Liahona
3 consejos para establecer un cimiento firme en el matrimonio
anterior siguiente

Solo para versión digital: Jóvenes adultos

3 consejos para establecer un cimiento firme en el matrimonio

La autora vive en Utah, EE. UU.

Los desafíos que afrontamos en el matrimonio pueden refinar nuestra relaciones.

El matrimonio no siempre es fácil,

pero muchos de nosotros —en nuestro fuero interno— creemos que debería serlo.

No es difícil entender el porqué. Géneros enteros de libros y películas populares nos enseñan que el verdadero reto de la vida es encontrar y cortejar a nuestro amor verdadero, pero después de que nos casamos, todos viven felices para siempre; y las publicaciones cuidadosamente seleccionadas por nuestros amigos casados en los medios sociales parecen reforzar esa creencia errónea.

Entonces ¿qué hacemos cuando sentimos que nuestro matrimonio es diferente de lo que esperábamos?

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos la bendición de comprender que la mortalidad se dispuso de modo que incluyera desafíos. Podemos lograr gran felicidad en el matrimonio al acogerlo como una oportunidad para crecer, depender de Jesucristo y permitirle que nos refine.

Si se le dificulta ver los desafíos del matrimonio como una bendición, considere los siguientes consejos.

1. Las expectativas incumplidas pueden ser una oportunidad para aumentar la unidad.

Muchos de nosotros esperamos mucho del matrimonio, la satisfacción personal o algún tipo de felicidad mágica que no encontramos cuando estábamos solteros; pero si no tenemos cuidado, podemos desarrollar expectativas sobre lo que creemos que el matrimonio debería ser en vez de tratar de comprender lo que el Señor ha determinado que es el matrimonio.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, declaró: “El matrimonio, como un orden sagrado basado en convenios perdurables, deberes y sacrificios de toda la vida, se destaca en marcado contraste con el concepto moderno y secular del matrimonio. Esa fórmula mundana, prácticamente no tiene nada que ver con perder la vida en el servicio hacia la familia o en sacrificarse por el cónyuge y los hijos”1.

Afortunadamente, ¡los matrimonios pueden ser una obra en curso! ¿Qué tal, si en vez de esperar que el matrimonio nos brinde más felicidad de manera automática, lo vemos como una oportunidad de sacrificarse y servirse el uno al otro, para que dos personas imperfectas sean más humildes, crezcan y lleguen a ser más como Cristo?

El deshacerse de la expectativa de que el matrimonio debe ser una dicha perpetua puede causar aprensión; pero al reemplazarlo con el compromiso de sacrificarse el uno por el otro, como lo describió el élder Bednar, alineamos nuestras vidas con Cristo de una mejor manera. ¡Lo hermoso de este enfoque es que el Señor fortalecerá nuestro matrimonio y nos ayudará a lograr la felicidad que siempre hemos deseado!

2. Los desacuerdos pueden llevarnos a una relación más profunda.

Cuando dos personas unen sus vidas, no siempre estarán de acuerdo con:

¿Dónde viviremos? ¿Cómo gastaremos nuestro dinero? ¿Cuánto tiempo pasaremos con nuestra familia política? ¿Qué tan a menudo limpiaremos la casa?

Pero los desacuerdos en cuanto a estos asuntos no tienen por qué ser malos. De hecho, el aprender a estar en desacuerdo con amabilidad y consideración es una excelente manera de edificar la humildad y compasión; y al tratar de entender el punto de vista de su cónyuge, su amor puede profundizarse a medida que realmente llegue a conocerlo mejor.

La hermana Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, enseñó la manera de hacerlo. Ella dijo: “La unidad es esencial para la obra divina que tenemos el privilegio de hacer y que se nos llama a hacer, pero no sucede solo porque sí. Se necesita esfuerzo y tiempo para realmente deliberar juntos en consejo —escucharse unos a otros, comprender los puntos de vista de los demás y compartir experiencias—, pero el proceso da como resultado decisiones más inspiradas”2.

Cuando surgen los desacuerdos, muchas veces se puede evitar el conflicto simplemente al mantener la meta principal en mente, en vez de centrarse en el desacuerdo específico. Eso funciona tanto en los aspectos pequeños como los grandes del matrimonio.

Por ejemplo, quizás su esposo coloca los platos en la máquina lavavajillas de manera que a usted la vuelve loca: ¡Se supone que allí van las tazas, no los tazones!

¿Cuál es la meta principal? Tener los platos limpios. ¿Sus métodos personales logran acomodar los platos en la lavavajillas? ¡Genial! Entonces no hay problema ni razón para un conflicto.

Veamos un asunto más serio en el matrimonio: la crianza de los hijos. Quizás uno de ustedes cree en un sistema estructurado de disciplina mientras que el otro cree que debe de haber flexibilidad y tolerancia. ¿Cómo va a ser posible que esas dos opiniones coexistan? Al centrarse en la meta principal.

La meta principal que comparten es criar hijos que sean felices, responsables e inmersos en el evangelio de Jesucristo. ¡Ya coinciden en las cosas más importantes!

Disfruten el trayecto de aprender la forma de trabajar juntos para lograr esa meta. Si acogen sus propias diferencias y enfoques en la vida, sus hijos —quienes tienen su propia personalidad singular— tendrán diferentes maneras de interactuar de manera significativa con ambos.

