Liahona
¿Ustedes dos son hermanas?
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¿Ustedes dos son hermanas?

La pregunta del niño me tomó por sorpresa y me enseñó una importante lección.

Fotografía cortesía de la autora.

Mi amiga Laurie Wharemate Keung es maorí y yo soy de ascendencia inglesa. Tenemos el tono de piel, color de ojos, color de pelo y altura opuestos. No podríamos ser más diferentes. Sin embargo, un día, mientras Laurie y yo prestábamos servicio a niños en una escuela de bajos recursos, un niño maorí nos sorprendió con una pregunta.

“¿Ustedes dos son hermanas?”, preguntó.

Me reí, pensando que su pregunta no era sincera. Sin embargo, el niño volvió a preguntarme: “¿Ustedes dos son hermanas?”.

Al darme cuenta de que era sincero, me detuve un momento y me pregunté: “¿No podía este niño ver las claras diferencias en nuestra apariencia y raza?”. A lo mejor sí, pero pensó que no importaba. Esperó ansiosamente mi respuesta.

Le dije que no éramos hermanas, lo cual lo decepcionó, pero añadí que a menudo nos sentíamos como hermanas al servir juntas. Pareció satisfecho con esa respuesta y se fue corriendo a su mesa.

La pregunta sincera de ese niño me dejó una marca indeleble. ¿Por qué? Porque su pregunta me transmitió una verdad: que la familia no se limita a la genética o a la apariencia. Mi esposo y yo hemos sido bendecidos al adoptar a dos de nuestros hijos. Los amamos, y el amor y el servicio son una parte esencial de las familias.

Al fin y al cabo, todos somos hijos de “un Dios y Padre” (Efesios 4:6).

Llegué a la conclusión de que ese niño debía de haber estado observando cómo interactuábamos Laurie y yo. Tal vez, al vernos ayudándonos o abrazándonos, supuso que éramos hermanas. Su pregunta me recordó que los niños siempre observan a los adultos y se forman opiniones por lo que decimos y hacemos y por cómo nos tratamos los unos a los otros. Si ese niño pudo suponer que éramos hermanas, entonces seguramente los niños de todo el mundo podrán suponer que todos somos hermanos si nos amamos y nos servimos los unos a los otros.

Nuestras diferencias nos permitieron a Laurie y a mí aportar diversas fortalezas y perspectivas a nuestro trabajo de caridad, lo cual hizo que fuera más eficaz. En lugar de dejar que nuestras diferencias nos dividieran, las utilizamos para hacer el bien y, a su vez, formar una estrecha amistad. La pregunta del niño puede ser una lección para todos los hijos de Dios.