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Capítulo 48: Mormón 1–6
Notas al pie de página
Tema

Capítulo 48

Mormón 1–6

Introducción

Una vez que hubo presentado resúmenes de los relatos de la visita del Señor a los nefitas y de la consiguiente era de doscientos años de paz, Mormón informó que a partir del año doscientos uno, comenzaron a reinar el orgullo, la desunión y la maldad (véase 4 Nefi 1:24–47). En el libro de Mormón se lee de sucesos de los cuales él fue testigo, entre ellos la desaparición de la civilización nefita. Podemos sentir empatía por la angustia que experimentó Mormón ante la destrucción de su pueblo en Mormón 1–6, una destrucción que sobrevino a causa de haber rechazado al Señor y Su evangelio. Nosotros asimismo podemos tomar la determinación de evitar esas calamidades en nuestra vida.

Comentario

Mormón 1:1. “Yo, Mormón”

  • El profeta José Smith (1805–1844) enseñó: “La palabra Mormón quiere decir, literalmente, más bueno” (History of the Church,  tomo V, pág. 400).

  • Al repasar la vida de Mormón, el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) se refirió al significado del nombre de Mormón, nombre que se ha convertido en una referencia a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días:

    “Quisiera recordarles por unos momentos la grandeza y la virtud de ese hombre que fue Mormón. Él vivió en este continente americano en el siglo cuarto después de Cristo. Cuando era un muchachito de diez años, el historiador del pueblo, cuyo nombre era Ammarón, lo describió como ‘un niño serio, y presto para observar’ (Mormón 1:2). Ammarón le encomendó que, cuando tuviera veinticuatro años, se encargara de los anales de las generaciones que lo habían precedido.

    “Los años que siguieron a la niñez de Mormón fueron de terrible derramamiento de sangre para su nación, el resultado de una guerra atroz entre los que se denominaban nefitas y los que se denominaban lamanitas.

    “Posteriormente, Mormón llegó a ser el líder de los ejércitos nefitas, y presenció la matanza de los de su pueblo; les hizo ver claramente que sus repetidas derrotas se debían a que habían abandonado al Señor, y Él, a su vez, los había abandonado a ellos…

    Mormon bids farewell to a once great nation

    “Escribió a nuestra generación con palabras de amonestación y de súplica, proclamando con elocuencia su testimonio del Cristo resucitado. Previó las calamidades que nos sobrevendrían si abandonábamos las vías del Señor como lo habían hecho los de su pueblo…

    “Sabiendo que su propia vida pronto llegaría a su fin, porque sus enemigos perseguían a los que habían sobrevivido, rogó que los de nuestra época anduvieran con fe, esperanza y caridad, diciendo: ‘…la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien’ [Moroni 7:47]…

    “Así era la virtud, la fortaleza, el poder, la fe, y el alma profética de Mormón, el profeta líder” (véase Liahona, enero de 1991, pág. 62).

Mormón 1:16. La rebelión intencional contra Dios

  • El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, comparó la madurez espiritual de Mormón con el estado pecaminoso de su pueblo. A pesar de los deseos rectos de Mormón, se le prohibió predicar a causa del estado rebelde del pueblo: “Un Mormón que iba madurando, para entonces de edad de quince años, quedó al margen del pecado que lo rodeaba, y se elevó sobre la desesperación de sus días. Consecuentemente, lo visitó ‘el Señor, y prob[ó] y conoc[ió] la bondad de Jesús’, al intentar con valentía predicar a su pueblo. Pero, como a veces hace Dios con aquellos que lo rechazan a pesar de tener tanta luz, a Mormón literalmente le fue cerrada la boca. Se le prohibió predicar a una nación que se había rebelado a consciencia contra su Dios. Estas personas habían rechazado los milagros y los mensajes que les transmitieron los tres discípulos nefitas trasladados, quienes para entonces también habían visto silenciado su ministerio y fueron retirados de la nación a la que se los había enviado” (Christ and the New Covenant, 1997, pág. 318).

