Guía profética
Acoger el futuro con fe
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Acoger el futuro con fe

El futuro será glorioso para los que estén preparados y los que continúen preparándose para ser instrumentos en las manos del Señor.

Ha sido una noche inolvidable. Mis queridas hermanas, me siento honrado por estar con ustedes hoy. Durante estos últimos meses, han estado a menudo en mis pensamientos. Ustedes son una fuerza de más de ocho millones de personas. No solo tienen la cantidad de personas, sino también el poder espiritual para cambiar el mundo. Las he visto hacer precisamente eso durante esta pandemia.

Algunas de ustedes se encontraron de repente buscando suministros escasos o un nuevo trabajo. Muchas impartieron clases individuales a niños y estuvieron pendientes de vecinos. Algunas recibieron a sus misioneros en casa antes de lo esperado, mientras que otras transformaron sus hogares en centros de capacitación misional. Han utilizado la tecnología para conectarse con familiares y amigos, para ministrar a aquellos que se han sentido aislados, y para estudiar Ven, sígueme con otras personas. Han encontrado nuevas maneras de convertir el día de reposo en una delicia, ¡y han confeccionado millones de mascarillas protectoras!

Con compasión y amor sinceros, mi corazón se entristece por las muchas mujeres de todo el mundo cuyos seres queridos han muerto. Lloramos con ustedes y oramos por ustedes. Elogiamos a todas las que trabajan incansablemente para proteger la salud de los demás, y oramos por ellas.

Ustedes, las jóvenes, han sido también extraordinarias. Aunque las redes sociales se han inundado de contención, muchas de ustedes han encontrado formas de animar a los demás y compartir la luz de nuestro Salvador.

Hermanas, todas han sido verdaderas heroínas; me maravilla su fortaleza y fe. Han demostrado que en circunstancias difíciles, siguen adelante con valor. Las amo, y les aseguro que el Señor las ama y ve la gran obra que están realizando. ¡Gracias! Una vez más, han demostrado que son literalmente la esperanza de Israel.

Ustedes personifican las esperanzas que el presidente Gordon B. Hinckley albergaba en cuanto a ustedes, cuando presentó “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, hace veinticinco años, en la reunión general de la Sociedad de Socorro de septiembre de 19951. Es significativo que decidiera presentar esa importante proclamación a las hermanas de la Iglesia. Al hacerlo, el presidente Hinckley enfatizó la influencia irremplazable de las mujeres en el plan del Señor.

Ahora bien, me encantaría saber qué han aprendido este año. ¿Se han acercado más al Señor, o se sienten más alejadas de Él? Y los acontecimientos actuales, ¿cómo las han hecho sentir en cuanto al futuro?

Hay que reconocer que el Señor ha hablado acerca de nuestros días en términos solemnes. Advirtió que, en nuestros días, “desmay[aría] el corazón de los hombres”2 y que incluso los mismos escogidos correrían el riesgo de ser engañados3. Le dijo al profeta José Smith que “la paz ser[ía] quitada de la tierra”4 y que sobrevendrían calamidades a los habitantes de la tierra5.

Sin embargo, el Señor también ha proporcionado una visión de cuán extraordinaria es esta dispensación. Él inspiró al profeta José Smith a declarar que “[l]a obra […] en estos últimos días, es de enorme magnitud […]. Sus glorias son indescriptibles y su grandiosidad insuperable”6.

Ahora bien, grandiosidad quizás no sea la palabra que escogeríamos para describir estos meses pasados. ¿Cómo vamos a lidiar tanto con las sombrías profecías como con los gloriosos pronunciamientos sobre nuestros días? El Señor nos dijo cómo, con una seguridad sencilla, pero impresionante: “[S]i estáis preparados, no temeréis”7.

