2010-2017
    No están solos en la obra
    Notas al pie de página
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    No están solos en la obra

    A medida que van de un servicio del sacerdocio a otro, verán que el Señor está en esta obra con ustedes.

    Mis amados hermanos, estamos agradecidos de que el Señor haya llamado al élder Ronald A. Rasband, al élder Gary E. Stevenson y al élder Dale G. Renlund como apóstoles del Señor Jesucristo. Nuestros corazones, nuestras oraciones y nuestra fe los sostienen.

    Sabemos de su gran capacidad. También necesitarán la confirmación en su llamamiento, como todos nosotros, de que el Señor está con ellos en la obra de Él. Un nuevo diácono necesita esa confianza, al igual que el más experimentado sumo sacerdote que recibe un nuevo llamamiento.

    Esa confianza crece cuando se dan cuenta que Él los llamó por medio de Sus siervos. El ánimo que les doy es para ayudarles a saber que cuando ustedes hacen su parte, el Señor agrega Su poder a los esfuerzos de ustedes.

    Cualquier llamamiento que recibimos en el Reino del Señor requiere más que nuestro criterio humano y nuestros poderes personales. Los llamamientos requieren de la ayuda del Señor, la cual vendrá. Aun el nuevo diácono aprenderá que eso es verdad, y seguirá aprendiendo a través de los años.

    Uno de mis nietos está aquí esta noche, en su primera sesión general del sacerdocio; fue ordenado diácono hace seis días. Tal vez el primer deber del sacerdocio que cumpla sea repartir la Santa Cena el próximo domingo. Mi oración es que él entienda ese momento por lo que realmente es.

    Puede que él piense que su labor para el Señor sea pasar la bandeja de los sacramentos a las personas sentadas en la reunión sacramental; pero el propósito del Señor no es simplemente que las personas participen del pan y del agua, sino que es hacer que cumplan con un convenio que los llevará por el sendero hacia la vida eterna. Para que eso pase, el Señor debe dar una experiencia espiritual a la persona a la que el diácono le ofrece la bandeja.

    He visto que eso sucedió una vez en un centro de asistencia cuando un diácono se agachó para pasarle la bandeja a una señora de pelo blanco. Ella miró el pan como si fuese algo de gran valor. Nunca he olvidado su sonrisa cuando lo tomó y después levantó la mano para darle al diácono una palmada en la cabeza, diciendo en voz muy alta: “¡Muchas gracias!”.

    Ese diácono simplemente estaba llevando a cabo su deber del sacerdocio; sin embargo, el Señor multiplicó luego el acto del diácono. Fue evidente que aquella hermana recordó al Salvador al expresar sincera gratitud por el servicio del diácono. Ella recibió la confirmación, cuando él le dio el sacramento, de que tendría el Espíritu consigo. Ella no estuvo sola ese día en el centro de asistencia, ni tampoco lo estuvo el diácono en el servicio modesto que prestó.

    Al ir a enseñar a una familia, un joven maestro del Sacerdocio Aarónico tal vez no perciba que es un socio del Señor en Su obra. Recuerdo el sencillo testimonio de un joven compañero de orientación familiar que iba a nuestro hogar. El Espíritu me confirmó sus palabras a mí y a mi familia. Él tal vez no recuerde ese día, pero yo sí.

    El Señor volverá a magnificar los esfuerzos de un hombre joven cuando es llamado a convertirse en presbítero. El primer bautismo que efectúe, por ejemplo, tal vez sea el de un pequeño a quien no conozca. Quizás se preocupe si dirá las palabras correctas y si efectuará la ordenanza correctamente.

    Pero el Señor magnificará su llamamiento, ya que él es Su siervo. La persona a la que bautice ha elegido andar por el sendero hacia la vida eterna. El Señor hará Su mayor parte; lo hizo por mí una vez cuando el niño al que bauticé, con lágrimas que le rodaban por el rostro, me susurró al oído: “Estoy limpio; estoy limpio”.

    A medida que van de un servicio del sacerdocio a otro, verán que el Señor está en esta obra con ustedes. Eso lo aprendí cuando conocí a un presidente de un cuórum de élderes en una conferencia de estaca hace años. En la conferencia, se presentaron más de cuarenta nombres de hermanos que iban a recibir el Sacerdocio de Melquisedec.

