2020
No se puede apresurar el arrepentimiento
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No se puede apresurar el arrepentimiento

Para poder ser mejor, debía cambiar la manera en la que enfocaba el arrepentimiento.

“Amén”.

Mantengo la cabeza inclinada mientras reparten la Santa Cena. Hago una oración diciéndole al Padre Celestial las cosas que he hecho mal la semana anterior y las maneras en las que pude haber sido mejor. Prometo cambiar. Pienso en el Salvador. Tomo la Santa Cena. A la semana siguiente hago exactamente lo mismo, repitiendo básicamente las mismas cosas.

Durante mucho tiempo eso es lo que creía que era la Santa Cena: pensar en el Salvador, arrepentirme y prometer que la siguiente semana sería diferente.

Casi no me daba cuenta de que ese proceso no me estaba ayudando a progresar. En realidad, cada semana no era muy diferente de la anterior. Mis oraciones personales seguían siendo repetitivas y poco frecuentes; seguía teniendo pensamientos negativos de las personas que hablaban demasiado alto en el tren de la mañana y seguía viendo demasiada televisión en mi tiempo libre después del trabajo. Esos comportamientos parecían inalterables y, aunque me sentía mal al respecto, no sabía qué más hacer para deshacerme de ellos. Obviamente me faltaba algo, pero no sabía qué.

La respuesta

Durante la conferencia general encontré la pieza que faltaba. El presidente Dallin H. Oaks, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “La continua práctica del arrepentimiento, aun cuando se trate de transgresiones aparentemente pequeñas, es otra fuente de edificación y crecimiento espirituales […]. Este arrepentimiento debe hacerse antes de que participemos de la Santa Cena”1.

De repente, fue evidente por qué estaba teniendo problemas: solo me estaba arrepintiendo los domingos. Al reflexionar sobre mis pecados solamente durante los pocos minutos de la Santa Cena, me sentía satisfecha conmigo misma durante el resto de la semana y, a la larga, evitaba la posibilidad de cambiar.

La enseñanza del presidente Oaks me ayudó a determinar tres maneras en las que podía incluir esa pieza que faltaba en mi proceso de arrepentimiento.

Qué cuenta como pecado

La expiación de Jesucristo lo abarca todo, incluso los malos hábitos o las distracciones temporales; básicamente cualquier cosa que nos impida llegar a ser más como Él. El Salvador entiende que aun las cosas más pequeñas pueden finalmente desviarnos de Su senda, de modo que Él quiere ayudarnos a superar también esas cosas. Para permitirle hacer eso, decidí comenzar a pensar en esas cosas de otra manera: como cosas que estaban impidiendo que me acercara al Salvador.

Eso me ayudó a ver mis defectos con más claridad y a tomarlos más seriamente. Siento una mayor urgencia por deshacerme de ellos, unida a un nuevo optimismo que proviene de saber que Cristo me puede ayudar en esto. Tiene sentido que, si deseo librarme de esos hábitos, no sea suficiente orar por ello una vez a la semana; debo consultar al Señor a diario.

Invocar la ayuda del Salvador

El arrepentimiento diario nos permite analizar nuestro progreso de una manera realista a medida que rendimos cuentas al Padre Celestial; somos más capaces de ver dónde están nuestras debilidades y de pedirle ayuda específica mientras procuramos el perdón. Al enfrentarme a esas pequeñas cosas que cada día me mantienen lejos del Salvador, mis oraciones se han transformado, así como mis hechos. En vez de amoldarme a mi rutina a medida que transcurre la semana, siento un deseo constante de mejorar. Siento que el Espíritu influye en mis decisiones; tengo más fuerza de voluntad para “esco[ger] el difícil bien”2, la cual sé que proviene del poder habilitador de la expiación de Cristo.

Aunque mis intenciones cuando trataba de manejar mis pecados por mi cuenta eran buenas, el apoyarme en Dios a lo largo de la semana ha supuesto una gran diferencia. Cuando lo hago, siento que Él está a mi lado mientras intento cambiar; ya no siento como si Él simplemente estuviera esperando al final de un largo túnel.

Una nueva perspectiva de la Santa Cena

Como explicó el presidente Oaks, la Santa Cena no encierra el arrepentimiento; es un paso semanal en un ciclo recurrente. Es un momento para que evaluemos nuestra semana, expresemos gratitud por el Salvador y nos comprometamos de nuevo a ser mejores. A medida que me arrepiento a diario, la Santa Cena adquiere un nuevo significado para mí. Ya no tengo que comprimir todo el proceso del arrepentimiento en diez minutos. En lugar de eso, pienso en el sacrificio de Cristo y me maravillo ante Su infinito amor y Su misericordia. Al participar del pan y del agua, verdaderamente me siento limpia y lista para seguir mejorando a la semana siguiente.

Arrepentirnos durante la semana nos da la oportunidad de apreciar la Santa Cena por el milagro que representa. Comprender que el arrepentimiento es un proceso diario me ha dado poder para afrontar mis limitaciones con valor y optimismo. Ya no me siento sola con mis problemas; en lugar de sentirme agobiada y desanimada en esos momentos, puedo recobrar la esperanza y el gozo que sentí el día de mi bautismo.