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Sociedades sostenibles
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Sociedades sostenibles

Si una cantidad suficiente de nosotros y nuestros vecinos nos esforzamos por guiar nuestras vidas por la verdad de Dios, abundarán las virtudes morales que se necesitan en toda sociedad.

¡Qué hermoso coro con su canto sobre el hermoso Salvador!

En 2015, en las Naciones Unidas se adoptó lo que se llamó “La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”. Se describió como un “plan de acción compartido a favor de la paz y la prosperidad de las personas y el planeta, ahora y en el futuro”. La Agenda para el Desarrollo Sostenible comprende diecisiete objetivos que se han de lograr para el año 2030, entre ellos: Fin de la pobreza; Fin del hambre; Educación de calidad; Igualdad de género; Agua limpia y saneamiento; y Trabajo decente1.

El concepto del desarrollo sostenible es interesante e importante. Sin embargo, es aún más urgente el tema más amplio de las sociedades sostenibles. ¿Cuáles son los fundamentos que sostienen a una sociedad floreciente, una que promueve la felicidad, el progreso, la paz y el bienestar entre sus miembros? En las Escrituras tenemos registros de por lo menos dos de esas sociedades prósperas. ¿Qué podemos aprender de ellas?

En la antigüedad, el gran patriarca y profeta, Enoc, predicó la rectitud y “edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, Sion”2. Quedó registrado que “el Señor llamó Sion a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos”3.

“Y el Señor bendijo la tierra, y los de su pueblo fueron bendecidos sobre las montañas y en los lugares altos, y prosperaron”4.

En el hemisferio occidental, los pueblos del siglo primero y segundo de nuestra era, conocidos como los nefitas y los lamanitas, proporcionan otro ejemplo notable de una sociedad floreciente. Después del extraordinario ministerio que el Salvador resucitado efectuó entre ellos, estas personas “se guiaban por los mandamientos que habían recibido de su Señor y su Dios, perseverando en el ayuno y en la oración, y reuniéndose a menudo, tanto para orar como para escuchar la palabra del Señor […].

“Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios”5.

Las sociedades de estos dos ejemplos se sostuvieron gracias a las bendiciones del cielo que resultaron de su devoción ejemplar a los dos grandes mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”6. Ellos fueron obedientes a Dios en su vida personal y procuraron el bienestar físico y espiritual de los demás. En las palabras de Doctrina y Convenios, estas eran sociedades que “busca[ban] cada cual el bienestar de su prójimo, y hac[ían] todas las cosas con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios”7.

Desafortunadamente, como el élder Quentin L. Cook mencionó esta mañana, la sociedad ideal que se describe en 4 Nefi, en el Libro de Mormón, no perduró más allá de dos siglos. La sostenibilidad no está garantizada; una sociedad próspera puede fracasar con el tiempo si abandona las virtudes cardinales que sustentan su paz y prosperidad. En este caso, al ceder a las tentaciones del diablo, los del pueblo “empezaron a dividirse en clases; y empezaron a establecer iglesias para sí con objeto de lucrar; y comenzaron a negar la verdadera iglesia de Cristo”8.

“Y ocurrió que, cuando hubieron pasado trescientos años, tanto el pueblo de los nefitas como el de los lamanitas se habían vuelto sumamente inicuos, los unos iguales que los otros”9.

Para finales del siglo siguiente, millones habían muerto en violentas guerras internas y su nación, que una vez fue armoniosa, había quedado reducida a unas tribus en guerra.

Al reflexionar sobre este y otros ejemplos de sociedades que fueron florecientes pero que posteriormente colapsaron, creo que se podría decir con propiedad que, cuando las personas se apartan del sentido de responsabilidad ante Dios y, en lugar de ello, comienzan a confiar en el “brazo de la carne”, el desastre llama a sus puertas. Confiar en el brazo de la carne es ignorar al Autor divino de los derechos humanos y de la dignidad humana, para dar la máxima prioridad a las riquezas, al poder y a la alabanza del mundo (y, con frecuencia, perseguir y ultrajar a quienes siguen una norma diferente). Entretanto, las personas que están en sociedades sostenibles procuran, como el rey Benjamín: “aumenta[r] en el conocimiento de la gloria de aquel que [los] creó, o sea, en el conocimiento de lo que es justo y verdadero”10.

