Guía profética
Corazones entrelazados con rectitud y unidad
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Corazones entrelazados con rectitud y unidad

En este punto decisivo a los doscientos años de historia de nuestra Iglesia, comprometámonos a vivir con rectitud y estar unidos como nunca antes.

La rectitud y la unidad son profundamente significativas1. Cuando las personas aman a Dios con todo su corazón y se esfuerzan con rectitud por llegar a ser como Él, hay menos conflictos y contención en la sociedad; hay más unidad. Me encanta un relato verídico que es un ejemplo de esto.

Cuando era joven, el general Thomas L. Kane, quien no era de nuestra religión, ayudó y defendió a los santos cuando se les requirió huir de Nauvoo. Fue defensor de la Iglesia durante muchos años2.

En 1872, el general Kane, su talentosa esposa, Elizabeth Wood Kane, y sus dos hijos viajaron desde su casa en Pensilvania hasta Salt Lake City. Ellos acompañaron a Brigham Young y a sus colaboradores en un difícil viaje hacia el sur hasta St. George, Utah. Elizabeth encaró con ciertas dudas su primera visita a Utah en cuanto a las mujeres. Algunas de las cosas de las que se enteró le sorprendieron; por ejemplo, descubrió que cualquier carrera con la cual una mujer pudiera ganarse la vida estaba disponible para ella en Utah3. También halló que los miembros de la Iglesia eran amables y comprensivos con los indígenas americanos4.

Durante el viaje se quedaron en Fillmore, en la casa de Thomas R. King y su esposa, Matilda Robison King5.

Elizabeth escribió que mientras Matilda preparaba una comida para el presidente Young y su grupo, cinco indígenas entraron en la habitación. Aunque no habían sido invitados, estaba claro que esperaban unirse al grupo. La hermana King les habló “en su dialecto”. Ellos se sentaron con sus mantas, con una mirada agradable en el rostro. Elizabeth preguntó a uno de los niños King: “¿Qué les dijo tu madre a esos hombres?”.

La respuesta del hijo de Matilda fue: “Ella dijo: ‘Estos forasteros llegaron primero y solo he cocinado lo suficiente para ellos; pero la comida de ustedes está cocinándose en el fuego ahora y los llamaré tan pronto como esté lista’”.

Elizabeth preguntó: “¿Realmente hará eso o simplemente les dará sobras en la puerta de la cocina?”6.

El hijo de Matilda respondió: “Mamá les servirá igual que a ustedes y les dará un lugar en su mesa”.

Y así lo hizo, y ellos “comieron con perfectos modales”. Elizabeth explicó que su opinión sobre esa anfitriona creció un cien por ciento7. La unidad aumenta cuando a las personas se las trata con dignidad y respeto, aunque sean diferentes en sus características externas.

Como líderes, no estamos bajo la ilusión de que en el pasado toda relación era perfecta, que toda conducta era como la de Cristo o que todas las decisiones eran justas. Sin embargo, nuestra religión enseña que todos somos hijos de nuestro Padre Celestial, y lo adoramos a Él y a Su Hijo, Jesucristo, quien es nuestro Salvador. Nuestro deseo es que nuestros corazones y mentes estén entrelazados con rectitud y unidad, y que seamos uno con Ellos8.

Rectitud es un término amplio y extenso, pero ciertamente incluye vivir los mandamientos de Dios9. Esta nos hace merecedores de las ordenanzas sagradas que constituyen la senda de los convenios y nos bendice para que el Espíritu dé dirección a nuestra vida10.

El ser rectos no depende de que cada uno de nosotros tenga todas las bendiciones en su vida en este momento. Es posible que no estemos casados o que no se nos haya bendecido con hijos, o que no tengamos otras bendiciones deseadas ahora; pero el Señor ha prometido que las personas rectas que son fieles “mor[arán] con Dios en un estado de interminable felicidad”11.

Unidad también es un término amplio y extenso, pero ciertamente ejemplifica el primer gran mandamiento y el segundo, de amar a Dios y amar a nuestros semejantes12. Denota un pueblo de Sion cuyos corazones y mentes están “entrelazados […] con unidad”13.

El contexto de mi mensaje es el contraste y las lecciones de las sagradas Escrituras.

