Guía profética
La exquisita dádiva del Hijo
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La exquisita dádiva del Hijo

Por medio de Jesucristo, podemos escaparnos de las agonías merecidas de nuestras fallas morales y superar las agonías inmerecidas de nuestros infortunios terrenales.

Mientras leía el Libro de Mormón siguiendo una lección de Ven, sígueme el verano pasado, me impactó que Alma dice que cuando llegó a estar plenamente consciente de sus pecados, “no podía haber cosa tan intensa ni tan amarga como [su]s dolores”1. Confieso que oír hablar de dolor intenso me llamó la atención debido a mi lucha esa semana con un cálculo renal de siete milímetros. Nunca ha experimentado hombre alguno tan “grandes cosas” que cuando algo tan “pequeñ[o] y sencill[o]” tuvo que pasar2.

El lenguaje de Alma también me llamó la atención porque en la traducción al inglés del Libro de Mormón se usa la palabra exquisite [o exquisito] para expresar la intensidad del dolor, que por lo general describe lo que es de belleza excepcional o de majestuosidad incomparable. Por ejemplo, José Smith observó que el ángel Moroni vestía una túnica de “blancura exquisita”, “una blancura que excedía a cuanta cosa terrenal” él había visto3. Sin embargo, en inglés el término exquisito también puede expresar una intensidad extrema aun para cosas espantosas. De ahí que Alma y los principales diccionarios en inglés relacionen el dolor “exquisito”, o intenso, con ser “atormentado”, “estrujado” y “atribulado” en “sumo grado”4.

La imagen que Alma evoca refleja la realidad preocupante de que en algún momento tendremos que sentir la insoportable y completa culpabilidad de todo pecado que cometamos. La justicia lo exige y Dios mismo no lo puede cambiar5. Cuando Alma recordó “todos” sus pecados —en particular aquellos que destruyeron la fe de otras personas—, su dolor fue prácticamente insoportable y la idea de estar en la presencia de Dios lo llenó de un “indecible horror”. Él deseó ser “aniquilado en cuerpo y alma”6.

No obstante, Alma dijo que todo empezó a cambiar en el momento en que “concentr[ó] [la] mente” en “la venida de un Jesucristo […] para expiar los pecados del mundo”, y “clam[ó] dentro de[l] corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí”. Con ese solo pensamiento y esa sola súplica, Alma se llenó de un gozo “intenso”, “tan profundo como lo había sido [su] dolor”7.

Nunca debemos olvidar que el propósito mismo del arrepentimiento es tomar la miseria inminente y transformarla en dicha pura. Gracias a Su “cercana bondad”8, en el instante en que acudimos a Cristo —demostrando fe en Él y un verdadero cambio en el corazón— el peso aplastante de nuestros pecados comienza a desplazarse de nuestra espalda a la de Él. Esto es posible solamente porque Él, quien está libre de pecado, sufrió la “infinita e inefable agonía”9 de cada pecado individual en el universo de Sus creaciones, por todas Sus creaciones: un sufrimiento tan severo que causó que le brotara sangre de cada poro. Debido a su experiencia personal y directa, el Salvador nos advierte, en las Escrituras modernas, que no tenemos idea de cuán “intensos” serán nuestros “padecimientos” si no nos arrepentimos. No obstante, con inconmensurable generosidad también aclara: “… yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten”10, ese arrepentimiento que nos permite “probar el sumo gozo” que Alma probó11. Por esta sola doctrina, “[a]sombro me da”12. No obstante, de manera sorprendente, Cristo ofrece aún más.

En ocasiones el dolor intenso no es producto del pecado, sino de errores cometidos sin mala fe, de los actos de los demás o de fuerzas más allá de nuestro control. En esos momentos, podrían clamar como el salmista justo:

“Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mí han caído.

“… y terror me ha cubierto.

“Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo y descansaría”13.

