2010-2017
    La agradable palabra de Dios
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    La agradable palabra de Dios

    La agradable palabra de Dios nos muestra la necesidad de arrepentirnos continuamente a fin de mantener la influencia del Espíritu Santo.

    Muchos de los que nos hemos reunido para participar en esta conferencia hemos venido “para oír la agradable palabra de Dios; sí, la palabra que sana el alma herida” (Jacob 2:8). Esa palabra se puede encontrar en las Escrituras y en los mensajes de nuestros líderes, trayéndonos esperanza y consuelo en las tinieblas de la aflicción.

    A lo largo de la vida, aprendemos que el gozo en este mundo no es completo, pero en Jesucristo se cumple nuestro gozo (véase D. y C. 101:36). Él nos dará fortaleza a fin de que no tengamos que padecer ningún género de aflicciones que no sean consumidas en Su gozo (véase Alma 31:38).

    Nuestro corazón se puede llenar de angustia cuando vemos a un ser querido sufrir los dolores de una terrible enfermedad.

    La muerte de alguien a quien amamos puede dejar un lugar vacío en nuestra alma.

    Cuando algunos de nuestros hijos se desvían del sendero del Evangelio, tal vez sintamos culpa e incertidumbre acerca de su destino eterno.

    La esperanza de lograr un matrimonio eterno y establecer una familia en esta vida se puede empezar a esfumar con el paso del tiempo.

    El maltrato de personas que se supone que deben amarnos puede dejar marcas profundamente dolorosas en nuestra alma.

    La infidelidad de un cónyuge puede destruir una relación que esperábamos que fuese eterna.

    Estas y muchas otras aflicciones que son parte de este estado de probación a veces hacen que nos preguntemos lo mismo que preguntó el profeta José Smith: “Oh Dios, ¿en dónde estás?” (D. y C. 121:1).

    En esos difíciles momentos de la vida, la agradable palabra de Dios, que sana el alma herida, brinda a nuestro corazón y a nuestra mente el siguiente mensaje de consuelo:

    “… paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

    “y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará” (D. y C. 121:7–8).

    La agradable palabra de Dios nos llena de esperanza porque sabemos que aquellos que son fieles en la tribulación tendrán la mayor recompensa en el reino de los cielos y que “tras mucha tribulación vienen las bendiciones” (véase D. y C. 58:3–4).

    La agradable palabra de Dios, la cual transmiten los profetas, nos da la seguridad de que nuestro sellamiento eterno, respaldado por nuestra fidelidad a las promesas divinas que se nos concedieron por nuestro valiente servicio a la causa de la verdad, nos bendecirá a nosotros y a nuestra posteridad (véase de Orson F. Whitney, en Conference Report, abril de 1929, pág. 110).

    También nos brinda la seguridad de que, después de vivir una vida fiel, no se nos privará de ninguna bendición por no haber hecho ciertas cosas si nunca se nos dio la oportunidad de hacerlas. Si hemos vivido fieles hasta el momento de nuestra muerte, tendremos todas las bendiciones, exaltación y gloria que tendrá cualquier hombre o mujer que haya tenido esa oportunidad (véase The Teachings of Lorenzo Snow, ed. Clyde J. Williams, 1984, pág. 138).

    Ahora bien, es importante comprender que algo de sufrimiento y aflicción también pueden llegar a nuestra vida si no nos arrepentimos verdaderamente de nuestros pecados. El presidente Marion G. Romney enseñó: “La mayor parte del sufrimiento y la aflicción que soporta la gente de esta tierra es el resultado de pecados por los cuales no se han arrepentido ni recibido remisión… Así como el sufrimiento y el pesar acompañan el pecado, así también la felicidad y el gozo acompañan el perdón de los pecados” (en Conference Report, abril de 1959, pág. 11).

    ¿Por qué la falta de arrepentimiento causa sufrimiento y dolor?

    Una de las posibles respuestas es que “se fijó un castigo, y se dio una ley justa, la cual trajo el remordimiento de conciencia” (Alma 42:18; véase también el versículo 16). El profeta José Smith enseñó que nosotros somos los que nos condenamos a nosotros mismos, y que es el tormento de la mente decepcionada lo que lo hace tan intenso como el lago de fuego y azufre (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 236).

    Si tratamos de apaciguar nuestra conciencia “… [excusándonos] en lo más mínimo a causa de [nuestros] pecados” (véase Alma 42:30) o tratando de ocultarlos, lo único que lograremos es ofender al Espíritu (véase D. y C. 121:37) y demorar nuestro arrepentimiento. Ese tipo de alivio, además de ser temporal, al final nos acarreará más dolor y angustia, y disminuirá la posibilidad de recibir la remisión de nuestros pecados.