Han pasado doscientos años desde que el Padre y Su Hijo se aparecieron por primera vez y comenzaron la restauración del evangelio de Jesucristo en 1820. El relato de 4 Nefi, en el Libro de Mormón, incluye un período similar de doscientos años después de que el Salvador se apareció y estableció Su Iglesia en la antigua América.

El registro histórico que leemos en 4 Nefi describe un pueblo donde no había envidias, contiendas, tumultos, mentiras, asesinatos ni lascivias de ninguna especie. Debido a esa rectitud, el registro declara que “ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios”14.

Con respecto a la unidad, en 4 Nefi se lee que “no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo”15.

Desafortunadamente, 4 Nefi describe luego un cambio drástico que comenzó en el año “doscientos uno”16, cuando la iniquidad y la división destruyeron la rectitud y la unidad. Las profundidades de la depravación que se produjo en ese tiempo fueron tan inicuas que, finalmente, el gran profeta Mormón se lamenta con su hijo Moroni:

“[O]h hijo mío, [¿]cómo puede un pueblo como este, que se deleita en tanta abominación,

“cómo podemos esperar que Dios detenga su mano en juicio contra nosotros?”17.

En esta dispensación, aunque vivimos en una época especial, el mundo no ha sido bendecido con la rectitud y la unidad descritas en 4 Nefi. De hecho, vivimos en un momento de divisiones particularmente marcadas. Sin embargo, los millones que han aceptado el evangelio de Jesucristo se han comprometido a lograr tanto la rectitud como la unidad. Todos somos conscientes de que podemos mejorar y ese es nuestro desafío en esta época. Podemos ser una fuerza para elevar y bendecir a toda la sociedad. En este punto decisivo a los doscientos años de historia de nuestra Iglesia, comprometámonos como miembros de la Iglesia del Señor a vivir con rectitud y estar unidos como nunca antes. El presidente Russell M. Nelson nos ha pedido que “demostremos mayor cortesía, armonía racial y étnica, y respeto mutuo”18. Esto significa amarnos unos a otros y a Dios, aceptar a todos como hermanos y hermanas, y ser verdaderamente un pueblo de Sion.

Con nuestra doctrina que incluye a todos, podemos ser un oasis de unidad y celebrar la diversidad. Unidad y diversidad no son cosas opuestas. Podemos lograr una mayor unidad a medida que fomentamos un ambiente de inclusión y respeto por la diversidad. Durante el período que serví en la presidencia de la Estaca San Francisco, California, tuvimos congregaciones que hablaban español, tongano, samoano, tagalo y mandarín. Nuestros barrios de habla inglesa estaban compuestos por personas de diferentes orígenes raciales y culturales. Había amor, rectitud y unidad.

Los barrios y las ramas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se determinan por la geografía o por el idioma19, no por la raza ni la cultura. La raza no se registra en las cédulas de miembro.

Al principio del Libro de Mormón, aproximadamente 550 años antes del nacimiento de Cristo, se nos enseña el mandamiento fundamental con respecto a la relación entre los hijos del Padre Celestial. Todos deben guardar los mandamientos del Señor y todos están invitados a participar de la bondad del Señor; “y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles”20.

El ministerio y el mensaje del Salvador han declarado constantemente que todas las razas y colores son hijos de Dios. Todos somos hermanos y hermanas. En nuestra doctrina creemos que en el país anfitrión de la Restauración, los Estados Unidos, su Constitución21 y los documentos relacionados22, escritos por hombres imperfectos, fueron inspirados por Dios para bendecir a todas las personas. Como leemos en Doctrina y Convenios, esos documentos se “establecier[on], y […] deben preservarse para los derechos y la protección de toda carne, conforme a principios justos y santos”23. Dos de esos principios eran el albedrío y la responsabilidad por los pecados propios. El Señor declaró:

“Por tanto, no es justo que un hombre sea esclavo de otro.

“Y para este fin he establecido la Constitución de este país, por mano de hombres sabios que levanté para este propósito mismo, y redimí la tierra por el derramamiento de sangre”24.

Esta revelación se recibió en 1833, cuando los santos en Misuri estaban sufriendo grandes persecuciones. En el encabezamiento de la sección 101 de Doctrina y Convenios leemos en parte: “El populacho los había echado de sus hogares en el condado de Jackson […]. Abundaban las amenazas de muerte contra [los miembros] de la Iglesia”25.

