2020
La manera en que el Libro de Mormón me abrió los cielos
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La manera en que el Libro de Mormón me abrió los cielos

Ya que estamos estudiando este año el Libro de Mormón, quiero compartir que tengo un testimonio del poder y la influencia que puede tener en tu vida.

La autora vive en Utah, EE. UU.

He tenido un testimonio del Libro de Mormón desde la primera vez que lo leí cuando era joven; pero, para ser sincera, mi “estudio” de las Escrituras en los meses previos a la Conferencia General de octubre de 2018 se parecía más a un vistazo casual. Así que, cuando el presidente Nelson desafió a las mujeres de la Iglesia a leer el Libro de Mormón antes de que acabara el año, sentí que era justo la invitación que yo necesitaba.

Su invitación también venía con poderosas promesas. Él dijo: “… a medida que estudien con espíritu de oración, les prometo que los cielos se les abrirán” (“La participación de las hermanas en el recogimiento de Israel”, Liahona, noviembre de 2018, pág. 69).

Mientras escuchaba, me entusiasmó la idea de comprometerme a leer y seguir el libro que tanto he llegado a amar, y no podía esperar a que los cielos se abrieran para mí.

Y lo hicieron. De muchas maneras. Después de cumplir con el desafío del Libro de Mormón, he pasado tiempo reflexionando en la experiencia que tuve y que sigo teniendo. Me asombra lo que aprendí, cómo me sentí y en quién me estoy convirtiendo al estudiar sus inspiradas páginas.

Lo que aprendí

Al leer el Libro de Mormón a un ritmo más rápido del que estoy acostumbrada, la narración realmente cobró vida. Sentí una gran conexión con aquellos cuyos testimonios y experiencias componen este libro.

De Sam, el hermano de Nefi, aprendí que la rectitud discreta es noble. De Alma aprendí a nunca renunciar a mi fe. De su hijo, que nunca es demasiado tarde para acercarme a Cristo y experimentar el poder purificador de Su expiación infinita (véanse Mosíah 27; Alma 36). El padre del rey Lamoni me inspiró a hacer más sacrificios por Dios (véase Alma 22:15,18). Pahorán me enseñó a permanecer en calma y a ser más como Cristo cuando me siento incomprendida (véase Alma 61). Del hermano de Jared aprendí que, aunque la acción por nuestra parte es esencial, no es suficiente; necesitamos la ayuda de Cristo y Su poder habilitador (véase Éter 2–3). De Moroni aprendí que, aunque puede que nos sintamos solos, en realidad nunca lo estamos (véase Mormón 8:3, 5).

Aprendí a preguntar al Señor a menudo, a orar intensamente y con fe. Aprendí la importancia de llevar registros, de compartir mi testimonio y la manera correcta de arrepentirme. Aprendí que Dios está al tanto, que Cristo es misericordioso y que Ellos son uno en propósito.

Aprendí que “[d]eleita[rme] en las palabras de Cristo” (2 Nefi 32:3) me brinda la dirección que necesito en la vida.

Aprendí, una vez más, que José Smith no escribió este libro, ni habría podido hacerlo.

Cómo me sentí

¿Fue una coincidencia que leyera el salmo de Nefi (2 Nefi 4) un día en el que me sentía agobiada por mis errores y debilidades? Por supuesto que no. ¿Fue una afortunada casualidad que encontrara las palabras del rey Limhi: “¡Oh cuán maravillosas son las obras del Señor, y cuán largo tiempo soporta él a su pueblo…!” (Mosíah 8:20) cuando me sentía sola en mis pruebas? ¡No! Con Dios no hay coincidencias, solo tiernas misericordias perfectamente orquestadas, y yo fui receptora de muchas mientras leía. Verdaderamente sentí el amor de mi Padre Celestial por mí, y una incomparable sensación de paz a medida que me sumergía en el Libro de Mormón.

A lo largo de mi lectura del Libro de Mormón, lo que más sentí fue el poder del Salvador para sanar. Versículo tras versículo testifica de Su gracia, misericordia, compasión e infinito amor. Al leer sobre Jesucristo, me embargó un sentimiento de gratitud por Su sacrificio. Uno de los milagros más grandes que experimenté mientras leía fue el sentimiento de absoluto perdón por una serie de malas decisiones que había tomado años atrás. Sentí como si el Salvador me estuviera hablando directamente mientras leía. En mi corazón, sentí las palabras: Es hora de seguir adelante. Cristo literalmente me brindó la sanación que necesitaba.

Aunque yo no vi al Cristo resucitado como lo vieron los nefitas (véase 3 Nefi 11), sentí Su presencia en mi vida al leer sobre Él en el Libro de Mormón. Él en verdad nos comprende individualmente, comprende nuestras pruebas particulares y tiene el poder para salvarnos, consolarnos y sanarnos.

En quién me estoy convirtiendo

A medida que me sumerjo diariamente en la lectura del Libro de Mormón, soy más paciente, compasiva, agradecida y optimista. Tiendo a ser menos egoísta y a preocuparme menos por las cosas del mundo.

Gracias al Libro de Mormón y al espíritu que trae a mi vida, soy una mejor madre, esposa, hija y amiga. Soy una discípula de Jesucristo más comprometida.

¿Cómo puede un libro tener todas las respuestas? ¿Cómo puede un libro lograr tanto?

Solamente un libro diseñado por Dios tiene esa clase de poder, y yo sé que verdaderamente es de Dios.

Tal como prometió el presidente Nelson, los cielos ciertamente se abrieron para mí, más de lo que nunca hubiese podido imaginar. Así que continuaré leyendo y estudiando el Libro de Mormón. Continuaré escudriñando sus páginas y buscando en ellas a Cristo, porque este libro en realidad trata de Él.