¡Dos cabezas, dos puntos de vista, dos grupos de opiniones diferentes son siempre mejor que uno!

El presidente Henry B. Eyring, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, enseñó de manera hermosa cómo las diferencias nos permiten llegar a complementarnos el uno al otro en el matrimonio:

“He llegado a ser mejor persona al haberla amado y vivido con ella [mi esposa]. Nos hemos complementado más allá de cualquier cosa que me hubiera imaginado. Su capacidad de nutrir a otras personas creció en mí cuando llegamos a ser uno. Mi capacidad para planificar, dirigir y guiar a nuestra familia creció en ella al estar unidos en matrimonio. Me doy cuenta ahora de que hemos crecido juntos al llegar a ser uno, elevándonos y formándonos gradualmente el uno al otro, año tras año. Al absorber fortaleza el uno del otro, no disminuyeron nuestros dones personales.

“Nuestras diferencias se combinaron como si hubieran sido diseñadas para crear un conjunto mejor. En lugar de dividirnos, nuestras diferencias nos unieron”3.

3. Somos responsables por nuestra felicidad personal.

Muy a menudo establecemos expectativas en nuestro cónyuge a fin de sentirnos confiados, amados y seguros, cuando ni nosotros mismos sabemos cómo hacer esas cosas. El esperar que nuestro cónyuge satisfaga todos esos deseos y necesidades puede llevarnos a la decepción y al resentimiento en el matrimonio.

Usted es responsable por su felicidad personal. El élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles, compartió este consejo en una ocasión:

“Cuanto mayores somos, más miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que las circunstancias externas realmente no importan ni determinan nuestra felicidad.

“… Nosotros determinamos nuestra felicidad”4.

Aprenda lo que necesite para manejar su propia salud emocional. Su cónyuge no puede manejar sus emociones por usted —él o ella tiene que manejar sus propias emociones junto a usted.

Una de las verdades más liberadoras en cuanto al matrimonio es el saber que sus emociones no están a merced de las palabras o acciones de su cónyuge. En otras palabras, podemos actuar por nosotros mismos y no que se actúe sobre nosotros (véanse 2 Nefi 2:26; Doctrina y Convenios 58:27–28). Tenemos poder sobre lo que pensamos y, por lo tanto, cómo nos sentimos en nuestro matrimonio.

Cuando mi esposo no saca la basura, yo puedo elegir pensar que es porque no me aprecia. Después de todo, él sabe que me disgusta cuando el bote de la basura en la cocina se llena demasiado.

Pero ¿cuál es el resultado de ese modo de pensar? Me siento mal, y tal vez hasta me hace sentir desconectada de él. ¿Qué tal si, en cambio, pienso que simplemente se le olvidó? O aun mejor, ¿qué tal si creo que el que no haya sacado la basura no tiene nada que ver con el aprecio que me tiene? Es más probable que la basura no le molestaba y que por eso se le olvidó sacarla. Si me molesta a mí, ¡yo soy la indicada para esa tarea!

El cambiar el modo de pensar para cambiar la experiencia en el matrimonio tal vez no sea una tarea fácil, pero vale la pena; ¡y es seguramente más fácil que tratar de cambiar el comportamiento de su cónyuge!

El matrimonio es un trayecto de crecimiento.

El matrimonio siempre tendrá sus altibajos, pero el trayecto a través de esos altibajos puede ser de gozo y aventura cuando recordamos que el matrimonio es una oportunidad para crecer de maneras positivas. Esta vida es el momento para prepararnos para llegar a ser como nuestros padres celestiales, ¡y el matrimonio nos puede ayudar a hacerlo!

El presidente Russell M. Nelson enseñó: “No debemos desalentarnos si nuestros esfuerzos más sinceros en busca de la perfección nos parecen demasiado arduos e interminables. La perfección es inminente; llegará en su totalidad únicamente después de la Resurrección y solo por medio del Señor”5.

Cuán agradecida estoy por el poder de la expiación de Jesucristo, la cual hace posible que mi matrimonio mejore y llegue a ser incluso más feliz con el paso del tiempo. Estoy eternamente agradecida por un Salvador que, a pesar de las debilidades en las que mi esposo y yo continuamos esforzándonos juntos, nos puede ayudar a llegar a ser más como Él, y quien puede hacer de nuestro matrimonio algo que realmente se pueda llamar “celestial”.

Notas

  1. David A. Bednar, “The Divine Pattern of Eternal Marriage”, Ensign, septiembre de 2020, pág. 37.

  2. Jean B. Bingham, “Unidos para llevar a cabo la obra de Dios”, Liahona, mayo de 2020, pág. 62.

  3. Henry B. Eyring, “Renacimiento del matrimonio: Llegar a ser uno” (discurso dado en el Coloquio internacional sobre los factores complementarios del hombre y de la mujer en la Ciudad del Vaticano, Roma, 18 de noviembre de 2014), ChurchofJesusChrist.org.

  4. Dieter F. Uchtdorf, “Lamentos y resoluciones”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 23.

  5. Russell M. Nelson, “La inminencia de la perfección”, Liahona, enero de 1996, pág. 102.