  • Mientras servía en calidad de Setenta, el élder Dean L. Larsen explicó que la rebelión contra Dios tiene raíces individuales que, si no se corrigen, se esparcen con consecuencias devastadoras:

    “Históricamente, el alejarse del curso de vida marcado por el Señor sucede cuando las personas empiezan a comprometer las normas del Señor. Esto es especialmente así cuando la transgresión se comete intencionalmente y no hay arrepentimiento. Recuerden la descripción que hizo Mormón de quienes en sus días se apartaron del camino verdadero. No pecaron en la ignorancia sino que se rebelaron conscientemente contra Dios. No fue algo que sucedió como un movimiento universal sino que empezó cuando, individualmente y a sabiendas, los miembros de la Iglesia empezaron a comprometer las normas del Señor. Procuraron justificar sus desviaciones usando el conocimiento de que había otros que también fallaban a las normas. Los que pecan intencionadamente pronto empiezan a tratar de establecer sus propias normas, con las cuales puedan sentirse más a gusto y justificar su mala conducta. Buscan la compañía de aquellos que estén dispuestos a alejarse con ellos por el sendero de la autodestrucción.

    “A medida que aumenta el número de personas que se alejan, la influencia que ejercen pasa a ser más fuerte. Podríamos llamarle el ‘síndrome del edificio grande y espacioso’. Este alejamiento es más peligroso cuando sus adeptos siguen asociándose abiertamente y participando con el grupo que se ajusta al camino del Señor. Los valores y las normas que antes estaban muy claros ahora se enturbian y se vuelven inciertos. Las normas del comportamiento empiezan a reflejar este enturbiamiento de los principios verdaderos. La conducta que antes provocaba repulsión y alarma ahora se convierte en algo cotidiano” (“Likening the Scriptures unto Us”, en Monte S. Nyman y Charles D. Tate, hijo, editores, Alma, the Testimony of the Word, 1992, pág. 8).

Mormón 1:19. Sortilegios, hechicerías y encantamientos

  • El presidente James E. Faust (1920–2007), de la Primera Presidencia, advirtió que no deben intrigarnos los misterios de Satanás: “No es sensato cultivar la curiosidad por Satanás y sus misterios. El acercarse al mal no depara nada bueno. Como cuando uno juega con fuego, es muy fácil quemarse… El único camino seguro es el de mantenernos bien distanciados de él y de todas sus maldades y sus abominables obras. Como de una plaga, se debe huir de adorar al diablo, hacer brujería, hechicería, vudú, realizar encantamientos, magia negra y toda otra práctica demoníaca” (véase Liahona, enero de 1988, pág. 33).

Mormón 2:13. “El pesar de los condenados”

  • El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce Apóstoles, hizo notar el contraste que hay entre la tristeza que es según Dios y “el pesar de los condenados”: “Después de reconocer la falta, el alma se inunda de verdadero remordimiento, lo cual constituye una ‘tristeza que es según Dios’, no simplemente ‘la tristeza del mundo’ ni ‘el pesar de los condenados’, en la que ya no ‘halla[mos] felicidad en el pecado’ (2 Corintios 7:10; Mormón 2:13). En cambio, el remordimiento falso es como sobarnos las fallas: en lo que es un pesar ritual, lloramos por nuestros errores sin curarlos” (véase Liahona, enero de 1992, pág. 34).

    A diferencia del pesar de los condenados, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) explicó la naturaleza de la tristeza que es según Dios, para que comprendamos cuál es el dolor que conduce al arrepentimiento purificador: “La tristeza según Dios es un don del Espíritu; es un claro reconocimiento de que nuestras acciones han ofendido a nuestro Padre, nuestro Dios; es adquirir una vívida conciencia de que nuestro comportamiento hizo que el Salvador, que estaba libre de todo pecado, Él, el más grande de todos, padeciera agonía y sufrimiento. Fue por nuestros pecados que sangró por cada poro. Es esa tan real aflicción mental y espiritual que sufrimos a lo que las Escrituras se refieren cuando dicen ‘un corazón quebrantado y un espíritu contrito’ (D. y C. 20:37). Tener el espíritu así es el requisito absolutamente necesario para que tenga lugar el verdadero arrepentimiento” (The Teachings of Ezra Taft Benson, 1988, pág. 72).