Las instituciones de la familia y la religión han sido cruciales para dotar tanto a las personas como a las comunidades de las virtudes que sustentan a una sociedad duradera. Esas virtudes, arraigadas en las Escrituras, abarcan la integridad, la responsabilidad y el rendir cuentas, la compasión, el matrimonio y la fidelidad en el matrimonio, el respeto por los demás y por la propiedad de los demás, la necesidad y la dignidad del trabajo, y el servicio, entre otras.

Gerard Baker, editor independiente, escribió a principios de este año una columna en el Wall Street Journal en honor a su padre, Frederick Baker, quien cumplía cien años. Baker especuló sobre las razones de la longevidad de su padre, pero luego agregó estos pensamientos:

“Si bien es posible que todos queramos saber el secreto de una larga vida, a menudo creo que sería mejor dedicar más tiempo a descubrir qué hace que una vida sea buena, sea cual sea el período que se nos conceda. Tengo la certeza de que, en esto, conozco el secreto de mi padre.

“Él es de una época en que la vida se definía principalmente por el deber, no por el derecho a recibir algo; por las responsabilidades sociales, no por los privilegios personales. El principio fundamental que lo ha motivado a lo largo de estos cien años ha sido el sentido de obligación: hacia la familia, hacia Dios y hacia la patria.

“En una era dominada por los residuos de familias desintegradas, mi padre fue un marido devoto de su esposa durante cuarenta y seis años y un dedicado padre de seis hijos. Él nunca fue más atento y esencial que cuando mis padres sufrieron la inconcebible tragedia de perder a un hijo […].

“Y en una época en que la religión es cada vez más una curiosidad, mi padre ha vivido como un verdadero católico fiel, con una fe inquebrantable en las promesas de Cristo. De hecho, a veces pienso que ha vivido tanto, porque está mejor preparado para morir que cualquier persona que yo haya conocido.

“He sido un hombre afortunado, bendecido por una buena educación, con mi propia familia maravillosa y algo de éxito del mundo que no me merecía. Pero por muy orgulloso y agradecido que me sienta, ese éxito queda eclipsado por el orgullo y la gratitud que siento por el hombre que, sin alboroto ni drama, sin la expectativa de recompensa o incluso de reconocimiento, ha seguido por un siglo hasta ahora con los simples deberes, las obligaciones y, en definitiva, el gozo de vivir una vida virtuosa”11.

La percepción de la importancia de la religión y la fe religiosa ha disminuido en muchas naciones en los últimos años. Un número cada vez mayor de personas considera que en el mundo actual ni las personas ni las sociedades necesitan tener fe en Dios ni lealtad hacia Él para tener rectitud moral12. Creo que todos estaríamos de acuerdo en pensar que aquellos que no profesan ninguna creencia religiosa pueden ser personas buenas y morales, y a menudo lo son. Sin embargo, no estaríamos de acuerdo en pensar que eso suceda sin la influencia divina. Me refiero a la Luz de Cristo. El Salvador declaró: “… yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo”13. Ya sean conscientes de ello o no, todo hombre, mujer y niño de toda creencia, lugar y tiempo lleva en su interior la Luz de Cristo y, por lo tanto, posee el sentido del bien y del mal, que a menudo llamamos conciencia14.

Sin embargo, cuando la secularización separa la virtud cívica y personal del sentido de responsabilidad ante Dios, corta la planta de raíz. La dependencia solo de la cultura y la tradición no será suficiente para sostener la virtud en la sociedad. Cuando una persona no tiene a un dios superior a sí misma y no busca un mayor bien que satisfacer sus propios apetitos y preferencias, los efectos se manifestarán a su debido tiempo.

