Guía profética
El poder sanador de Jesucristo
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El poder sanador de Jesucristo

A medida que vengamos a Jesucristo al ejercer la fe en Él, arrepentirnos, y hacer y guardar convenios, nuestro quebranto, cualquiera que fuera la causa, puede sanar.

Desde principios de este año, nos hemos enfrentado a muchos acontecimientos inesperados. La pérdida de vidas y de ingresos debido a la pandemia mundial ha afectado gravemente a la comunidad y la economía mundiales.

Terremotos, incendios e inundaciones en diferentes partes del mundo, así como otros desastres relacionados con el clima, han dejado a las personas sintiéndose desamparadas, desesperadas y con el corazón quebrantado, preguntándose si su vida volverá a ser la misma.

Déjenme contarles una historia personal acerca de estar quebrantado.

Cuando nuestros hijos eran pequeños, decidieron que querían tomar lecciones de piano. Mi esposo Rudy y yo queríamos brindar a nuestros hijos esa oportunidad, pero no teníamos piano. No teníamos los medios para adquirir un piano nuevo, así que Rudy comenzó a buscar uno usado.

Ese año, para Navidad, nos sorprendió a todos con un piano y, con los años, nuestros hijos aprendieron a tocarlo.

Cuando ellos crecieron y se fueron de casa, el viejo piano solo acumuló polvo, así que lo vendimos. Pasaron algunos años y habíamos ahorrado algo de dinero. Un día, Rudy dijo: “Creo que es hora de que consigamos un piano nuevo”.

Le pregunté: “¿Para qué queremos un piano nuevo si ninguno de los dos sabe tocar?”.

Él respondió: “¡Ah, pero podemos conseguir un piano de los que tocan solos! Usando un iPad, puedes programar el piano para que toque más de 4000 canciones, incluidos himnos, canciones del Coro del Tabernáculo, todas las canciones de la Primaria y muchas más”.

Les aseguro que Rudy es un excelente agente de ventas.

Compramos un hermoso piano automático nuevo y, unos días después, dos hombres fornidos lo llevaron a nuestra casa.

Les mostré dónde lo quería y me hice a un lado.

Era un pesado piano de media cola y, para que pasara por la puerta, le quitaron las patas y lograron ponerlo de costado sobre una plataforma móvil para mudanzas que habían llevado.

Nuestra casa estaba ubicada en una ligera pendiente y, desafortunadamente, ese día más temprano había nevado, dejando todo húmedo y con la nieve a medio derretir. ¿Pueden imaginarse lo que va a suceder?

Mientras los hombres empujaban el piano por la ligera pendiente, este se deslizó y oí un ruido muy fuerte. El piano se había caído de la plataforma móvil y había golpeado el suelo con tanta fuerza que dejó una gran hendidura en nuestro césped.

Dije: “¡Santo cielo! ¿Están bien?”.

Afortunadamente, los dos estaban bien.

Con los ojos muy abiertos de asombro, se miraban el uno al otro, y luego me miraron y dijeron: “Lo sentimos mucho. Lo llevaremos de vuelta a la tienda y nuestro gerente la llamará”.

Al poco rato, el gerente ya estaba hablando con Rudy para organizar la entrega de un nuevo piano. Rudy es amable y compasivo, y le dijo al gerente que estaba bien que tan solo repararan el daño y trajeran el mismo piano, pero el gerente insistió en darnos uno nuevo.

Rudy respondió, diciendo: “No puede haber sido algo tan grave; solo arréglelo y tráigalo”.

El gerente dijo: “La madera está quebrada, y una vez que la madera se quiebra, no puede volver a sonar igual. Le enviaremos un piano nuevo”.

Hermanas y hermanos, ¿no somos todos como ese piano, un poco quebrados, agrietados y dañados, sintiendo que nunca volveremos a ser los mismos? Sin embargo, a medida que vengamos a Jesucristo al ejercer la fe en Él, arrepentirnos, y hacer y guardar convenios, nuestro quebranto, cualquiera que fuera la causa, puede sanar. Este proceso, el cual invita al poder sanador del Salvador a nuestras vidas, no solo nos restaura a lo que éramos antes, sino que nos hace mejores de lo que fuimos. Sé que a través de la expiación del Salvador, Jesucristo, podemos ser reparados, volver a ser sanos y lograr nuestro propósito, tal como un flamante piano que suena magníficamente.

El presidente Russell M. Nelson enseñó: “Cuando estemos llenos de pesares, será el momento de profundizar nuestra fe en Dios, de trabajar más arduamente y de prestar servicio a los demás. Entonces Él sanará nuestro corazón desgarrado de dolor. Él dará paz y consuelo. Esos grandes dones nunca serán destruidos, ni siquiera con la muerte”1.

Jesús dijo:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Para sanar nuestro quebranto al venir a Él, debemos tener fe en Jesucristo. “Tener fe en Jesucristo significa confiar totalmente en Él: confiar en Su poder […] y amor infinitos, lo cual incluye creer en Sus enseñanzas; significa creer que aunque no entendamos todas las cosas, Él sí las entiende. Debido a que Él ha experimentado todos los dolores, las aflicciones y las enfermedades que podamos sufrir, Él sabe cómo ayudarnos a superar las dificultades del día a día”2.

Al venir a Él, “podemos sentir gozo, paz y consuelo. Todo lo que es [difícil y desafiante] en la vida se puede remediar por medio de la expiación de Jesucristo”3. Él nos ha aconsejado: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (Doctrina y Convenios 6:36).

En el Libro de Mormón, cuando Alma y su pueblo fueron casi destruidos debido a las pesadas cargas que se les imponían, el pueblo suplicó alivio. El Señor no les quitó las cargas; en vez de ello, les prometió:

“Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre; y esto haré yo para que me seáis testigos en lo futuro, y para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones.

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:14–15).

El élder Tad R. Calllister ha enseñado en cuanto a la capacidad que tiene el Salvador para sanar y aliviar las cargas:

“Una de las bendiciones de la Expiación es que podemos recibir los poderes de socorro del Salvador. Isaías habló repetidas veces sobre la influencia sanadora y tranquilizante del Señor. Testificó que el Salvador era ‘fortaleza para el menesteroso en su aflicción, amparo contra la tempestad, sombra contra el calor’ (Isaías 25:4). En cuanto a los afligidos, Isaías declaró que el Salvador poseía el poder de ‘consolar a todos los que lloran’ (Isaías 61:2) y ‘enjuga[r] […] toda lágrima de todos los rostros’ (Isaías 25:8; véase también Apocalipsis 7:17); ‘vivificar el espíritu de los humildes’ (Isaías 57:15); y ‘vendar a los quebrantados de corazón’ (Isaías 61:1; véanse también Lucas 4:18; Salmo 147:3). Su poder de socorrer era tan amplio que podía sustituir ‘gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu apesadumbrado’ (Isaías 61:3).

“¡Oh, qué esperanza renace en esas promesas! […] Su espíritu sana, refina, consuela, infunde nueva vida a los corazones desesperanzados. Tiene el poder de transformar todo lo que es feo, vil y sin valor en la vida en algo de esplendor supremo y glorioso. Él tiene el poder de convertir las cenizas de la vida mortal en las bellezas de la eternidad”4.

Testifico que Jesucristo es nuestro amoroso Salvador, nuestro Redentor, el Maestro Sanador y nuestro fiel amigo. Si nos dirigimos a Él, nos sanará y hará que seamos sanos nuevamente. Testifico que esta es Su Iglesia y que Él se está preparando para regresar una vez más a fin de reinar con poder y gloria sobre la tierra. En el nombre de Jesucristo. Amén.