Mormón 2:15. “El día de gracia había pasado”

  • El élder Jeffrey R. Holland observó la escalofriante frase del relato de Mormón en la que se dice que se había agotado el tiempo para salvar a su pueblo: “Es en este momento de la historia nefita —a casi novecientos cincuenta años de que todo comenzara, y apenas más de trescientos años después de la visita del mismísimo Hijo de Dios— que Mormón se dio cuenta de que la historia había terminado. En lo que tal vez sea la frase más escalofriante que jamás escribiera, Mormón afirmó con sencillez: ‘Vi que el día de gracia había pasado para ellos, tanto temporal como espiritualmente’. Su pueblo había aprendido la más fatídica de todas las lecciones: que el Espíritu de Dios no siempre contenderá con el hombre; que es posible, tanto colectiva como individualmente, que el tiempo se agote. El día de arrepentimiento puede pasar, y para los nefitas ya había pasado. Sus números eran ‘talados en rebelión manifiesta contra su Dios’, y en una metáfora casi demasiado vívida por su comentario moral, eran ‘amontonados como estiércol sobre la superficie de la tierra’” (Christ and the New Covenant, pág. 319).

    Nephites last battle
  • El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) describió la forma en que también nosotros en la actualidad podemos apartarnos de la gracia purificadora del arrepentimiento: “Es verdad que el gran principio del arrepentimiento siempre está disponible, mas para el impío y el rebelde la anterior expresión tiene graves reservas. Por ejemplo, el pecado tiende intensamente a arraigar hábitos y a veces conduce a los hombres al trágico punto irreversible… A medida que el transgresor se hunde más y más en su pecado, y el error se arraiga más profundamente y se debilita la voluntad para cambiar, la situación va cobrando una desesperanza cada vez mayor, y él continúa su descenso hasta que, o se niega a volver a subir, o ha perdido la facultad para hacerlo” (El milagro del perdón, 1977, pág. 115).

Mormón 2:26. “Nos vimos abandonados”

  • Tal vez no reconozcamos ni apreciemos lo mucho que nos ayuda el Padre Celestial en la vida diaria cuando tratamos de vivir con fidelidad. Mormón escribió que cuando los de su pueblo se tornaron inicuos, perdieron la fuerza del Señor que anteriormente los había protegido. Mientras servía en calidad de Setenta, el élder Ray H. Wood explicó: “Cuando una persona viola cualquier mandamiento de Dios, si no hay arrepentimiento, el Señor nos retira Su influencia protectora y sustentadora. Cuando perdemos poder con Dios, sabemos con toda certeza que el problema está en nosotros y no en Dios. ‘Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis’ (D. y C. 82:10). Nuestras fechorías acarrean desesperación; entristecen y extinguen el ‘fulgor perfecto de esperanza’ que ofrece Cristo (2 Nefi 31:20). Sin la ayuda de Dios, contamos sólo con nuestras fuerzas” (véase Liahona, julio de 1999, pág. 48).

Mormón 3:8–11. Mormón rehusó ser comandante

  • A pesar de que Mormón dirigió a su pueblo durante aproximadamente treinta y cinco años, al llegar este momento, rehusó seguir haciéndolo. Mormón tal vez sintió la influencia del compendio que estaba preparando del Libro de Mormón. Vio que el capitán Moroni y Helamán tenían motivos justificados para ir a la guerra (véase Alma 43:9–58:12): defender sus tierras, casas, esposas, hijos, derechos, privilegios, libertad y facultad de adorar; y él enseñó estos propósitos de la guerra a su pueblo (véase Mormón 2:23–24). Después de ver lo que motivaba a los nefitas de su época a pelear contra los lamanitas —“vengar[se]”, y además empezaron “a jactarse de su propia fuerza” siendo culpables de “iniquidad y… abominaciones”—, por un tiempo rehusó dirigir a sus ejércitos (Mormón 3:9–14).