¡Qué grandiosa promesa! Es una que literalmente puede cambiar el modo de ver nuestro futuro. Hace poco, escuché a una mujer con un testimonio profundo admitir que la pandemia, combinada con un terremoto en el valle del Lago Salado, la habían ayudado a darse cuenta de que no estaba tan preparada como pensaba. Cuando le pregunté si se refería al almacenamiento de alimentos o a su testimonio, sonrió y dijo: “¡Sí!”.

Si la preparación es la clave para acoger esta dispensación y nuestro futuro con fe, ¿cómo podemos prepararnos mejor?

Durante décadas, los profetas del Señor nos han instado a almacenar alimentos, agua y ahorros financieros para épocas de escasez. La pandemia actual ha reforzado la sabiduría de ese consejo. Las insto a tomar medidas para estar preparadas en lo temporal, pero me preocupa aún más su preparación espiritual y emocional.

Podemos aprender mucho del capitán Moroni al respecto. Como comandante de los ejércitos nefitas, se enfrentó a fuerzas opuestas más fuertes, más numerosas y más malas, por lo que Moroni preparó a su pueblo de tres maneras esenciales.

Primero, les ayudó a construir zonas donde estarían seguros, y las llamó “plazas fuertes”8. Segundo, preparó “la mente de los del pueblo para que fueran fieles al Señor su Dios”9. Y tercero, nunca dejó de preparar a su pueblo, física o espiritualmente10. Consideremos esos tres principios.

Principio número uno: Crear plazas fuertes.

Moroni fortificó todas las ciudades nefitas con terraplenes, fuertes y murallas11. Cuando los lamanitas se enfrentaron a ellos, “se asombraron en extremo, a causa del acierto de los nefitas en preparar sus plazas fuertes12.

Del mismo modo, mientras el caos se desata a nuestro alrededor, tenemos que crear lugares donde nosotros estemos seguros, tanto física como espiritualmente. Cuando su hogar se convierta en un santuario personal de fe —donde mora el Espíritu— ese hogar se convertirá en la primera línea de defensa.

Asimismo, las estacas de Sion son un “refugio contra la tempestad”13, porque están dirigidas por aquellos que poseen las llaves del sacerdocio y ejercen la autoridad del sacerdocio. Conforme sigan el consejo de aquellos a quienes el Señor ha autorizado para guiarlas, sentirán mayor seguridad.

El templo—la Casa del Señor— es una plaza fuerte incomparable. Allí, ustedes, hermanas, son investidas con el poder del sacerdocio por medio de los sagrados convenios del sacerdocio que hacen14. Allí, sus familias son selladas por la eternidad. Incluso este año, cuando el acceso a nuestros templos se ha visto seriamente limitado, su investidura les ha otorgado acceso constante al poder de Dios, ya que han honrado sus convenios con Él.

Dicho de forma sencilla, una plaza fuerte es cualquier lugar donde se pueda sentir la presencia del Espíritu Santo y ser guiado por Él15. Cuando el Espíritu Santo está con ustedes, pueden enseñar la verdad, aunque vaya en contra de las opiniones predominantes, y pueden meditar en cuanto a preguntas sinceras sobre el Evangelio en un entorno de revelación.

Las invito, mis queridas hermanas, a crear un hogar que sea una plaza fuerte, y renuevo mi invitación para que aumenten su comprensión del poder del sacerdocio y de los convenios y bendiciones del templo. El disponer de plazas fuertes a las que puedan retirarse las ayudará a acoger el futuro con fe.

Principio número dos: Preparen la mente para ser fieles a Dios.

Hemos emprendido un importante proyecto para extender la vida útil y la capacidad del Templo de Salt Lake.

Algunas personas cuestionaron la necesidad de adoptar esas medidas extraordinarias. Sin embargo, cuando el valle del Lago Salado sufrió un terremoto de magnitud 5,7 a principios de año, este venerable templo tembló tan fuerte que la trompeta de la estatua del ángel Moroni se cayó16.

Así como los cimientos físicos del Templo de Salt Lake deben ser lo suficientemente fuertes como para soportar desastres naturales, nuestros cimientos espirituales tienen que ser sólidos. Entonces, cuando los terremotos metafóricos sacudan nuestra vida, podremos permanecer “firmes e inmutables” a causa de nuestra fe17.

