2018
Plantar semillas del Evangelio en el corazón de mi madre
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Plantar semillas del Evangelio en el corazón de mi madre

La autora vive en Utah, EE. UU.

Hice todo lo que se me ocurrió para enseñar a mi mamá sobre la Iglesia, pero un programa de puertas abiertas del templo marcó toda la diferencia.

Planting Gospel Seeds in My Mother’s Heart

Imagen de Getty Images

Me uní a la Iglesia cuando tenía catorce años de edad. Aunque mis padres me dieron permiso para bautizarme, ninguno de los dos tenía interés en unirse a esta, así como tampoco en siquiera aprender sobre ella.

Por más de diez años, ansié que mi familia conociera la felicidad que yo sentía en el evangelio restaurado de Jesucristo; no obstante, durante esa década, asistí a la Iglesia, recibí las investiduras y serví en una misión de tiempo completo sin ningún apoyo familiar.

Viví con mi madre al regresar a casa en México, tras mi misión en la Manzana del Templo de Salt Lake City, Utah, EE. UU. (mis padres se habían divorciado mientras estaba en la escuela secundaria). Comencé a trabajar en el Centro de Capacitación Misional de México, así que, sagazmente, la invité a conocer a los élderes y hermanas a los que enseñaba. Con sutileza (y a veces sin ella), invitaba a los misioneros que prestaban servicio en mi barrio a cenar con mi madre y conmigo. Hacía todo lo posible para que los misioneros estuviesen cerca de ella, con la esperanza de que les hiciera más preguntas acerca del Evangelio, pero todos mis esfuerzos parecían en vano.

Pienso que conoció a cada pareja de misioneros con las que tuve trato durante aquel período de tres años; y aun así, nada sucedió.

En 2008, me mudé a Estados Unidos para cursar una carrera de enfermería; a finales de ese año, tras una amplia renovación, el Templo de la Ciudad de México llevó a cabo un programa de puertas abiertas. Insté a mi madre a asistir para que viera de qué se trataba el templo mientras tenía la oportunidad de hacerlo. Después de mucha insistencia de mi parte, accedió a realizar el viaje en automóvil de unos 113 km (70 millas) para concurrir al programa de puertas abiertas.

Cuando hablé con ella de nuevo, me contó con gran entusiasmo en cuanto a la asombrosa experiencia que había tenido; me dijo que pensaba regresar; y de hecho, pudo asistir muchas veces más durante las semanas restantes del programa de puertas abiertas. Incluso asistió a la celebración cultural anterior a la rededicación del templo*.

La siguiente vez que hablamos por teléfono, mamá me dijo que invitaría a los misioneros para que le enseñaran. Aparentemente de la nada, hacía preguntas y prestaba atención de la manera en que yo había esperado que lo hiciera durante tanto tiempo. Cuando fui a casa en la época navideña durante el receso académico, la noté diferente. Aunque siempre había sido bondadosa y compasiva, se había producido un gran cambio en ella, una conversión.

Regresé a la universidad asombrada ante lo que sucedía. Una semana después, mamá llamó y me dijo: “Sonia, quisiera saber cuándo vas a regresar a México, porque voy a bautizarme”.

¡Sentí tanto entusiasmo y tanta felicidad! En febrero volé de regreso a casa para su bautismo. Era asombroso para mí verla asistir a su barrio, verla aceptar un llamamiento y prestar servicio en este, y verla progresar en el Evangelio; supe que ella sabía de su veracidad.

Además, también era conmovedor oírla orar. En especial, me conmovió escucharla orar por mí y pedir que se me protegiese antes de mi partida a Estados Unidos. No existe nada comparable a la oración de un padre por un hijo.

¿Por qué no ocurrieron antes las cosas? No lo sé. Tal vez mi madre necesitaba que se plantaran algunas semillas en su vida antes de poder aceptar el Evangelio. Tal vez el templo la conmovió de un modo y en un momento tales que mis esfuerzos anteriores no habían podido conmoverla. Ver al Señor obrar en la vida de mi madre me recuerda algunos momentos en que he visto Su mano en mi propia vida, y me brinda grandes esperanzas en cuanto a lo que Él puede hacer que ocurra en la vida de mis demás familiares.

Sé que el Señor nos tiene presentes y que guía nuestra vida. Cuando permito que Él dirija mi vida, termino en el lugar correcto. Cuando obedezco mi propia voluntad, se requiere más tiempo y, por lo general, es más difícil. Prefiero permitir que el Señor me sorprenda y me muestre cuán grandes cosas tiene reservadas para mí.

  • El presidente Thomas S. Monson rededicó el Templo de la Ciudad de México el 16 de noviembre de 2008 y, tras una segunda renovación, el presidente Henry B. Eyring lo rededicó de nuevo el 15 de septiembre de 2015.