Liahona
Un vuelo seguro por la vida


Solo en formato digital: Papás de los últimos días

Un vuelo seguro por la vida

El autor vive en Texas, EE. UU.

Quería hacer todo lo posible por proporcionarle a nuestro hijo bebé todo lo que necesitaría para andar con éxito por esta vida.

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Cuando las azafatas comenzaron sus habituales instrucciones de seguridad, me cercioré de que mi hijo, Max, estuviera bien asegurado a su sillita de bebé en el asiento que estaba a mi lado en el avión.

Reflexioné por un momento sobre el día en que Max nació, hacía unos meses. Cuando lo sostuve en brazos en el hospital por primera vez, tomé la determinación de hacer todo lo que estuviera a mi alcance para mantenerlo a salvo, enseñarle a encontrar la felicidad y proporcionarle todo lo que necesitaría para andar con éxito por esta vida.

Estoy seguro de que la mayoría de los padres han experimentado esos sentimientos. Mis sentimientos fueron particularmente emotivos al mirarle a los ojos y recordar la lucha contra la infertilidad que precedió a su nacimiento, con el desgaste físico, emocional y espiritual que nos causó a mí y a mi esposa.

Las azafatas acababan de explicar la manera de usar las mascarillas de oxígeno durante una emergencia, y cuando una de ellas llegó a nuestra fila, con el semblante muy serio, me señaló directamente: “Si las mascarillas se activan, se pone la suya primero antes de ayudarle”, dijo, señalando a Max. Por alguna razón, el énfasis con el que dijo la palabra primero me impactó como un rayo.

Miré por la ventana del avión y me imaginé la escena con las máscaras de oxígeno colgando; dudaba de sentirme bien en cuanto a desperdiciar el mínimo instante antes de ayudar a Max. Entonces me vinieron a la mente las palabras que Jesucristo habló a Pedro, cuyo único deseo en ese momento era servir y proteger al Salvador: “… y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos” (véase Lucas 22:32).

Fue entonces cuando lo comprendí: La mejor manera de ayudar a Max es ayudarme a mí mismo primero. Me di cuenta de que si necesitaba colocarme la máscara de oxígeno primero, aquello solo tomaría unos segundos, pero después podría ayudar plena y adecuadamente a Max. Durante el resto del vuelo, pensé en las cosas pequeñas y sencillas —mucho más importantes eternamente que las máscaras de oxígeno— que puedo hacer yo primero y que me colocarían en la mejor posición para después ayudar a Max; o sea, para primero convertirme y después fortalecer a los demás.

Las siguientes cosas solo requieren unos minutos de mi tiempo, pero han marcado una gran diferencia al fortalecerme:

  • Arrodillarme en oración me ayuda a tener la actitud adecuada para mantener una conversación sincera con el Padre Celestial.

  • Utilizar un cuaderno o un documento electrónico para tomar nota de ideas y reflexiones me ha brindado una experiencia más enriquecedora al estudiar las Escrituras. 

  • Detenerme y preguntarme: “¿Qué significa eso en realidad?” o “¿Qué significa eso para mí?”, mientras adoro en el templo o repaso los discursos de la conferencia general me ha ayudado a recibir importante conocimiento y comprensión.

  • Escribir cómo he visto la mano del Señor en mi vida al final de cada día me ha ayudado a ver Su influencia más fácilmente, y a sentirme más cerca de Él1.

Reflexiono en el hecho de que Cristo nos enseñó: “… buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33, cursiva agregada). Cuando pienso en “todas estas cosas”, me imagino todas las bendiciones que el Padre Celestial espera derramar sobre nuestra familia conforme lo escogemos con toda intención a Él para que sea nuestro Dios cada día (véase Jeremías 24:7).

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Muchas veces me siento insuficiente como padre y oro para pedir respuestas y guía “en el momento preciso” en que necesite ayudar a los demás (véase Doctrina y Convenios 100:6). Cuando he hecho un esfuerzo consciente por centrarme primero en mi relación con mi Padre Celestial y Jesucristo, me siento en una mejor posición para poder ayudar a los demás, especialmente a mi familia.

Sé que mi vida puede convertirse en la mayor lección que jamás pueda enseñar a Max y a los demás. A medida que me convierto más profundamente al Padre Celestial y a Jesucristo, puedo fortalecer más a los que me rodean.

Cuando ocurran las emergencias espirituales, emocionales o físicas de la vida, cuando se descuelguen las mascarillas de oxígeno, hablando figuradamente, y cuando otras personas necesiten nuestra ayuda, si hemos hecho las cosas pequeñas y sencillas para asegurar una conversión firme como una roca a Jesucristo y a Su evangelio, entonces estaremos en la mejor posición de ayudar a los demás a venir a Él, el Maestro Sanador y el Salvador de nuestras almas.