El Señor nos enseñó la forma de aumentar la fe al buscar “conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”18. Fortalecemos nuestra fe en Jesucristo al esforzarnos por cumplir Sus mandamientos y “recordarle siempre”19. Además, nuestra fe aumenta cada vez que ejercemos la fe en Él. Eso es lo que significa obtener conocimiento por la fe.

Por ejemplo, cada vez que tengamos fe para ser obedientes a las leyes de Dios —aunque las opiniones populares nos menosprecien— o cada vez que nos resistamos a los entretenimientos o a las ideologías que celebran que se quebranten los convenios, estamos ejerciendo nuestra fe, lo que a su vez aumenta la fe.

Además, pocas cosas edifican más la fe que el estudio regular y sincero del Libro de Mormón. Ningún otro libro testifica de Jesucristo con tanto poder y claridad. Sus profetas, inspirados por el Señor, vieron nuestra época y seleccionaron la doctrina y las verdades que más nos ayudarían. El Libro de Mormón es nuestro manual de supervivencia en los últimos días.

Por supuesto, nuestra máxima seguridad se produce cuando nos unimos al Padre Celestial y a Jesucristo. La vida sin Dios es una vida llena de temor. La vida con Dios es una vida llena de paz. Esto se debe a que los fieles reciben bendiciones espirituales. El recibir revelación personal es una de las más grandes de esas bendiciones.

El Señor ha prometido que si pedimos, podremos recibir “revelación tras revelación”20. Prometo que al aumentar su capacidad para recibir revelación, el Señor las bendecirá con mayor guía en su vida y con dones ilimitados del Espíritu.

Principio número tres: Nunca dejen de prepararse.

Incluso cuando las cosas iban bien, el capitán Moroni continuó preparando a su pueblo; nunca dejó de hacerlo; nunca se dormía en los laureles.

El adversario nunca deja de atacar, así que nunca podemos dejar de prepararnos. Cuanto más autosuficientes seamos —temporal, emocional y espiritualmente— más preparados estaremos para frustrar los incesantes ataques de Satanás.

Queridas hermanas, ustedes son expertas en crear plazas fuertes para ustedes y sus seres queridos. Además, tienen un don divino que les permite edificar la fe en los demás de maneras convincentes21, y ustedes nunca se detienen. Lo han demostrado una vez más este año.

¡Por favor, sigan adelante! Su vigilancia para salvaguardar sus hogares e inculcar la fe en el corazón de sus seres queridos cosechará recompensas para las generaciones venideras.

¡Mis queridas hermanas, tenemos tanto que esperar! El Señor las puso aquí ahora porque sabía que tenían la capacidad de manejar las complejidades de la última parte de estos últimos días. Sabía que entenderían la grandeza de Su obra y que estarían deseosas de ayudar a llevarla a cabo.

No digo que los días venideros serán fáciles, pero les prometo que el futuro será glorioso para los que están preparados y siguen preparándose para ser instrumentos en las manos del Señor.

Mis queridas hermanas, no simplemente soportemos esta época actual con resignación. ¡Acojamos el futuro con fe! Los tiempos turbulentos son oportunidades para que prosperemos en lo espiritual, y en ellos nuestra influencia puede ser mucho más penetrante que en tiempos más tranquilos.

Les prometo que, a medida que construyamos plazas fuertes, preparemos la mente para ser fieles a Dios, y nunca dejemos de prepararnos, Dios nos bendecirá. Él nos “[librará]; sí, de tal modo que [hablará] paz a nuestras almas, y nos [concederá] una gran fe, [y hará] que en él [podamos poner] la esperanza de nuestra liberación”22.

Si se preparan para acoger el futuro con fe, ¡estas promesas se cumplirán para ustedes! Testifico de ello, y expreso mi amor por ustedes, y mi confianza en ustedes, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.