La ciencia médica, la terapia profesional o la rectificación legal pueden ayudar a aliviar tal sufrimiento, pero observen que todas las buenas dádivas —incluso estas— vienen del Salvador14. Independientemente de las causas de nuestras peores heridas y penas, la fuente suprema de alivio es la misma: Jesucristo. Solo Él posee todo el poder y el bálsamo sanador para corregir todo error, remediar todo mal, ajustar toda imperfección, sanar toda herida y otorgar toda bendición tardía. Al igual que los testigos de la antigüedad, testifico que “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas”15, sino más bien un Redentor amoroso que descendió de Su trono en los cielos y salió “sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases […], a fin de que […] sepa cómo socorrer a los de su pueblo”16.

Aquellos que el día de hoy tengan un dolor tan intenso o tan excepcional que sienten que no hay nadie más que pudiera comprenderlos totalmente, puede que tengan razón. Quizás no haya ningún familiar, amigo ni líder del sacerdocio —por sensible y bien intencionado que cada uno de ellos sea— que sepa con exactitud lo que sienten o que tenga las palabras precisas para ayudarlos a sanar. Pero sepan esto: hay Alguien que entiende a la perfección lo que están pasando, que es “más poderoso que toda la tierra”17 y que “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que [ustedes] p[iden] o ent[ienden]”18. El proceso tendrá lugar a Su manera y en Su tiempo, pero Cristo está siempre listo para sanar cada partícula y aspecto de nuestra agonía.

Al permitirle que Él lo haga, descubrirán que el sufrimiento de ustedes no fue en vano. Refiriéndose a muchos de los más grandes héroes de la Biblia y sus aflicciones, el apóstol Pablo dijo que “[p]rovey[ó] Dios algunas cosas mejores para ellos por medio de sus aflicciones, porque sin aflicciones no podían ser perfeccionados”19. Como ven, la naturaleza misma de Dios y el objetivo de nuestra existencia terrenal es la felicidad20, pero no podemos llegar a ser seres perfectos de gozo divino sin las experiencias que nos prueban, a veces hasta lo más profundo de nuestro ser. Pablo dice que hasta el Salvador mismo fue hecho eternamente “perfec[to] [o completo] por aflicciones”21. Por ello, cuídense del susurro satánico de que, si fueran una mejor persona, se evitarían tales pruebas.

También deben resistirse a la mentira relacionada de que sus padecimientos sugieren que ustedes de algún modo se encuentran fuera del círculo de los elegidos de Dios, quienes parecen desplazarse de un estado bendecido a otro. En vez de ello, véanse a ustedes mismos como Juan el Revelador con certeza los vio en su revelación majestuosa de los últimos días, pues Juan vio “una gran multitud, la cual ninguno podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas […], [quienes] clamaban en alta voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios”22.

Cuando se le preguntó: “Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?”, Juan recibió la respuesta: “Estos son los que han salido de la gran tribulación; y han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero”23.

Hermanos y hermanas, sufrir en rectitud les ayuda a ser merecedores de estar entre los elegidos de Dios, en lugar de diferenciarlos de ellos; también hace que las promesas de ellos sean las de ustedes. Como declara Juan: “Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre [ustedes] ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de [ustedes]”24.

“… y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor”25.

Les testifico que, por medio de la asombrosa bondad de Jesucristo y Su expiación infinita, podemos escapar de las agonías merecidas de nuestras fallas morales y superar las agonías inmerecidas de nuestros infortunios terrenales. Bajo Su dirección, el destino divino de ustedes será uno de magnificencia incomparable y de gozo indescriptible, un gozo tan intenso y tan singular para ustedes, que sus “cenizas” particulares llegarán a ser gloria que “exced[erá] a cua[lquier] cosa terrenal”26. A fin de que puedan probar esa felicidad ahora y ser llenos de ella para siempre, los invito a hacer lo que Alma hizo: dejen que su mente se concentre en la exquisita dádiva del Hijo de Dios, tal como ha sido revelado por medio de Su evangelio en esta, Su Iglesia verdadera y viviente. En el nombre de Jesucristo. Amén.