Liahona
Nutridos por monjas


“Nutridos por monjas”, Liahona, junio de 2022.

Voces de los Santos de los Últimos Días

Nutridos por monjas

Nos preguntamos qué dirían las monjas católicas cuando les pidiéramos su ayuda.

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Mi compañero y yo estábamos entusiasmados por abrir un nuevo sector para la obra misional en un pequeño pueblo en el altiplano, en la región oeste de Guatemala. Sin embargo, poco después de nuestra llegada, los líderes y miembros de las iglesias locales comenzaron a difundir historias descabelladas sobre nosotros y, como resultado, la gente comenzó a temernos.

Pero el élder Todd Hinkins y yo permanecimos optimistas, especialmente después de que tres familias accedieran a asistir a un programa de puertas abiertas sobre la Iglesia. Para ayudarles a conocer el Evangelio, planeamos mostrarles filminas sobre la Restauración.

Sin embargo, cuando probamos el proyector de filminas antes de la reunión, la bombilla de luz del proyector se fundió. Al parecer, una sobrecarga eléctrica había dañado nuestro convertidor de voltaje; ya no podía convertir los 220 voltios de electricidad en los 110 voltios que necesitábamos para hacer funcionar el proyector.

“¿Y ahora qué?”, nos lamentamos mi compañero y yo.

El hermano Chávez, el único miembro de la Iglesia que vivía en el pueblo, nos dijo que creía que las monjas del pueblo tenían un convertidor de voltaje. Así que, mientras el hermano Chávez conducía a las cercanías de Quetzaltenango para conseguir otra bombilla, hicimos una oración y caminamos hasta el convento local.

Llamamos a la puerta, nos presentamos y explicamos nuestro dilema, preguntándonos qué dirían las hermanas. Sin dudarlo, nos dieron su convertidor y nos desearon lo mejor. El hermano Chávez no tardó en regresar, y llevamos a cabo nuestra reunión.

Para agradecer a las monjas, el élder Hinkins y yo les hicimos galletas, y poco después de llevárselas, las monjas nos sorprendieron invitándonos a cenar.

Aceptamos.

Unos días después, el élder Hinkins y yo nos sentamos a cenar en una hermosa mesa rodeada de siete monjas. Cinco eran de Canadá, una de Estados Unidos y otra de la Ciudad de Guatemala.

Durante la cena les hablamos sobre la Iglesia restaurada y nuestra labor como misioneros de tiempo completo. Luego les entregamos un Libro de Mormón y dimos nuestro testimonio de él. Nos agradecieron y nos felicitaron por nuestros esfuerzos por llevar a las personas a Cristo.

A su vez, describieron algunas de las diferentes “órdenes” de monjas. Luego nos hablaron de sus labores y de su adaptación a la vida en el altiplano.

Con una nueva perspectiva, vi a las monjas como espíritus bondadosos con metas, deseos y desafíos comunes; servían a los demás, se sacrificaban por su fe y dedicaban su vida a Dios.

¿Y nuestra cena? Fue la mejor comida que tuve ese año, la cual compartieron nuestras amigas y hermanas de la Iglesia Católica.