2015
Sigan a los profetas

Mensaje de la Primera Presidencia

Sigan a los profetas

Serví en la Marina de los Estados Unidos hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Era marinero, el más bajo de todos los rangos de la marina. Luego ascendí a marinero de primera clase, después de lo cual califiqué para ser auxiliar de tercera clase.

La Segunda Guerra Mundial acabó y más tarde me dieron de baja, pero tomé la decisión de que, si alguna vez volvía a las fuerzas armadas, quería servir como oficial. Pensé: “No más cocinas de comedores para mí, ni fregar cubiertas, si puedo evitarlo”.

Después de que me dieron de baja, me uní a la Reserva Naval de los Estados Unidos. Asistí a sesiones de entrenamiento los lunes por la noche y estudié mucho para poder cumplir con los requisitos académicos. Hice todo tipo de exámenes imaginables: mentales, físicos y emocionales, y finalmente llegaron las buenas noticias: “Usted ha sido aceptado para recibir la comisión de alférez en la Reserva Naval de los Estados Unidos”.

Con gran alegría se lo mostré a mi esposa, Frances, y dije: “¡Lo logré! ¡Lo logré!”. Ella me abrazó y dijo: “Has trabajado muy duro para conseguirlo”.

Pero entonces sucedió algo. Fui llamado como consejero en el obispado de mi barrio. La reunión de consejo del obispo era la misma noche que el entrenamiento en la marina. Sabía que se trataba de un terrible conflicto y sabía que no tenía tiempo para dedicarme a la reserva naval y a mis deberes en el obispado. ¿Qué iba a hacer? Debía tomar una decisión, así que

oré al respecto. Después fui a ver a quien había sido mi presidente de estaca durante mi adolescencia, el élder Harold B. Lee (1899–1973), que en aquel entonces era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Me senté a la mesa con él y le dije lo mucho que esa comisión significaba para mí. De hecho, le mostré la carta de nombramiento que había recibido.

Follow the Prophet

Ilustración por Paul Mann.

Tras sopesar el asunto por un momento me dijo: “Esto es lo que debe hacer, hermano Monson: Escriba una carta a la Oficina de Asuntos de la Marina y dígales que, por haber recibido un llamamiento como miembro del obispado, no puede aceptar esa comisión en la Reserva Naval de los Estados Unidos”.

Se me cayó el alma al suelo. Además, añadió: “Después, escriba otra carta al comandante del Duodécimo Distrito de la Marina en San Francisco y dígale que desea que se le dé de baja de la reserva”.

Yo le dije: “Élder Lee, usted no entiende cómo funcionan las fuerzas armadas. Desde luego no me darán la comisión si yo rehúso aceptarla, pero el Duodécimo Distrito de la Marina no me dejará ir. Con la guerra a punto de estallar en Corea, seguramente llamarán a un suboficial a presentarse; y si me llamaran de nuevo al servicio activo, yo preferiría volver como oficial comisionado; pero eso no sucederá si no acepto esta comisión. ¿Está seguro de que eso es lo que me aconseja hacer?”.

El élder Lee puso su mano sobre mi hombro y me dijo, en un tono paternal: “Hermano Monson, tenga más fe; las fuerzas armadas no son para usted”.

Regresé a casa. Volví a poner la comisión humedecida por las lágrimas en su sobre, junto a una carta en la que declinaba aceptarla. Después escribí una carta al Duodécimo Distrito de la Marina y solicité que me concedieran la baja de la reserva naval.

Mi baja de la reserva naval estuvo en la última tanda tramitada antes de que estallara la guerra en Corea. La unidad de mi cuartel fue llamada al servicio. Seis semanas después de ser llamado como consejero del obispado, fui llamado a ser el obispo de mi barrio.

No estaría hoy delante de ustedes si no hubiera seguido el consejo de un profeta, si no hubiera orado en cuanto a esa decisión y si no hubiera llegado a apreciar una importante verdad: que la sabiduría de Dios muchas veces parece ser insensatez para el hombre1. Sin embargo, la lección más grande que podemos aprender en esta vida es que cuando Dios habla y Sus hijos obedecen, siempre les irá bien.

Se ha dicho que la puerta de la historia gira sobre bisagras pequeñas, y lo mismo sucede con nuestra vida. Las decisiones determinan el destino; pero no se nos ha dejado solos para tomar decisiones.

Si quieren ver la luz del cielo, si quieren sentir la inspiración del Dios Todopoderoso, si quieren tener en su pecho el sentimiento de que su Padre Celestial los está guiando, entonces sigan a los profetas de Dios. Cuando sigan a los profetas, estarán en territorio seguro.

Cómo enseñar con este mensaje

No muchos miembros de la Iglesia recibirán consejo de un apóstol frente a frente, como lo recibió el presidente Monson, pero podemos ser bendecidos al seguir las enseñanzas de los profetas y apóstoles. Considere la posibilidad de leer los discursos del presidente Monson de la última conferencia general (incluso las palabras de apertura y de clausura). Busque instrucciones específicas o llamados a la acción. Podría hablar de lo que ha aprendido con las personas a las que visita y pensar en maneras de aplicar los consejos del presidente Monson.

Para ideas sobre cómo enseñar este mensaje a los jóvenes y los niños, vaya a la página 6.