Liahona
Tenemos que darle una bendición


“Tenemos que darle una bendición” (artículo solo en formato digital), Liahona, junio de 2022, ChurchofJesusChrist.org.

Solo para versión digital: Retratos de Fe

Tenemos que darle una bendición

“¿Tienes fe en que el Señor puede ayudarte y sanarte?”, le pregunté a Alan. “Sí, papá”, me dijo, “tengo fe”.

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Fotografías por Leslie Nilsson

“¡Papá, Alan está herido!”, gritó Nicole mientras ella y su amiga Nathalia se dirigían rápidamente a nuestro campamento en su cuatrimoto todoterreno.

Nos encontrábamos acampando en la región central de Utah con otras dos familias. Mientras mi hijo Alan y su amigo Kurt andaban en cuatrimoto, chocaron con una zanja y volcaron el vehículo, el cual cayó sobre Alan, pero, de alguna manera, Kurt pudo quitárselo de encima.

Cuando llegué al lugar del accidente con dos amigos después, Alan estaba tumbado en la zanja, rodeado de varios hombres. Alan tenía dificultades para respirar y Kurt mostraba una gran preocupación. Cuando Alan trató de levantarse, un hombre que portaba un botiquín médico le dijo que se quedara recostado mientras le administraba los primeros auxilios y comprobaba sus signos vitales.

“¿Usted es el padre, verdad?”, preguntó mientras me miraba.

“Sí”.

“Quédese con Alan un momento”.

A mis amigos Héctor y Carlos, les dijo: “Tengo que hablar con ustedes”.

Se apartaron para hablar, lo cual me alarmó. El hombre se llamaba Mike Staheli. Mike, que era enfermero de profesión, estaba acampando con algunos amigos. Habían planeado regresar a casa esa mañana, pero se sintieron inspirados a quedarse un día más. Su hijo había visto el accidente e inmediatamente llamó a su padre para pedirle ayuda.

Más tarde, me enteré de que Mike le había dicho a Héctor y a Carlos que Alan se encontraba en estado grave. Mike temía que Alan pudiera morir en la zanja si no recibía asistencia médica pronto. La pierna izquierda de Alan se había hinchado hasta el doble de su tamaño normal, y Mike temía que Alan hubiera sufrido una fractura de cadera o del fémur. Mike estaba convencido de que Alan se había fracturado el brazo izquierdo, que ahora tenía forma de “Z”, y quizás algunas costillas. Mike también temía que Alan se hubiera lesionado algunos órganos internos.

Para llevar a Alan al hospital rápidamente, dijo que debíamos llamar a un helicóptero sanitario, lo cual hicimos.

Tengo fe”.

“Luis”, dijo Héctor por segunda vez, “tenemos que darle una bendición a Alan”.

No había alcanzado a oír a Héctor la primera vez, porque estaba demasiado concentrado en Alan. Héctor tenía razón.

“Vamos a darte una bendición”, le dije a Alan, que había sido ordenado diácono recientemente. “¿Comprendes lo que eso significa?”.

“Sí”, respondió.

“Pero tú tienes que hacer algo”, le dije. “Tienes que tener fe en Jesucristo y en el poder del sacerdocio. ¿Tienes fe en que el Señor puede ayudarte y sanarte?”.

“Sí, papá”, me dijo, “tengo fe”.

Ungí a Alan, y luego Héctor, Carlos y yo le dimos una bendición. Héctor selló la unción. Las palabras de Héctor fueron sencillas, pero todos sentimos la poderosa presencia del Espíritu Santo.

Alan comenzó a respirar más lentamente y sus signos vitales se estabilizaron casi de inmediato. El viento se detuvo, nos invadió un sentimiento de calma y algunos de los hombres comenzaron a llorar. Aunque era un frío día de otoño, luego Alan contó que sintió calidez mientras Héctor pronunciaba la bendición.

Al poco tiempo llegó el helicóptero y acompañé a Alan en el vuelo al hospital. Cuando aterrizamos, le introdujeron en el hospital rápidamente, y allí le sometieron a varios exámenes y pruebas, incluyendo una resonancia magnética. Mientras aguardaba, esperaba lo peor; pero lo peor nunca sucedió. Los médicos no encontraron lesiones internas, ni tenía fracturas en el fémur, la cadera, el brazo ni las costillas… ¡nada!.

“Alan”, le dijo uno de los doctores, “parece que puedes volver a casa esta noche”.

Alan tenía dificultades para caminar, así que permaneció durante la noche en el hospital, bajo observación. Cuando lo llevamos a casa a la mañana siguiente, solo llevaba una muñequera ortopédica en la muñeca izquierda. Seis semanas después, se estaba preparando para la temporada de fútbol.

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Una semana después del accidente, fuimos a casa de Mike para agradecerle su ayuda. Apenas podía creer lo que veía cuando Alan entró y se sentó en el sofá.

“He atendido a muchas personas y he visto fallecer a muchas”, nos dijo. “Médicamente hablando, Alan no debería haber sobrevivido. Lo que vi ese día fue verdaderamente milagroso. Fue intervención divina”.

Sé que el sacerdocio es el poder de Dios en la tierra. Proviene directamente del Señor Jesucristo, quien restauró Su Iglesia mediante el profeta José Smith. También sé que en el nombre de Jesucristo, y mediante la fe y la autoridad del sacerdocio, podemos obrar milagros.