que la vida terrenal de la que forman parte, todas las tribulaciones son temporales. En las controversias que precedieron a una guerra desastrosa, el presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, sabiamente recordó a su audiencia el antiguo proverbio que dice que “esto también pasará”3.

Como saben, las adversidades terrenales de las que hablo —que hacen que ser de buen ánimo sea difícil— en ocasiones nos llegan en común con muchas otras personas, como los millones que ahora están pasando por algunos de los varios efectos devastadores de la pandemia del COVID-19. Del mismo modo, en los Estados Unidos, millones de personas están sufriendo una temporada de enemistad y contención que siempre parece acompañar a las elecciones presidenciales, pero que esta vez es la más grave que muchos de los más mayores de entre nosotros podamos recordar.

A nivel personal, cada uno de nosotros lucha de forma individual con algunas de las muchas adversidades de la vida terrenal, como la pobreza, el racismo, la mala salud, la pérdida del empleo o las desilusiones, los hijos descarriados, un mal matrimonio o la ausencia de este, y los efectos del pecado, propio o ajeno.

Sin embargo, en medio de todo esto, tenemos el consejo celestial de ser de buen ánimo y hallar gozo en los principios y promesas del Evangelio y los frutos de nuestras labores4. Ese consejo siempre ha sido así, tanto para los profetas como para todos nosotros. Lo sabemos por las experiencias de nuestros predecesores y lo que el Señor les dijo a ellos.

Recuerden las circunstancias del profeta José Smith. Si se mira a través del lente de las adversidades, su vida fue una de pobreza, persecución, frustración, aflicciones familiares y martirio final. Mientras sufría el encarcelamiento, su esposa e hijos y los otros santos padecieron increíbles penurias al ser expulsados de Misuri.

Cuando José le suplicó socorro, el Señor le respondió:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (Doctrina y Convenios. 121:7–8).

Ese fue el consejo personal y eterno que ayudó al profeta José a mantener su manera natural de ser feliz y el amor y lealtad de los suyos. Esas mismas cualidades fortalecieron a los líderes y pioneros que le siguieron y pueden fortalecerles a ustedes también.

Piensen en esos primeros miembros. Una y otra vez, fueron llevados de un lugar a otro. Finalmente se enfrentaron a los desafíos de establecer su hogar y la Iglesia en un desierto5. Dos años después de que el grupo inicial de pioneros llegara al valle del Gran Lago Salado, el control que los pioneros podían ejercer para sobrevivir en esa área hostil seguía siendo precario. La mayoría de los miembros todavía se hallaban en ruta, atravesando las llanuras, o pasando por dificultades para conseguir recursos para hacerlo; sin embargo, los líderes y los miembros seguían teniendo esperanza y buen ánimo.

Aunque los santos no se habían establecido en sus nuevos hogares, en la Conferencia General de octubre de 1849 se envió una nueva oleada de misioneros a Escandinavia, Francia, Alemania, Italia y el Pacífico Sur6. En lo que podría haberse considerado su nivel más bajo, los pioneros se elevaron a nuevas alturas. Solo tres años más tarde, otras noventa y ocho personas fueron llamadas a comenzar a recoger al Israel esparcido. Uno de los líderes de la Iglesia explicó entonces que esas misiones “no son por lo general muy largas; probablemente de tres a siete años será el tiempo máximo que cualquier hombre pase sin su familia”7.

Hermanas, la Primera Presidencia está preocupada por los desafíos que enfrentan. Las amamos y oramos por ustedes. Al mismo tiempo, a menudo agradecemos que nuestros desafíos físicos –aparte de los terremotos, los incendios, las inundaciones y los huracanes– suelen ser menores que los que enfrentaron nuestros predecesores.

En medio de las dificultades, la certeza divina es siempre: “… sed de buen ánimo, porque yo os guiaré. De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las riquezas de la eternidad son vuestras” (Doctrina y Convenios 78:18). ¿Cómo ocurre eso? ¿Cómo ocurrió para los pioneros? ¿Cómo les ocurrirá eso a las mujeres de Dios hoy en día? Al seguir la guía profética, “las puertas del infierno no prevalecerán contra [nosotros]”, dijo el Señor por revelación en abril de 1830. “[S]í”, dijo, “… Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre” (Doctrina y Convenios 21:6). “… [N]o temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer” (Doctrina y Convenios 6:34).

Con las promesas del Señor, “elev[amos] [nuestro] corazón y [nos] regoc[ijamos]” (Doctrina y Convenios 25:13), y “con corazones y semblantes alegres” (Doctrina y Convenios 59:15) seguimos adelante en la senda de los convenios. La mayoría de nosotros no enfrentamos decisiones de proporciones gigantescas, como dejar nuestro hogar para ser pioneros en una tierra desconocida. Nuestras decisiones se basan en su mayoría en las rutinas diarias de la vida, pero, como el Señor nos ha dicho: “… no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (Doctrina y Convenios 64:33).

Hay un poder ilimitado en la doctrina del evangelio restaurado de Jesucristo. Nuestra fe inquebrantable en esa doctrina guía nuestros pasos y nos brinda gozo, nos ilumina la mente y confiere fortaleza y confianza a nuestras acciones. Esa guía, iluminación y poder son dones prometidos que hemos recibido de nuestro Padre Celestial. Al entender y conformar nuestra vida a esa doctrina, incluido el don divino del arrepentimiento, podemos ser de buen ánimo mientras nos mantenemos en el camino hacia nuestro destino eterno: el reencuentro y la exaltación con nuestros amorosos padres celestiales.

“Quizás usted esté enfrentando desafíos enormes”, enseñó el élder Richard G. Scott. “A veces estos se concentran de tal modo y son tan implacables que quizás sienta que están más allá de su capacidad de control. No se enfrente al mundo solo. ‘Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia’[Proverbios 3:5]… Se pretendía que la vida fuera un desafío, no para que fallen, sino para que quizás tengan éxito en superar el desafío”8.

Todo forma parte del plan de Dios el Padre y de Su Hijo, Jesucristo, de quienes testifico, al orar para que todos perseveremos hasta nuestro destino celestial, en el nombre de Jesucristo. Amén.