Liahona
Ganar un debate
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Ganar un debate

Aprendí que el amor que Dios tiene por nosotros no se basa en nuestra formación, empleo o capacidad para ganar un debate.

Imágenes de Getty Images.

Un día, mientras mantenía una fuerte discusión sobre la política, se burlaron de mis opiniones por el tipo de educación que había recibido en la universidad.

Me gustan los buenos debates, pero el ataque personal era injustificado. Los comentarios dolían porque parecían poner en duda mi valía personal. Lo que empeoró la situación fue que la persona que hizo los comentarios era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Sin embargo, al reflexionar, empecé a ver que yo también había hecho comentarios personales injustos para ganar una discusión. Me di cuenta de que ese tipo de comportamiento era común en la sociedad que me rodeaba.

Llegué a aprender que no reconocer la dignidad en los demás puede provocar un daño grave, especialmente en la Iglesia. El profeta Alma predicó poderosamente contra “envidias y conflictos, malicia, persecución y orgullo” en la Iglesia (Alma 4:9). Él vio que ese comportamiento era “un gran tropiezo” para el progreso de la Iglesia (véase Alma 4:10).

La experiencia me hizo reflexionar acerca de mi valía a los ojos de Dios. Al estudiar más, encontré una cita del élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles. Enseñó que el Padre Celestial “nos ama porque está lleno de una medida infinita de amor santo, puro e indescriptible. Somos importantes para Dios no por nuestro currículo, sino porque somos Sus hijos”1.

Aprendí que el amor que Dios tiene por nosotros no depende de nuestra formación, empleo o capacidad para ganar un debate. Dios nos ama pura, infinita y gratuitamente porque Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

Sentir el inmenso amor de Dios disolvió mi enemistad. Me di cuenta de que aunque está bien no estar de acuerdo con otras personas, al discutir unos con otros no se logra nada más que dolor y daño.

Si Jesucristo estuvo dispuesto a dar Su vida, sé que nosotros podemos aprender a dejar nuestro orgullo, mirar más allá de la vanidad del mundo y valorarnos los unos a los otros como lo hace Dios. A Sus ojos, la manera en que nos tratamos los unos a los otros dice más de nosotros que si ganamos un debate en línea.

Nota

  1. Dieter F. Uchtdorf, “El amor de Dios”, Liahona, noviembre de 2009, págs. 22–23.