2018
Preparó el camino para sus antepasados
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Preparó el camino para sus antepasados

Cuando cumplí mis ocho años fui bautizada por mi padre Roberto Moncada Álvarez y recibí un hermoso regalo de cumpleaños de mi abuela paterna. Ella me obsequió un lindo diario que aún conservo, ya que ella misma lo elaboró en la imprenta donde trabajaba. Ese primer diario es valioso; mi padre escribió en sus primeras hojas mi genealogía y desde entonces él me enseñó el valor de llevar registros. Los viajes familiares a Tegucigalpa (lugar de origen de mis padres) eran ocasiones propicias para consultar a parientes sobre otros que ya habían pasado a través del velo y visitábamos los cementerios para obtener información, ya que no se contaba con las facilidades de hoy.

De niña pude ver en mi padre cuánto amor tenía al trabajar diligentemente en la obra del Señor y una de las cosas que él más disfrutaba era trabajar en historia familiar. En cada viaje al templo su gozo fue grande al llevar a muchos a la Casa del Señor aún en su propio carro. Durante décadas lo hizo con ánimo, trabajo que disfrutó hasta los últimos días de su viaje terrenal.

Mi familia y yo tuvimos la oportunidad de tenerlo en casa ya que mamá salió de viaje y, por problemas de salud que él padecía, requería de cuidados especiales. Tenerlo en casa era motivo de alegría, siempre nos daba consejo, verificaba con los nietos que en el hogar de cada uno de sus hijos se estuviese cumpliendo el NOE (noche de hogar, oraciones y estudio de las Escrituras). Se divertía con los nietos y le encantaba compartir anécdotas. Jamás olvidaremos lo feliz que era el abuelo Scooby (como cariñosamente lo llamamos).

Ese domingo que pasó con nosotros habíamos tenido un hermoso día de reposo y al finalizar el día, mi esposo dijo: “aprovechando que el abuelo Scooby está con nosotros hoy tendremos la noche de hogar sobre historia familiar”; fue una noche que mientras viva jamás la olvidaré.

Mientras mi esposo le hacía algunas preguntas sobre mi abuela, nos compartió varias anécdotas … nos divertimos con algunas y comenzó a darme nombres de sus tías y cada una con su grupo familiar y a medida que me daba nombres de algunos primos, solo recordaba el apodo y le pregunté, “papá, y ¿cuando nacieron?, dame fechas”, y me respondió: “ese es tu trabajo, consíguelos tú”. La noche avanzó y sin darnos cuenta ya casi era la medianoche y dijo: “vamos ya a descansar, otro día seguimos”. Exactamente dos semanas después, mi padre falleció y algunos de los primos de aquella lista estaban allí presentes en el sepelio y, entre tristeza y consuelo, recordé la tarea que yo tenía con mis antepasados. Saqué mi pequeña libreta de mi cartera y pude obtener las fechas de cada uno de ellos. Por año y medio he podido trabajar en el templo llevando nombres de mis antepasados.

He podido disfrutar más del Espíritu del Señor al ir al templo con nombres propios. Cada vez que tengo la oportunidad de encontrarme con algún familiar trato de obtener información y me siento feliz de poder agregarlo a mi árbol familiar. Sé que esta parte de la obra es real; mi padre preparó el camino y yo he continuado con el proceso para salvación de nuestros antepasados. Sé que mi padre está feliz de estar con sus familiares con quienes un día compartió en esta tierra. Llevar a cabo la obra de historia familiar sin duda alguna me ha traído gozo y he podido animar a otros de mi familia a que lo hagan también, y la Escritura, “el corazón de los hijos se volverá a los padres y los padres a los hijos” ha cobrado un significado real en mi vida. Tengo la seguridad plena de que las familias podemos ser eternas.