Verdades claras y preciosas
    Notas al pie de página

    Verdades claras y preciosas

    La generosa compensación del Padre Celestial de vivir en tiempos peligrosos es que también vivimos en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

    Estimados hermanos y hermanas, han sido varias décadas en las que nos hemos reunido en la conferencia general y el presidente Boyd K. Packer, el élder L. Tom Perry y el élder Richard G. Scott han estado sentados detrás del púlpito y han hablado en una de estas sesiones. Nuestros recuerdos de ellos son conmovedores y quisiera agregar mi tributo para honrarlos; cada uno de ellos era único, pero aun así, siempre estuvieron unidos en su testimonio de Jesucristo y Su expiación.

    Además, al igual que ustedes, yo recibo fortaleza del presidente Thomas S. Monson y lo sostengo como profeta, vidente y revelador; y me maravillo por su servicio apostólico fiel y dedicado que abarca más de cinco décadas notables.

    El pasado martes por la mañana, un poco después de las 9:00 h, estábamos empezando una reunión como Obispado Presidente con la Presidencia del Área Asia, que se encuentra aquí para la conferencia. Recibí una llamada en la que se me pedía reunirme con el presidente Monson y sus consejeros. Momentos después, al entrar en el salón de reuniones junto a la oficina del presidente Monson, este me habló amablemente para que pudiera calmar mis nervios, ya que me debió haber visto muy nervioso sentado frente a ellos. El presidente Monson comentó, al darse cuenta de mi edad, que parecía muy joven, y que incluso aparentaba menos edad.

    Luego de unos pocos minutos, el presidente Monson manifestó que, actuando bajo la voluntad del Señor, me extendía un llamamiento para prestar servicio en el Cuórum de los Doce. Me preguntó si aceptaba el llamamiento, a lo cual, con completo asombro y después de un suspiro indecoroso que estoy seguro que hice, le respondí afirmativamente. Entonces, antes de que pudiera expresar en palabras un tsunami de emociones indescriptibles que eran en su mayoría sentimientos de falta de aptitud, el presidente Monson, con bondad, trató de tranquilizarme. Describió cómo el presidente David O. McKay lo llamó a ser apóstol hace muchos años y que en ese momento también sintió que no estaba preparado. De manera serena, me dijo: “Obispo Stevenson, a quien el Señor llama, el Señor prepara y capacita”. Esas palabras reconfortantes del profeta han sido una fuente de paz, de tranquilidad en medio de una tormenta de dolorosa autoevaluación y de sentimientos emotivos en las siguientes horas de agonía que han pasado de día y de noche desde que recibí este llamamiento.

    Más tarde ese día, sentados en un rincón tranquilo en la Manzana del Templo, con una vista serena del templo y del histórico tabernáculo que se hallaba delante de nosotros, repetí lo que les acabo de describir a ustedes a mi querida esposa, Lesa. Al tratar de comprender y de procesar los acontecimientos del día, nos dimos cuenta de que nuestra ancla es nuestra fe en Jesucristo y nuestro conocimiento del gran plan de felicidad. Esto me lleva a expresar mi amor más profundo por Lesa. Ella es la fuente de alegría en mi vida y una hija extraordinaria de Dios. El servicio desinteresado y el amor incondicional por todos caracterizan su vida. Me esforzaré para mantenerme digno de la bendición que significa nuestra unión eterna.

    También expreso mi amor más profundo a nuestros cuatro hijos y a sus familias, tres de los cuales se encuentran aquí con sus bellas esposas, las madres de nuestros seis nietos. El cuarto está sirviendo en una misión y tiene permiso especial para quedarse despierto pasado el horario en que los misioneros deben ir a dormir. Ahora está mirando esta sesión junto a su presidente de misión y su esposa en la casa de la misión en Taiwán. Los amo a cada uno de ellos y amo la manera en la cual ellos aman al Salvador y el Evangelio.

    Asimismo, quiero expresar mi amor a cada uno de los miembros de mi familia: a mis queridos padres, que fallecieron el año pasado, quienes me inculcaron un testimonio que parecía morar en mí desde temprana edad. Además, extiendo esta gratitud a mi hermano, mis hermanas y también a sus cónyuges fieles, así como a la familia de Lesa; muchos de los cuales se encuentran presentes aquí. Lanzo esta red de gratitud a todos mis familiares, amigos, misioneros, líderes y maestros a quienes he conocido durante mi vida.

    He sido bendecido con una relación cercana a los miembros de la Primera Presidencia, de los Doce, de los Setenta y de las presidencias generales de las organizaciones auxiliares. Hermanas y hermanos, les expreso mi cariño y estima a cada uno de ustedes; me esforzaré por ser digno de contar con su continua amistad. El Obispado Presidente disfruta de una unidad casi celestial; extrañaré mi trato diario con el obispo Caussé y el obispo Davies.

    Me presento ante ustedes como evidencia de las palabras del Señor registradas en la primera sección de Doctrina y Convenios: “Para que la plenitud [del] evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes”1. A estas palabras les precede la declaración del Señor que muestra el amor de un Padre por Sus hijos: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos”2.

    Con un conocimiento del fin desde el principio3, nuestro amoroso Padre Celestial y Su Hijo, Jehová, abrieron los cielos e iniciaron una nueva dispensación para contrarrestar las calamidades que Ellos sabían que vendrían. El apóstol Pablo describió las calamidades en los postreros días como “tiempos peligrosos”4. Para mí, esto sugiere que la generosa compensación del Padre Celestial de vivir en tiempos peligrosos es que también vivimos en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

    Mientras me atormentaba mi incapacidad esta semana, recibí una clara impresión que me reprendió y consoló: no te centres en lo que no puedes hacer sino en lo que puedes hacer. Puedo testificar de las verdades claras y preciosas del Evangelio.

    Estas son las palabras que he compartido cientos de veces con miembros y no miembros de la Iglesia: “Dios es nuestro Padre Celestial; nosotros somos Sus hijos… Él… llora con nosotros cuando sufrimos y se alegra cuando hacemos lo correcto. Él desea comunicarse con nosotros y nosotros podemos comunicarnos con Él mediante la oración sincera…

    “Dios nos ha proporcionado a nosotros, Sus hijos, una manera… de regresar a vivir en Su presencia… La parte central del plan de nuestro Padre es la expiación de Jesucristo”5.

    El Padre Celestial envió a Su Hijo a la tierra para expiar los pecados de toda la humanidad. De estas verdades claras y preciosas doy testimonio; y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.