    El presidente de estaca se acercó a mí y susurró: “Todos ellos eran futuros élderes menos activos”. Asombrado, le pregunté al presidente qué programa usaba para rescatar a esos hombres.

    Señaló a un joven que estaba en la parte de atrás de la capilla, y dijo: “Allí está. La mayoría de esos hombres han regresado a causa de ese presidente de cuórum de élderes”. Estaba en la fila de atrás, vestido de manera informal, con las piernas estiradas y los pies con botas maltratadas cruzados frente a él.

    Le pedí al presidente de estaca que me presentara al joven después de la reunión. Cuando nos presentaron, le dije al joven que estaba sorprendido por lo que había hecho y le pregunté cómo lo había logrado. Se encogió de hombros; obviamente no pensaba que mereciera algún mérito.

    Entonces dijo suavemente: “Conozco a todas las personas inactivas de este pueblo. La mayoría tienen camionetas, y yo también tengo una. Yo lavo mi camioneta donde ellos lavan las de ellos, y con el tiempo, nos hacemos amigos.

    “Entonces espero hasta que algo malo les pase en la vida. Siempre sucede así. Me hablan de ello, y yo los escucho y no los critico. Luego, cuando dicen: ‘Hay algo mal en mi vida; tiene que haber algo mejor que esto’, yo les digo lo que les hace falta y dónde pueden hallarlo. A veces me creen, y cuando lo hacen, los llevo conmigo”.

    Pueden ver por qué era modesto; es porque sabía que él había hecho una pequeña parte y que el Señor hacía el resto. Fue el Señor quien les había tocado el corazón a esos hombres en sus dificultades. Fue el Señor quien les había dado el sentimiento de que debía haber algo mejor y una esperanza de que podían hallarlo.

    El joven, que, al igual que ustedes, era un siervo del Señor, sencillamente creía que si él hacía su pequeña parte, el Señor ayudaría a esos hombres a lo largo del sendero a casa y a la felicidad que solo Él podía brindarles. Ese hombre también sabía que el Señor lo había llamado como presidente del cuórum de élderes porque él haría su parte.

    Al prestar servicio, habrá ocasiones en que no tendrán el éxito extraordinario y evidente de ese joven presidente del cuórum de élderes. Ese es el momento en el que necesitarán confiar en que, el Señor, sabiendo que ustedes harían su parte en la obra, los llamó por medio de Sus siervos autorizados. El tener fe en el llamamiento de los siervos del Señor fue crucial en el servicio misional de mi bisabuelo Henry Eyring.

    Fue bautizado el 11 de marzo de 1855, en St. Louis, Misuri. Poco después, Erastus Snow lo ordenó al oficio de presbítero. El presidente de la Estaca St. Louis, John H. Hart, lo llamó a servir en una misión a la nación Cheroqui el 6 de octubre.1 El 11 de octubre fue ordenado élder. El 24 de octubre salió a caballo para la misión Cheroqui. Tenía 20 años y solo siete meses de converso.

    Si algún poseedor del sacerdocio tenía razón para sentir que no estaba calificado ni preparado, era Henry Eyring. La única razón por la que podría haber tenido el valor de ir fue porque él sabía, en el corazón, que Dios lo había llamado por medio de Sus siervos autorizados. Esa fue la fuente de su valor. Esa debe ser la fuente de nuestro valor para perseverar, sean cuales sean nuestros llamamientos en el sacerdocio.

    Después de que el élder Eyring había prestado servicio durante tres años difíciles, y tras la muerte del presidente de la misión, fue nombrado y sostenido como presidente de misión en una reunión que se llevó a cabo el 6 de octubre de 1858. Estaba sorprendido y tan asombrado como lo estaría un nuevo diácono. Él escribió: “Fue algo muy inesperado para mí ser llamado a ese puesto de responsabilidad; pero como era la voluntad de las Autoridades, acepté de buena gana, sintiendo al mismo tiempo mi gran debilidad y falta de experiencia”2.

    El ahora presidente Eyring viajó a las naciones Cheroqui, Creek y Choctaw en 1859. Mediante sus esfuerzos, el Señor “añadió”, como registró Henry: “un número de miembros a la Iglesia”. Organizó dos ramas, pero observó que “muy pocos están con vida en la causa”3.