Mormón 3:9; 4:8. Jactarse

  • El élder Neal A. Maxwell nos advirtió que debemos reconocer el poder del Padre Celestial antes que el nuestro propio: “Antes de gozar la cosecha de los esfuerzos rectos, reconozcamos por tanto en primer lugar la mano de Dios. De lo contrario, aparecen las excusas, entre ellas: ‘…Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza’ (Deuteronomio 8:17); o bien, nos ‘jactamos’ como lo habría hecho el antiguo Israel (excepto el deliberadamente pequeño ejército de Gedeón), vanagloriándonos y diciendo: ‘…Mi propia mano me ha salvado’ (Jueces 7:2). El jactarnos de nuestra propia ‘mano’ hace doblemente difícil el confesar la mano de Dios en todas las cosas (véase Alma 14:11; D. y C. 59:21)” (véase Liahona, julio de 2002, págs. 40–41).

Mormón 3:12. “De acuerdo con el amor de Dios que había en mí”

  • Cuando se encontraba en el Obispado Presidente, el obispo Glenn L. Pace nos amonestó a esmerarnos por emular el amor que mostró Mormón: “Este profeta sentía el amor de Cristo hacia un pueblo caído. ¿Podemos nosotros conformarnos con amar menos? Debemos seguir adelante con el amor puro de Cristo para diseminar las buenas nuevas del Evangelio. Al hacerlo y al pelear la batalla del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas, de la verdad contra la falsedad, no debemos desatender nuestra responsabilidad de vendar las heridas de aquellos que hayan caído en la contienda. En el reino no hay lugar para el fatalismo” (véase Liahona, enero de 1991, pág. 9).

Mormón 3:18–22. Nuestro juicio

  • El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles, explicó que otros participarán en nuestro juicio: “La realidad es que habrá todo un escalafón de jueces que, bajo Cristo, juzgarán a los rectos, pero sólo Él emitirá los decretos de condenación de los inicuos” (The Millennial Messiah, 1982, pág. 520).

    Las Escrituras enseñan que habrá por lo menos cinco elementos que participarán el Día del Juicio:

    1. Nosotros (véanse Alma 41:7; History of the Church, tomo VI, pág. 314)

    2. Nuestros obispos (véase D. y C. 41:9; 58:14, 17–20; 64:40; 72:17)

    3. Las Escrituras (véanse Apocalipsis 20:12; 2 Nefi 25:18; 29:11; 33:14; 3 Nefi 27:25–26)

    4. Los apóstoles (véanse Mateo 19:27–30; 1 Nefi 12:9; 3 Nefi 27:27; Mormón 3:18; D. y C. 29:12)

    5. Jesucristo (véanse Juan 5:22; 3 Nefi 27:14)

  • El presidente John Taylor (1808–1887) habló un poco más acerca de la función de los apóstoles en nuestro juicio: “Cristo está a la cabeza… Parece ser muy razonable que los doce apóstoles de Jerusalén van a ser los jueces de las doce tribus, que los doce discípulos de este continente sean los jueces de los descendientes de Nefi, que el hermano de Jared y Jared sean los jueces de los jareditas y de sus descendientes, y que, además, la Primera Presidencia y los Doce que han oficiado en nuestra época sean los que oficien en lo referente al género humano de esta dispensación” (The Gospel Kingdom, selecciones de G. Homer Durham, 1987, pág. 138).

Mormón 3:20–22; 5:12–14. Una exhortación a creer en Cristo

  • The Lord Jesus Christ

    Del Parson, © 1983 IRI

    El presidente Gordon B. Hinckley dio testimonio de que el Libro de Mormón es otro testamento de Cristo: “Esta Escritura del Nuevo Mundo está ante nosotros como otro testigo de la divinidad y realidad del Señor Jesucristo, del beneficio global de Su expiación y de Su triunfo sobre las tinieblas del sepulcro. Entre sus cubiertas se halla gran parte de la palabra profética segura que habla de Aquél que nacería de una virgen, el Hijo del Dios Todopoderoso; hay una predicción de Su obra como ser mortal entre los hombres; hay una declaración de Su muerte, la del Cordero sin mancha que habría de ser sacrificado por los pecados del mundo. Y está el relato conmovedor e inspirador y verdadero de la visita del Cristo resucitado a los hombres y mujeres que vivían en el continente occidental. El testimonio está para que lo palpen, para que lo lean, para que lo mediten, para que oren al respecto, con la promesa de que el que ore sabrá por el poder del Espíritu Santo que es válido y verdadero (véase Moroni 10:3–5)” (véase Liahona, julio de 1994, pág. 82).