Por ejemplo, una sociedad en la que el consentimiento individual es la única restricción a la actividad sexual es una sociedad en decadencia. El adulterio, la promiscuidad, los nacimientos fuera del matrimonio15 y el aborto electivo son solo algunos de los frutos amargos que se derivan de la continua revolución sexual. Entre las consecuencias subsiguientes que obran en contra de la sostenibilidad de una sociedad sana están el número cada vez mayor de niños que se crían en la pobreza y sin la influencia positiva de los padres, a veces a través de varias generaciones; mujeres que asumen solas las que deberían ser responsabilidades compartidas; y un sistema educativo gravemente deficiente que, junto a otras instituciones, recibe la tarea de compensar las fallas en el hogar16. A estas patologías sociales se añade una cantidad incalculable de personas angustiadas y desesperadas, y una destrucción mental y emocional que afecta tanto a culpables como a inocentes.

Nefi proclama:

“Sí, ¡ay de aquel que escucha los preceptos de los hombres, y niega el poder de Dios y el don del Espíritu Santo!…

“… ¡ay de todos aquellos que tiemblan, y están enojados a causa de la verdad de Dios!”17.

Por el contrario, nuestro mensaje gozoso para nuestros hijos y para toda la humanidad es que “la verdad de Dios” señala una vía mejor, o como dijo Pablo, “un camino aún más excelente”18, un camino hacia la felicidad personal y el bienestar comunitario ahora, y hacia la paz y el gozo eternos en el futuro.

La verdad de Dios hace referencia a las verdades fundamentales que son esenciales en Su plan de felicidad para Sus hijos. Estas verdades son que Dios vive; que es el Padre Celestial de nuestro espíritu; que como manifestación de Su amor, nos ha dado mandamientos que nos conducen a una plenitud de gozo con Él; que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro Redentor; que sufrió y murió para expiar los pecados siempre y cuando nos arrepintamos; que resucitó de entre los muertos, llevando a cabo la resurrección de toda la humanidad; y que todos compareceremos ante Él para ser juzgados, o sea, para rendir cuentas de nuestra vida19.

Nueve años después de lo que se llamó “el reinado de los jueces” en el Libro de Mormón, el profeta Alma renunció a su puesto de juez superior para dedicarse a tiempo completo a su liderazgo en la Iglesia. Su propósito era hacer frente al orgullo, la persecución y la codicia que aumentaban entre la gente y particularmente entre los miembros de la Iglesia20. Tal como observó el élder Stephen D. Nadauld en una ocasión: “La decisión inspirada [de Alma] no fue pasar más tiempo tratando de hacer e imponer más reglas para corregir el comportamiento de su pueblo, sino hablarles de la palabra de Dios, enseñarles la doctrina y hacer que su entendimiento del plan de redención los llevase a cambiar su comportamiento”21.

Es mucho lo que podemos hacer como vecinos y conciudadanos para contribuir a la sostenibilidad y al éxito de las sociedades en las que vivimos, y seguramente nuestro servicio más fundamental y trascendental será enseñar y vivir de acuerdo con las verdades propias del gran plan de redención de Dios. Como se expresa en las palabras del himno:

La fe de nuestros padres, amaremos

a amigos y enemigos en la contienda,

y también predicaremos de Ti, como el amor sabe hacerlo,

con palabras de bondad y una vida de virtud22.

Si una cantidad suficiente de nosotros y nuestros vecinos nos esforzamos por tomar nuestras decisiones y guiar nuestra vida por la verdad de Dios, abundarán las virtudes morales que se necesitan en toda sociedad.

En Su amor, nuestro Padre Celestial dio a su Hijo Unigénito, Jesucristo, para que tuviéramos vida eterna23.

“[Jesucristo] no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él. Por tanto, a nadie manda él que no participe de su salvación.

“He aquí, ¿acaso exclama él a alguien, diciendo: Apártate de mí? He aquí, os digo que no; antes bien, dice: Venid a mí, vosotros, todos los extremos de la tierra, comprad leche y miel sin dinero y sin precio”24.

Esto lo declaramos “con solemnidad de corazón, con el espíritu de mansedumbre”25, y en el nombre de Jesucristo. Amén.