Guía profética
La cultura de Cristo
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La cultura de Cristo

Todos podemos apreciar lo mejor de nuestra cultura terrenal individual y participar plenamente en la cultura eterna que emana del evangelio de Jesucristo.

Qué mundo tan magnífico en el que vivimos y que compartimos, hogar de gran diversidad de pueblos, idiomas, costumbres e historias, diseminados en cientos de países y miles de grupos, cada uno de ellos con una rica cultura. La humanidad tiene mucho que celebrar y de lo que estar orgullosa. Aunque el comportamiento aprendido —aquello a lo que estamos expuestos en la cultura en la que nos criamos— puede servir como una gran fortaleza en la vida, también puede, en ocasiones, convertirse en un gran obstáculo.

Pudiera parecer que la cultura está tan arraigada en el pensamiento y el comportamiento que es imposible cambiar. Después de todo, mucho de lo que sentimos nos define y es de lo que obtenemos un sentido de identidad. Puede ser una influencia tan fuerte que nos impida ver las debilidades o defectos creados por el hombre en nuestras propias culturas, que da como resultado el resistirnos a desprendernos de algunas de las tradiciones de nuestros padres. Una fijación excesiva en la identidad cultural de una persona podría llevar al rechazo de ideas, atributos y comportamientos valiosos e incluso divinos.

No hace muchos años, conocí a un caballero maravilloso, quien ayuda a ilustrar este principio universal de la miopía cultural. Lo conocí por primera vez en Singapur, cuando me asignaron a ser el maestro orientador de su familia. Era un distinguido profesor de sánscrito y tamil, oriundo del sur de la India. Su maravillosa esposa y sus dos hijos eran miembros de la Iglesia, pero él nunca se había unido ni había escuchado mucho de las enseñanzas del Evangelio. Estaba feliz con la manera en que su esposa e hijos estaban progresando y les daba su apoyo total en sus actividades y responsabilidades en la Iglesia.

En un principio se negó cuando ofrecí enseñarle los principios del Evangelio y compartir nuestras creencias con él. Me llevó un tiempo averiguar la razón: él sentía que si lo hacía, se convertiría en un traidor a su pasado, a su pueblo y a su historia. Según su forma de pensar, estaría negando todo lo que él era, todo lo que su familia le había enseñado a ser e incluso su propio patrimonio indio. En los meses siguientes, pudimos conversar sobre esos temas. Me asombró (aunque no me sorprendió) la manera en que el evangelio de Jesucristo fue capaz de abrirle los ojos a un punto de vista distinto.

En la mayoría de las culturas creadas por el hombre se encuentra tanto lo bueno como lo malo, lo constructivo y lo destructivo.

Muchos de los problemas de nuestro mundo son el resultado directo de los enfrentamientos entre las personas de diferentes ideas y costumbres que surgen de su cultura. Sin embargo, prácticamente todos los conflictos y el caos se desvanecerían con rapidez si el mundo simplemente aceptara su cultura original, la cual todos poseíamos no hace mucho tiempo. Dicha cultura se remonta a nuestra existencia preterrenal. Era la cultura de Adán y de Enoc; era la cultura fundada en las enseñanzas del Salvador en el meridiano de los tiempos y está disponible una vez más para todas las mujeres y los hombres en nuestra época. Es única; es la más grande de todas las culturas y proviene del gran plan de felicidad que Dios creó y por el que Cristo abogó. Une en vez de dividir; sana en lugar de dañar.

El evangelio de Jesucristo nos enseña que la vida tiene propósito. Nuestra presencia aquí no es solo un enorme accidente ni error cósmico; estamos aquí por una razón.

Esta cultura se arraiga en el testimonio de que nuestro Padre Celestial existe, que es real y que nos ama a cada uno de nosotros de forma individual. Somos Su “obra y [Su] gloria”1. Esta cultura abraza el concepto de que todos tenemos el mismo valor; en ella, no hay reconocimiento de castas ni clases sociales. Somos, después de todo, hermanos y hermanas, hijos procreados como espíritus por nuestros padres celestiales, literalmente. No existen prejuicios ni una mentalidad de “nosotros contra ellos” en la más grande de todas las culturas; todos somos “nosotros”, todos somos “ellos”. Creemos que somos responsables de nosotros mismos, de unos a otros, de la Iglesia y de nuestro mundo. La responsabilidad y el rendir cuentas son factores importantes para nuestro progreso.

La caridad, el verdadero cuidado de los demás a la manera de Cristo, constituye el fundamento de esta cultura. Sentimos auténtica preocupación por las necesidades de nuestros semejantes, tanto temporales como espirituales, y actuamos de acuerdo con esos sentimientos. La caridad disipa los prejuicios y el odio.

Disfrutamos de una cultura de revelación, centrada en la palabra de Dios como la recibieron los profetas (y personalmente verificable por cada uno de nosotros mediante el Espíritu Santo). Toda la humanidad puede conocer la voluntad y la mente de Dios.