Mormón 4:23. Breve reseña de los traslados de las planchas

  • Ammarón le dijo a Mormón que sacara de la colina Shim las planchas mayores de Nefi y que les agregara contenido. Mormón debía dejar el resto de las planchas (las de bronce, las menores de Nefi y las de Éter) en dicha colina (véase Mormón 1:2–4). Mormón sacó las planchas mayores, grabó en ellas una relación completa de las actividades de su pueblo y utilizó una porción selecta de ellas para crear su propia versión condensada y resumida de la historia de su pueblo (véase Mormón 2:18). Posteriormente regresó a la colina Shim y retiró todas las planchas (las de bronce, las menores de Nefi, las de Éter y todas las demás) que se encontraban allí (véase Mormón 4:23). Temeroso de que los lamanitas destruyeran los anales, Mormón volvió a esconder las planchas, con excepción del compendio y de las planchas menores de Nefi (las planchas de oro), en el cerro de Cumorah (véase Mormón 6:6). Mormón le dio a su hijo Moroni estas planchas de oro (véanse Mormón 6:6; Palabras de Mormón 1:1–7).

Mormón 5:16. El Espíritu “ha dejado de luchar con sus padres”

  • Lee, Harold B.
    El presidente Harold B. Lee (1899–1973) explicó que las personas malvadas de la época de Moroni no sólo habían perdido el Espíritu Santo sino también el Espíritu de Cristo: “Mormón describió a los de un pueblo, los de su pueblo, de quienes el Espíritu del Señor se había alejado, y al leer eso… me parece claro que a lo que se refería era no solamente a la incapacidad de tener la compañía o el don del Espíritu Santo, sino que se refería a esa luz de verdad a la cual tenemos derecho todos los que hemos nacido en el mundo y que nunca dejará de luchar con la persona a menos que ella pierda esa luz por sus propios pecados” (en Conference Report, abril de 1956, pág. 108).

Mormón 5:17. “Fueron un pueblo deleitable”

  • Mormón lamentó la condición depravada de su pueblo que, en contraste, una vez fue “deleitable”. El presidente Gordon B. Hinckley reflexionó sobre algunas de las bendiciones de ser deleitables y lo que es necesario para lograr ese estado: “Está la gran bendición de la sabiduría, del conocimiento, incluso de tesoros escondidos de conocimiento. Se nos promete que la nuestra será una tierra deleitable si somos siempre obedientes a esta ley. Puedo interpretar la palabra tierra como pueblo, o sea, que aquellos que se conducen con obediencia llegarán a ser un pueblo deleitable. ¡Qué maravilloso ser un pueblo deleitable al que otros describirían como bendecido!” (véase Liahona, julio de 1982, pág. 84).

Mormón 5:23. “En las manos de Dios”

  • Mormón escribió para nosotros los de los últimos días, amonestándonos a reconocer a Dios y Su poder. Estamos en Sus manos. El élder W. Craig Zwick, de los Setenta, explicó algo del simbolismo y de las bendiciones a las que se alude por el hecho de estar en manos de Dios:

    “Las manos son una de las partes simbólicamente expresivas del cuerpo. En hebreo, el término yad, que se utiliza con más frecuencia para decir mano, también tiene un uso metafórico con el significado de poder, fortaleza y vigor (véase William Wilson, Old Testament Word Studies, 1978, pág. 205). Por ende, las manos representan poder y fortaleza…

    “El estar en las manos de Dios parece sugerir que no sólo estamos bajo Su constante cuidado, sino que también estamos bajo la guardia y protección de Su poder maravilloso.