    Para ese tipo de sufrimiento, la agradable palabra de Dios también brinda consuelo y esperanza, y nos afirma que existe alivio del dolor causado por los efectos del pecado. Ese alivio proviene del sacrificio expiatorio de Jesucristo y entra en vigor si ejercemos fe en Él, nos arrepentimos y somos obedientes a Sus mandamientos.

    Es importante que nos demos cuenta de que, al igual que la remisión de pecados, el arrepentimiento es un proceso y no algo que sucede en un momento dado; requiere constancia en cada uno de sus pasos.

    Por ejemplo, cuando participamos de la Santa Cena, demostramos al Señor que vamos a recordarlo siempre y a guardar Sus mandamientos. Esa es una expresión de nuestra verdadera intención.

    El momento en que empezamos a recordarlo y a guardar Sus mandamientos todos los días —y no solo el día de reposo— es cuando poco a poco empieza a entrar en efecto la remisión de nuestros pecados y se empieza a cumplir Su promesa de que tendremos Su Espíritu con nosotros.

    Sin la debida obediencia que debe acompañar a nuestra intención, el efecto de la remisión puede desaparecer muy pronto y la compañía del Espíritu empieza a alejarse. Correremos el riesgo de honrarlo con los labios mientras que alejamos nuestro corazón de Él (véase 2 Nefi 27:25).

    Además de consolarnos, la agradable palabra de Dios nos advierte que ese proceso de recibir la remisión de nuestros pecados se puede interrumpir cuando nos vemos envueltos “en las vanidades del mundo”, y que se puede reanudar mediante la fe si nos arrepentimos con sinceridad y humildad (véase D. y C. 20:5–6).

    ¿Cuáles serían algunas de esas vanidades que pueden interferir en el proceso de recibir la remisión de nuestros pecados y que se relacionan con el hecho de santificar el día de reposo?

    Algunos ejemplos podrían incluir el llegar tarde a la reunión sacramental sin una razón válida; llegar, sin haber realizado previamente un examen de conciencia, para comer el pan y beber la copa indignamente (véase 1 Corintios 11:28); y llegar sin primero haber confesado nuestros pecados y haberle pedido a Dios el perdón de los mismos.

    Otros ejemplos: ser irreverentes al intercambiar mensajes en nuestros dispositivos electrónicos, salir de la reunión después de tomar la Santa Cena o dedicarnos a actividades en nuestros hogares que son inapropiadas para esa día sagrado.

    ¿Cuál podría ser una de las razones por la que, aun sabiendo todas esas cosas, con frecuencia no santificamos el día de reposo?

    En el libro de Isaías podemos encontrar una respuesta que, aunque se relaciona con el día de reposo, también se aplica a otros mandamientos que debemos guardar: “[Retrae] del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo” (Isaías 58:13).

    Las palabras clave son “retrae… de hacer tu voluntad”, o, en otras palabras, hacer la voluntad de Dios. Muchas veces, nuestra voluntad —influenciada por los deseos, apetitos y pasiones del hombre natural— se opone a la voluntad de Dios. El profeta Brigham Young enseñó que “cuando la voluntad, las pasiones y los sentimientos de una persona se someten perfectamente a Dios y a sus requisitos, esa persona es santificada. Que mi voluntad sea absorbida en la voluntad de Dios es lo que me conducirá a todo lo bueno y finalmente me coronará con inmortalidad y vidas eternas” (Journal of Discourses, tomo II, pág. 123).

    La agradable palabra de Dios nos invita a hacer uso del poder de la expiación de Cristo para aplicarla a nosotros mismos y ser reconciliados con Su voluntad —y no con la voluntad del diablo y de la carne— a fin de que seamos salvos mediante Su gracia (véase 2 Nefi 10:24–25).

    La agradable palabra de Dios que compartimos hoy nos muestra la necesidad de arrepentirnos continuamente a fin de mantener la influencia del Espíritu Santo el mayor tiempo posible.

    El tener la compañía del Espíritu nos convertirá en mejores personas. “…Él susurrará paz y gozo a [nuestra] alma… quitará del corazón toda malicia, odio, envidia, contiendas y maldad; y todo [nuestro] deseo será hacer el bien, fomentar la rectitud y edificar el reino de Dios (véase Enseñanzas: José Smith, pág. 103).

    Con la influencia del Espíritu Santo, no nos ofenderemos ni ofenderemos a los demás; nos sentiremos más felices y nuestra mente será más pura. Nuestro amor por los demás aumentará y estaremos más dispuestos a perdonar y esparcir felicidad a las personas que nos rodean.

    Nos sentiremos agradecidos al ver el progreso de otras personas y procuraremos ver lo bueno en los demás.

    Mi ruego es que podamos experimentar el gozo que resulta de esforzarnos por vivir en rectitud y que podamos conservar con nosotros la compañía del Espíritu Santo mediante el arrepentimiento sincero y continuo. Llegaremos a ser personas mejores y nuestra familia será bendecida. Testifico de estos principios, en el nombre de Jesucristo. Amén.