Guía profética
Cómo hallar gozo en Cristo
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Cómo hallar gozo en Cristo

La forma más segura de hallar gozo en esta vida es unirse a Cristo para ayudar a los demás.

El Señor no pide que nuestros jóvenes del Sacerdocio Aarónico hagan todo, pero lo que sí pide es impresionante.

Hace unos años, nuestra pequeña familia pasó por lo que muchas familias afrontan en este mundo caído. Nuestro hijo menor, Tanner Christian Lund, enfermó de cáncer. Era un pequeño increíble, como suelen serlo los niños de nueve años. Era graciosamente travieso y, al mismo tiempo, asombrosamente consciente de lo espiritual; un traviesito y un ángel, revoltoso y bueno. Cuando era pequeño y todos los días nos desconcertaba con sus travesuras, nos preguntábamos si acabaría siendo el profeta o un ladrón de bancos, pero fuera lo que fuera, parecía que iba a dejar una huella en el mundo.

Y entonces cayó gravemente enfermo. Durante los tres años siguientes, la medicina moderna se valió de medidas heroicas, incluso dos trasplantes de médula ósea; tiempo en que le dio neumonía, lo cual le requirió pasar diez semanas inconsciente conectado a un respirador. De manera milagrosa, se recuperó por un corto tiempo, pero luego volvió a tener cáncer.

Poco tiempo antes de fallecer, la enfermedad de Tanner le había invadido los huesos y, aun con medicamentos fuertes, tenía dolor; apenas podía levantarse de la cama. Un domingo por la mañana, su madre, Kalleen, entró a su habitación para ver cómo estaba antes de que la familia saliera a la Iglesia. Ella se sorprendió al ver que, de algún modo, se había vestido y estaba sentado al borde de la cama, batallando con dolor para abotonarse la camisa. Kalleen se sentó a su lado y le dijo: “Tanner, ¿seguro que estás lo suficientemente fuerte como para ir a la Iglesia? Quizás el día de hoy debas quedarte en casa y descansar”.

Él miró fijamente al piso. Era diácono, pertenecía a un cuórum y tenía una asignación.

“Hoy me toca repartir la Santa Cena”.

“Bueno, estoy segura que alguien podría hacerlo por ti”.

“Sí”, dijo él, “pero… veo cómo me miran las personas cuando reparto la Santa Cena. Creo que les ayuda”.

Así que Kalleen lo ayudó a abotonarse la camisa y a ponerse la corbata, y fueron en auto a la Iglesia. Era evidente que algo importante estaba sucediendo.

Yo llegué a la Iglesia después de haber asistido a una reunión más temprano y me sorprendió ver a Tanner sentado en la fila de los diáconos. Kalleen me contó en voz baja la razón por la que él estaba ahí y lo que había dicho: “Les ayuda a las personas”.

De modo que observé a los diáconos cuando se acercaron a la mesa sacramental. Él se apoyó ligeramente en otro diácono mientras los presbíteros les pasaban las bandejas del pan. Entonces, Tanner se dirigió a su lugar asignado, caminando con dificultad, y tomó el extremo del banco para estabilizarse mientras ofrecía la Santa Cena.

Parecía que todas las miradas en el salón sacramental se dirigían hacia él, conmovidos por su lucha mientras llevaba a cabo su sencilla asignación. De alguna manera, Tanner expresó un sermón silencioso al moverse solemnemente y con gran esfuerzo de fila en fila —su cabeza calva humedecida por la transpiración—, representando al Salvador de la manera que lo hacen los diáconos. Su propio cuerpo de diácono, que en otro tiempo había sido indomable, estaba un tanto molido, quebrantado y desgarrado, sufriendo voluntariamente para servir al llevar los emblemas de la expiación del Salvador a nuestra vida.

Ver lo que él había llegado a pensar en cuanto a ser diácono también hizo que nosotros pensáramos de otra manera en cuanto a la Santa Cena, el Salvador, y en cuanto a los diáconos, maestros y presbíteros.

Me asombra el silencioso milagro que esa mañana le impulsó a responder con tanta valentía a ese delicado y apacible llamado a servir, y me admira la fortaleza y la capacidad de la generación emergente de jóvenes a medida que se esfuerzan por responder al llamado de un profeta de alistarse en los batallones de Dios y unirse a la obra de salvación y exaltación.

Cada vez que un diácono sostiene una bandeja de la Santa Cena, recordamos la historia sagrada de la Última Cena, de Getsemaní, del Calvario y del sepulcro del huerto. Cuando el Salvador dijo a Sus apóstoles: “… haced esto en memoria de mí”1, Él también estaba hablando a través de los siglos a cada uno de nosotros. Estaba hablando del milagro infinito que Él proporcionaría cuando los diáconos, maestros y presbíteros del futuro presentarían Sus emblemas e invitarían a Sus hijos a aceptar Su don expiatorio.