Esta cultura defiende el principio del albedrío. La capacidad de elegir es de suma importancia para nuestro progreso y felicidad; elegir sabiamente es esencial.

Es una cultura de aprendizaje y estudio; buscamos conocimiento y sabiduría, y lo mejor de todas las cosas.

Es una cultura de fe y obediencia. La fe en Jesucristo es el primer principio de nuestra cultura y el resultado es la obediencia a Sus enseñanzas y mandamientos, lo cual genera autodominio.

Es una cultura de oración. Creemos que Dios no solo nos escuchará, sino que también nos ayudará.

Es una cultura de convenios y ordenanzas, normas morales elevadas, sacrificio, perdón y arrepentimiento, y el cuidado del templo que es nuestro cuerpo. Todo esto testifica de nuestro compromiso con Dios.

El sacerdocio, la autoridad para actuar en el nombre de Dios, el poder de Dios para bendecir a Sus hijos, gobierna esta cultura. Esta edifica y permite a los seres humanos ser mejores personas, líderes, madres, padres y compañeros, y santifica el hogar.

Abundan verdaderos milagros en esta, la más antigua de todas las culturas, forjada por la fe en Jesucristo, el poder del sacerdocio, la oración, la superación personal, la conversión genuina y el perdón.

Es una cultura de obra misional. El valor de las almas es grande.

En la cultura de Cristo, las mujeres son elevadas al estado que les corresponde, que es eterno. No están subordinadas a los hombres, como en muchas culturas del mundo actual, sino que son compañeras iguales con los mismos derechos, tanto aquí como en el mundo venidero.

Esta cultura ratifica la santidad de la familia, la cual es la unidad básica de la eternidad. La perfección de la familia merece cualquier sacrificio porque, como se ha enseñado, “ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar”2. El hogar es donde realizamos nuestra mejor labor y donde se alcanza la mayor felicidad.

En la cultura de Cristo hay visión, un enfoque y guía eternos; se ocupa de los aspectos que tienen valor duradero. Proviene del evangelio de Jesucristo, que es eterno, y explica el porqué, el qué y el dónde de nuestra existencia (es inclusivo, no exclusivo). Debido a que esta cultura es el resultado de poner en práctica las enseñanzas de nuestro Salvador, ayuda a proporcionar un bálsamo sanador que el mundo necesita desesperadamente.

¡Qué bendición es ser parte de esta magna y noble forma de vida! Ser parte de esta, la más grande de todas las culturas, requerirá cambiar. Los profetas han enseñado que es necesario dejar atrás cualquier cosa de nuestra cultura anterior que no vaya de acuerdo con la cultura de Cristo, pero eso no significa que tengamos que dejarlo todo atrás. Los profetas también han hecho hincapié en que estamos invitados, todos y cada uno, a traer con nosotros fe, talentos y conocimiento, todo lo que es bueno de nuestra vida y cultura individual, y dejar que la Iglesia pueda añadir a ello por medio del mensaje del Evangelio3.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es una sociedad occidental ni un fenómeno cultural de Estados Unidos. Es una Iglesia internacional, tal como siempre se dispuso, y más que eso, es divina. Los nuevos miembros de todo el mundo aportan riqueza, diversidad y entusiasmo a nuestra siempre creciente familia. Los Santos de los Últimos Días de todo el mundo todavía celebran y honran su propia herencia y a sus héroes, pero ahora también son parte de algo mucho más grandioso. La cultura de Cristo nos ayuda a vernos a nosotros mismos como realmente somos, y cuando nos vemos a través del lente de la eternidad, atenuado con la rectitud, sirve para aumentar la capacidad de cumplir con el gran plan de felicidad.

Entonces, ¿qué le ocurrió a mi amigo? Bueno, le enseñaron las lecciones y se unió a la Iglesia. Desde aquel momento, su familia fue sellada por el tiempo y por toda la eternidad en el Templo de Sídney, Australia. Ha renunciado a poco y ha ganado el potencial de todo. Descubrió que aún puede celebrar su historia, estar orgulloso de sus antepasados, su música, su danza y literatura, su comida, su tierra y su gente. Ha descubierto que no hay problema en incorporar lo mejor de su cultura local en la más grandiosa de todas las culturas. Descubrió que traer de su vida antigua a la nueva aquello que es compaltible con la verdad y la rectitud solo sirve para fomentar la hermandad con los santos y para ayudar a que todos lleguen a ser uno en la sociedad del cielo.

Efectivamente, todos podemos apreciar lo mejor de nuestra cultura terrenal individual y aun así participar plenamente en la cultura más antigua de todas: la cultura original, la suprema, la eterna, que emana del evangelio de Jesucristo. ¡Qué maravillosa herencia compartimos todos! En el nombre de Jesucristo. Amén.