    Un año después, Henry enfrentó la dura realidad de que los líderes políticos de la gente que él estaba sirviendo no permitían a los misioneros Santos de los Últimos Días hacer su obra misional. Al reflexionar en lo que debía hacer, recordó la instrucción de su presidente de misión previo, que le había dicho que debía prolongar su misión hasta 18594.

    En octubre de ese año, Henry le escribió al presidente Brigham Young para que lo orientara, pero no recibió respuesta a su pregunta. Henry registró: “Al no oír nada de la Presidencia de la Iglesia, acudí al Señor en oración para pedirle que me revelara Su voluntad en cuanto a si debía quedarme más tiempo o irme a Sion”.

    Continuó: “En respuesta a mi oración, tuve el siguiente sueño. Soñé que había llegado a Salt Lake City e inmediatamente fui a la oficina del presidente Brigham Young, donde lo encontré. Le dije: ‘Presidente Young, he dejado mi misión y he venido por mi propia cuenta, pero si hay algo malo en esto, estoy dispuesto a regresar y terminar mi misión’. [En el sueño] el profeta respondió: ‘Ha estado allí el tiempo suficiente, está bien’”.

    Henry escribió en su diario: “Ya que había tenido antes sueños que literalmente se cumplieron, tuve la fe de creer que así era como debía ser, por lo que de inmediato comencé a prepararme para partir”.

    Llegó a Salt Lake City el 29 de agosto de 1860, habiendo caminado casi todo el camino. Dos días después, se dirigió a la oficina del presidente Brigham Young5.

    Henry describió la experiencia en estas palabras: “Fui a visitar al [presidente] Young, quien me recibió cordialmente. Le dije: ‘[Presidente] Young, he venido sin que me mandaran a llamar; si he hecho mal, estoy dispuesto a regresar y terminar mi misión’. [Brigham Young] contestó: ‘Está bien, lo hemos estado buscando’”.

    Henry describió su gozo, diciendo: “Así, mi sueño literalmente se cumplió”6.

    Su gozo provino de la confirmación de que el Señor había estado obrando en bien de él y que lo estaba protegiendo. Aprendió algo que todos nosotros sabemos: que a los siervos del Señor se los inspira para que sepan la voluntad del Señor; y a Henry Eyring se le confirmó lo que yo también sé: que el profeta, como presidente del sacerdocio, es inspirado por Dios para velar y cuidar por los siervos del Señor y para llamarlos.

    Sea cual sea su llamamiento en el sacerdocio, quizás a veces hayan sentido que el Padre Celestial no los tenía en cuenta. Ustedes pueden orar para conocer Su voluntad, y si tienen el deseo sincero de hacer lo que sea que Él les pida que hagan, recibirán una respuesta.

    El Padre Celestial les permitirá sentir que Él los conoce, que Él aprecia su servicio y que están llegando a ser dignos del recibimiento que tanto desean oír del Señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”7.

    Ruego que todo poseedor del sacerdocio se esfuerce con fe para rescatar a toda alma por quien es responsable. Dios añadirá Su poder a los esfuerzos de Sus siervos. Se conmoverán los corazones de las personas para tomar las decisiones que los llevarán por el sendero del Evangelio hacia la felicidad y los alejarán del pesar.

    Ruego también que en su llamamiento en el sacerdocio, todo poseedor del sacerdocio sienta el cuidado amoroso y protector del Padre Celestial, del Salvador y del profeta de Dios.

    Les doy mi testimonio especial de que estamos en el servicio del Señor Jesucristo resucitado. Testifico que Él nos ha llamado, a ustedes y a mí, a Su servicio conociendo nuestras aptitudes y la ayuda que necesitaremos. Él bendecirá nuestros esfuerzos más allá de nuestras más preciadas expectativas al entregarnos totalmente a Su servicio. Testifico que el profeta de Dios, quien es el presidente de todo el sacerdocio sobre la tierra, es inspirado por Dios.

    Estoy agradecido por los ejemplos de los fieles poseedores del sacerdocio de todas partes. El Padre Celestial y el Salvador están agradecidos de que ustedes hacen la parte que les corresponde. Ellos los conocen, velan por ustedes y los aman. En el nombre de Jesucristo. Amén.