Todos los símbolos de la Santa Cena nos dirigen hacia ese don. Contemplamos el pan que una vez Él partió, y el pan que los presbíteros ante nosotros, a su vez, parten ahora. Pensamos en el significado del líquido consagrado, en aquel entonces y ahora, mientras las palabras de esas oraciones de la Santa Cena pasan solemnemente de la boca de jóvenes presbíteros a nuestros corazones y a los cielos, renovando convenios que nos conectan con los poderes mismos de la salvación de Cristo. Podemos pensar en lo que significa cuando un diácono nos lleva los emblemas sagrados, poniéndose de pie donde estaría Jesús si estuviera ahí, ofreciendo aliviar nuestras cargas y nuestro dolor.

Afortunadamente, los jóvenes y las jovencitas no tienen que enfermar para descubrir el gozo y el propósito de servir al Salvador.

El élder David A. Bednar ha enseñado que para crecer y llegar a ser como los misioneros son, debemos hacer lo que los misioneros hacen, y luego, “[l]ínea por línea, y precepto por precepto, […] p[odemos] gradualmente llegar a ser los misioneros […] que el Salvador espera”2.

De la misma manera, si deseamos “ser como Cristo”3, debemos hacer lo que Él hace y, en una frase extraordinaria, el Señor explica qué es lo que hace. Él dijo: “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”4.

La misión del Salvador ha sido siempre y para siempre servir a Su Padre al salvar a Sus hijos.

Y la forma más segura de hallar gozo en esta vida es unirse a Cristo para ayudar a los demás.

Esa es la sencilla verdad que inspiró el programa Niños y Jóvenes.

Todas las actividades de Niños y Jóvenes y todas las enseñanzas de Niños y Jóvenes procuran ayudar a la gente joven a llegar a ser más como Jesús al unirse a Él en Su obra de salvación y exaltación.

Niños y Jóvenes es una herramienta para ayudar a cada niño de la Primaria y a cada joven a progresar en el discipulado y obtener una visión llena de fe de cómo es el camino a la felicidad. Pueden aprender a anticipar y anhelar las paradas y señales a lo largo de la senda de los convenios, donde serán bautizados y confirmados con el don del Espíritu Santo y donde pronto pertenecerán a cuórums y a clases de las Mujeres Jóvenes en los que sentirán el gozo de ayudar a otras personas mediante una serie de actos de servicio semejantes a los de Cristo. Se fijarán metas, grandes y pequeñas, que darán equilibrio a su vida a medida que lleguen a ser más como el Salvador. Las conferencias y revistas Para la Fortaleza de la Juventud, la revista Amigos y la aplicación Vivir el Evangelio les ayudarán a centrarse en hallar gozo en Cristo. Anticiparán las bendiciones de ser poseedores de una recomendación del templo de uso limitado y sentirán el espíritu de Elías mediante la influencia del Espíritu Santo al buscar las bendiciones del templo y de historia familiar. Serán guiados por su bendición patriarcal y, con el tiempo, se verán a sí mismos entrar a los templos para ser investidos con poder y hallar gozo allí al ser vinculados eternamente, pase lo que pase, con su familia.

Frente a los vientos de pandemia y calamidad, el llevar a cabo la promesa del nuevo programa Niños y Jóvenes en su totalidad es todavía una labor en curso; pero hay urgencia. Nuestros jóvenes no pueden esperar a que el mundo se enderece antes de llegar a conocer al Salvador. Algunos están tomando decisiones incluso ahora que no tomarían si comprendieran su verdadera identidad, y la de Él.

Por eso el llamado urgente de los batallones de Dios que están en trascendental entrenamiento es que “todos pongamos manos a la obra”.

Madres y padres, sus hijos varones necesitan que los apoyen ahora tan fervientemente como lo han hecho en el pasado cuando ellos se han ocupado con cosas menos importantes como los emblemas y las insignias. Madres y padres, líderes del sacerdocio y de las Mujeres Jóvenes, si sus jóvenes están teniendo dificultades, el programa Niños y Jóvenes les ayudará a llevarlos al Salvador, y el Salvador les traerá paz5.

Presidencias de cuórum y de clase, den un paso al frente y tomen el lugar que les corresponde en la obra del Señor.

Obispos, unan sus llaves con las de los presidentes de cuórum, y sus cuórums —y barrios— cambiarán para siempre.

Y a ustedes, los de la nueva generación, les testifico, como alguien que sabe, que ustedes son amados hijos e hijas de Dios y que Él tiene una obra para que la realicen.

A medida que se eleven a la majestuosidad de sus cargos, con todo su corazón, alma, mente y fuerza, llegarán a amar a Dios, guardarán sus convenios y confiarán en Su sacerdocio al trabajar para bendecir a los demás, comenzando en su propio hogar.

Ruego que se esfuercen, con renovada energía digna de esta época, por servir, ejercer la fe, arrepentirse y mejorar cada día a fin de ser merecedores de recibir las bendiciones del templo y el gozo duradero que solo se obtiene por medio del evangelio de Jesucristo. Ruego que se preparen para ser el misionero diligente, el esposo o la esposa fiel, el amoroso padre o madre que se les ha prometido que algún día pueden llegar a ser como consecuencia de ser verdaderos discípulos de Jesucristo.

Ruego que ayuden a preparar al mundo para el regreso del Salvador al invitar a todos a venir a Cristo y a recibir las bendiciones de Su expiación. En el nombre de Jesucristo. Amén.