    “A lo largo de las Escrituras se hace referencia a la mano del Señor, y Su ayuda divina se manifiesta una y otra vez. Sus poderosas manos crearon mundos, pero aun así, fueron tan suaves como para bendecir a los pequeñitos…

    “Todos tenemos la necesidad de saber que podemos seguir adelante en la fortaleza del Señor. Podemos colocar nuestra mano en la de Él, y sentiremos que Su presencia alentadora nos eleva a alturas que no podríamos lograr por nosotros mismos…

    “…¿Cómo aprendemos a extender la mano y a conectarnos al consuelo que el Señor ofrece?…

    “He aquí cuatro claves:

    “Aprender

    “Escuchar

    “Procurar obtener el Espíritu

    “Orar siempre

    “El Señor proporcionará sustento y apoyo si estamos dispuestos a abrir la puerta y aceptar Su mano de ayuda divina…

    “Piensen en las heridas de Sus manos. Sus manos gastadas, sí, aun Sus manos de carne desgarrada y sacrificio físico, son las que dan a nuestras propias manos mayor poder y dirección.

    “El Cristo herido es el que nos guía a través de los momentos difíciles. Es el que nos sostiene cuando necesitamos más aire para respirar o una dirección en la que andar o, incluso, más valor para seguir adelante.

    “Si guardamos los mandamientos de Dios y caminamos llevados de la mano por Él en Sus senderos, seguiremos adelante con fe, y jamás nos sentiremos solos” (véase Liahona, noviembre de 2003, págs. 34–36).

Mormón 6:16–22. No rechazar los brazos abiertos de Cristo

  • Mormón lloró la muerte de los de su pueblo que no se habían arrepentido y se lamentó de que no hubiesen cambiado su forma de ser antes de que sus vidas llegaran a su fin. Mormón enseñó que, si hubiesen dejado de lado su orgullo para arrepentirse de sus pecados, su reencuentro con el Salvador habría sido dichoso (véase Mormón 6:17).

    También nosotros tenemos que prepararnos para estar ante Dios en el Juicio. El presidente James E. Faust explicó:

    Second Coming, The

    Harry Anderson, © IRI

    “Anhelamos la bendición máxima de la Expiación: el ser uno con Él, estar en Su divina presencia, ser llamados por nuestro nombre cuando nos dé la bienvenida a casa con una radiante sonrisa, haciéndonos señas con los brazos abiertos para circundarnos en Su infinito amor. ¡Cuán gloriosa y sublime será esa experiencia si podemos sentirnos dignos como para estar en Su presencia! El don gratuito de Su gran sacrificio expiatorio a favor de cada uno de nosotros es la única forma de recibir la exaltación para estar ante Él y verle cara a cara. El sobrecogedor mensaje de la Expiación es el amor perfecto que el Salvador nos tiene a cada uno. Se trata de un amor lleno de misericordia, paciencia, gracia, equidad, longanimidad y, por encima de todo, perdón.

    “La maligna influencia de Satanás puede destruir cualquier esperanza que tengamos de vencer nuestros errores. Él quiere que nos sintamos perdidos y desesperanzados. Por el contrario, Jesús baja la mano hacia nosotros para elevarnos. Mediante el arrepentimiento y la dádiva de la Expiación, podemos prepararnos para ser dignos de permanecer en Su presencia” (véase Liahona, enero de 2002, pág. 22).

Para meditar

  • ¿Qué considera usted que quiere decir ser “de carácter algo serio”? (Mormón 1:15).

  • ¿Cómo puede reconocer la influencia de Dios en su vida? (véase Mormón 3:3).

  • ¿Qué cree que quiere decir estar “en las manos de Dios”? (Mormón 5:23) ¿Qué puede hacer para ser merecedor de contar con más de las bendiciones que vienen a raíz de estar en las manos de Dios?

Tareas sugeridas

  • Por escrito, haga un análisis de cada versículo de Mormón 3:17–22, y luego explique a un amigo o familiar los puntos importantes que se encuentran en estos versículos.