Liahona
Hallar mi testimonio del gárment del templo


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Hallar mi testimonio del gárment del templo

Ponerme el gárment por primera vez fue como la pieza faltante del rompecabezas [puzle] que estaba tratando de terminar.

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Ilustración por David Green

Un año y medio antes de ir al Templo de Washington D. C. para recibir mi investidura personal, jamás había oído hablar del Libro de Mormón ni de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero cuando conocí a los misioneros y comencé a aprender acerca de la Iglesia, no pude evitar sentir que el Evangelio era verdadero.

Me bauticé a la mitad de mi último año de secundaria, mientras me preparaba para asistir a la Universidad de Georgetown, EE. UU. Poco después de bautizarme, algunos miembros de mi barrio de origen e incluso los misioneros que servían en el área me preguntaban si había pensado en servir en una misión. Siempre respondía con un enfático no. ¿Cómo podría enseñar a las personas sobre una religión y un estilo de vida que yo misma estaba empezando a adoptar?

Recibí mi bendición patriarcal unas semanas antes de mudarme a Georgetown, y esa experiencia me dio mucha perspectiva sobre mi futuro. Antes de unirme a la Iglesia, sentía que mi vida siempre parecía transcurrir según lo planeado, y de repente aquello se interrumpió drásticamente. El contenido de mi bendición patriarcal no reflejaba cómo había imaginado siempre mi vida. Una de las verdades más inmediatas que recibí fue el consejo innegable de que debía servir en una misión.

Al poco tiempo, me encontré considerando, aunque a regañadientes, el empezar a llenar los papeles para la misión.

Comprendí que era común que los miembros recibieran su investidura del templo antes de entrar en el campo misional, así que empecé a prepararme para entrar en el templo. Sabía que uno de los cambios que se producirían en mi vida sería comprometerme a usar el gárment del templo. No había pensado mucho en los gárments antes de empezar a prepararme para el templo, así que no tenía ninguna idea preconcebida sobre su uso.

Después de mudarme a la universidad, trabajé con mi obispo y asistí a Instituto cada semana. El instructor de Instituto tuvo la amabilidad de brindarme preparación para el templo adaptada a mí durante varias semanas, hasta la fecha de la investidura. Aquello fue una tierna misericordia, teniendo en cuenta que estaba lejos de mi barrio de origen y que no tenía ningún familiar en la Iglesia que me guiara. Con el tiempo, recibí mi llamamiento misional a Paraguay y estaba lista para ir al templo por primera vez.

Asistir al templo

Ir al templo fue como volver a casa. Incluso ponerme el gárment por primera vez fue como la pieza faltante de un rompecabezas [puzle] que estaba tratando de armar. Comprendí que el convenio de vestir el gárment era un paso importante en mi progreso espiritual, y aunque esa decisión es sagrada y personal, la tomé con felicidad, pues sabía que el conocimiento que obtendría sobre mi divinidad como hija de Dios estaba por encima de cualquier otra cosa que el mundo pudiera ofrecerme.

Después de recibir la investidura, el mayor cambio no era en cuanto a cómo me sentía al vestir el gárment, sino en el nuevo guardarropa que tenía que armar a partir de entonces. Me deshice de un montón de ropa del armario que no cubría mis gárments.

Sin embargo, hacer esos cambios en mi vida me pareció correcto. Debido a que dediqué tiempo a prepararme para el templo, los cambios en mi guardarropa fueron una experiencia feliz y sencilla. Y a medida que me esforcé por aprender más, aumentó mi testimonio de que comprometerme a usar el gárment del templo es más que un simple cambio en el guardarropa: es un símbolo de mi devoción a mi Salvador, Jesucristo, y de mi decisión de seguirlo. También es un don, un recordatorio tangible de mis convenios del templo y del poder, la protección y las bendiciones que tengo a mi alcance mediante el sacrificio expiatorio del Salvador.

Mi única expectativa al entrar en el templo el día de mi investidura era sentir el amor de Dios por mí. Pude sentirlo en el templo mucho más abundantemente que nunca, y resolví guardar mis convenios y usar el gárment porque no quería que ese sentimiento desapareciera jamás.

Esforzarme por guardar mis convenios

Durante los momentos más solitarios y peligrosos de mi vida, mi testimonio de los principios sencillos y fundamentales del Evangelio me ha impulsado a usar el gárment siempre y de buena gana conforme me esfuerzo por guardar los convenios que hice en el templo.

Encuentro gran consuelo en estas palabras de presidente Russell M. Nelson:

“Siempre que ocurra cualquier tipo de conmoción en su vida, ¡el lugar más seguro desde el punto de vista espiritual es vivir dentro de los límites de sus convenios del templo!

“Créanme cuando les digo que, si su cimiento espiritual está edificado firmemente en Jesucristo, no tienen por qué temer. Si son fieles a los convenios que hicieron en el templo, el poder de Él los fortalecerá. Entonces, cuando ocurran terremotos espirituales, podrán mantenerse firmes, porque su cimiento espiritual es firme e inamovible”1.

Mi vida no se ha vuelto más fácil desde que me uní a la Iglesia. De hecho, los momentos más difíciles de mi vida ocurrieron después de mi bautismo. Sin embargo, sé que mi conocimiento del Evangelio restaurado y la fortaleza que recibo de los convenios que hice en el templo han hecho que esos desafíos sean soportables, y los resultados habrían sido drásticamente diferentes sin mi fe en Jesucristo.

Es difícil vivir con toda intención como discípula de Cristo cuando el mundo parece estar en desacuerdo con las normas que me esfuerzo por cumplir. Sin embargo, como dijo el presidente Nelson, el mejor refugio para mí es vivir dentro de los límites de mis convenios del templo, lo que incluye usar el gárment de la manera que prometí. Y a medida que continúe haciéndolo y permanezca en la senda de los convenios, sé que experimentaré gozo.