Esa fue una época de tensión en varios frentes. Muchos habitantes de Misuri consideraban a los indígenas americanos enemigos implacables y querían expulsarlos del lugar. Además, muchos de los colonos de Misuri eran dueños de esclavos y se sentían amenazados por los que se oponían a la esclavitud.

Por el contrario, nuestra doctrina respetaba a los indígenas americanos y nuestro deseo era enseñarles el evangelio de Jesucristo. Con respecto a la esclavitud, nuestras Escrituras habían dejado en claro que ningún hombre debe ser esclavo de otro26.

Al final, los santos fueron expulsados violentamente de Misuri27 y luego obligados a trasladarse al oeste28. Los santos prosperaron y hallaron la paz que acompaña a la rectitud, la unidad y el vivir el evangelio de Jesucristo.

Me regocijo en la oración intercesora del Salvador, registrada en el Evangelio de Juan. El Salvador reconoció que el Padre lo había enviado y que Él, el Salvador, había acabado la obra que fue enviado a hacer. Él oró por Sus discípulos y por quienes creerían en Cristo: “… para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”29. La unidad es por lo que oró Cristo antes de Su traición y crucifixión.

En el primer año después de la restauración del evangelio de Jesucristo, registrado en la sección 38 de Doctrina y Convenios, el Señor habla de guerras e iniquidad y declara: “… Yo os digo: Sed uno; y si no sois uno, no sois míos”30.

Nuestra cultura de la Iglesia proviene del evangelio de Jesucristo. La epístola del apóstol Pablo a los Romanos es profunda31. La iglesia primitiva en Roma estaba compuesta por judíos y gentiles. Esos primeros judíos tenían una cultura judaica y habían “obtenido su emancipación y comenzaron a multiplicarse y prosperar”32.

Los gentiles de Roma tenían una cultura con una influencia helenística significativa, que el apóstol Pablo entendía bien gracias a sus experiencias en Atenas y Corinto.

Pablo presenta el evangelio de Jesucristo de manera amplia. Relata aspectos pertinentes de las culturas judía y gentil33 que estaban en conflicto con el verdadero evangelio de Jesucristo. Básicamente, les pide a cada uno de ellos que dejen atrás los impedimentos culturales de sus creencias y cultura que no sean compatibles con el evangelio de Jesucristo. Pablo aconseja a los judíos y a los gentiles que guarden los mandamientos y se amen unos a otros y afirma que la rectitud conduce a la salvación34.

La cultura del evangelio de Jesucristo no es una cultura gentil ni una cultura judaica. No la determina el color de la piel ni el lugar donde uno vive. Si bien nos regocijamos en las culturas particulares, debemos dejar atrás aspectos de esas culturas que estén en conflicto con el evangelio de Jesucristo. Nuestros miembros y conversos nuevos a menudo provienen de diversos orígenes raciales y culturales. Si vamos a seguir la admonición del presidente Nelson de recoger al Israel disperso, veremos que somos tan diferentes como lo eran los judíos y los gentiles en la época de Pablo. Sin embargo, podemos estar unidos en nuestro amor por Jesucristo y en la fe en Él. La epístola de Pablo a los Romanos establece el principio de que seguimos la cultura y la doctrina del evangelio de Jesucristo. Es el modelo para nosotros incluso hoy35. Las ordenanzas del templo nos unen de maneras especiales y nos permiten ser uno en toda forma eternamente significativa.

Honramos a nuestros miembros pioneros en todo el mundo, no porque fueran perfectos, sino porque superaron las dificultades, hicieron sacrificios, aspiraron a ser semejantes a Cristo y se esforzaron por edificar la fe y ser uno con el Salvador. Su unidad con el Salvador los hizo uno entre sí. Ese principio es válido para ustedes y para mí hoy en día.

El llamado a la acción para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el de esforzarse por ser un pueblo de Sion que sea uno en corazón y voluntad y que viva en rectitud36.

Es mi oración que seamos rectos y unidos, y completamente centrados en servir y adorar a nuestro Salvador, Jesucristo, de quien testifico. En el nombre de Jesucristo. Amén.