Liahona
Apresúrense para ir al templo


“Apresúrense para ir al templo”, Liahona, junio de 2022.

Voces de los Santos de los Últimos Días

Apresúrense para ir al templo

¿Cómo podíamos permitirnos ir al templo si apenas teníamos suficiente para comer?

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Fotografía del Templo de São Paulo, Brasil, por Matthew Reier

Mientras servía como obispo, nuestro presidente de estaca pidió a los obispos de nuestra estaca que diéramos el ejemplo a los miembros del barrio haciendo el sacrificio de ser sellados en el templo. En ese momento, Bolivia atravesaba una grave crisis económica. Debido a la hiperinflación, los bienes costaban un precio por la mañana y otro más alto por la tarde.

“¿Cómo podemos permitirnos ir al templo cuando apenas tenemos suficiente para comer?”, le pregunté a mi esposa, Alicia.

“No lo sé”, me respondió, “pero la promesa del Señor es que Él nos abastecerá” (véase Doctrina y Convenios 118:3).

A pesar de nuestra situación económica, ambos sentimos la urgencia de ir al templo. Era como si el Espíritu nos dijera: “¡Apresúrense, apresúrense!”.

En diciembre de 1981, el Templo de São Paulo, Brasil —a casi 3220 km de distancia— era el único templo de Sudamérica. Para pagar el viaje de una semana, pedí un préstamo de 1000 dólares; era mucho dinero, pero sabíamos que el sacrificio valdría la pena.

Después de un largo viaje en autobús hasta la frontera de Brasil, tomamos un tren que nos llevó a São Paulo. El tren no tenía asientos libres, así que tuvimos que sentarnos en un pasillo con nuestros dos hijos pequeños. Nos quedamos sin alimentos, pero unos desconocidos compartieron comida con nosotros. Cuando llegamos a São Paulo, nuestro hijito casi se pierde en el metro.

Después de esos y otros desafíos, finalmente llegamos a la estación de metro cerca del templo y, al salir, pudimos ver a lo lejos la estatua del ángel Moroni en el templo. Nos arrodillamos y le dimos las gracias al Padre Celestial. Cuando llegamos unos minutos después, el presidente del templo nos saludó con cariño.

Temprano al día siguiente recibimos nuestras ordenanzas y fuimos sellados como pareja y familia. Esa noche, sin que lo supiéramos de antemano, el templo cerró el resto del año por mantenimiento.

Si hubiéramos esperado para ir al templo, nuestro viaje habría costado más de lo que pedimos prestado. Si hubiéramos llegado la semana siguiente, el templo habría estado cerrado. Estamos agradecidos de que el Señor nos inspiró a apresurarnos a ir al templo.