2010-2017
    El porqué de la Iglesia
    Notas al pie de página
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    El porqué de la Iglesia

    Vale la pena hacer una pausa para considerar por qué Él escoge utilizar una iglesia, Su Iglesia, para realizar la obra de Él y la de Su Padre.

    Durante toda mi vida, las conferencias generales de la Iglesia han sido acontecimientos espirituales vigorizantes, y la Iglesia misma ha sido un lugar para llegar a conocer al Señor. Me doy cuenta de que existen aquellas personas que se consideran a sí mismas religiosas o espirituales y, sin embargo, rechazan la participación en la Iglesia o aun la necesidad de tal institución. La práctica religiosa es para ellas estrictamente personal. Sin embargo, la Iglesia es la creación de Aquél en quien se centra nuestra espiritualidad: Jesucristo. Vale la pena hacer una pausa para considerar por qué Él escoge utilizar una iglesia, Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, para realizar la obra de Él y la de Su Padre de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”1.

    Empezando con Adán, se predicó el evangelio de Jesucristo; y las ordenanzas de salvación esenciales, como el bautismo, se administraron mediante un orden patriarcal del sacerdocio2. Conforme las sociedades llegaron a ser más complejas que solamente familias extensas, Dios llamó también a otros profetas, mensajeros y maestros. En la época de Moisés, leemos acerca de una estructura más formal que incluyó élderes, sacerdotes y jueces. En la historia del Libro de Mormón, Alma estableció una iglesia con sacerdotes y maestros.

    Luego, en el meridiano de los tiempos, Jesucristo organizó Su obra de manera tal que el Evangelio pudiera establecerse al mismo tiempo en muchas naciones y entre pueblos diversos. Esa organización, la Iglesia de Jesucristo, fue fundada sobre “apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”3; incluía más oficiales como setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos. Asimismo, Jesús estableció la Iglesia en el hemisferio occidental después de Su resurrección.

    Luego de la Apostasía y la desintegración de la iglesia que Él había organizado mientras estuvo en la tierra, el Señor restableció la Iglesia de Jesucristo una vez más mediante el profeta José Smith. El antiguo objetivo sigue siendo el de predicar las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo y administrar las ordenanzas de salvación; en otras palabras, llevar a la gente a Cristo4. Y ahora, por medio de esta Iglesia restaurada, la promesa de redención está al alcance aun de los espíritus de los muertos que durante toda su vida supieron poco o nada en cuanto a la gracia del Salvador.

    ¿De qué manera Su Iglesia lleva a cabo los propósitos del Señor? Es importante reconocer que el propósito primordial de Dios es nuestro progreso. Su deseo es que continuemos “de gracia en gracia hasta que [recibamos] la plenitud”5 de todo lo que Él puede ofrecer. Eso requiere más que simplemente ser amables o sentirse espirituales; requiere fe en Jesucristo, arrepentimiento, bautismo de agua y del Espíritu Santo, y perseverar con fe hasta el fin6. No podemos lograr esto plenamente al estar aislados; de modo que una de las razones principales por las que el Señor ha creado una Iglesia es para crear una comunidad de santos que se apoyen uno al otro en el “estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna”7.

    “Y [Cristo] constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros;

    “… para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

    “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”8.

    Jesucristo es “el autor y perfeccionador de [nuestra] fe”9. Unirnos al cuerpo de Cristo —la Iglesia— es una parte importante de “tomar Su nombre sobre nosotros”10. Se nos dice que la Iglesia de la antigüedad “se reunía a menudo para ayunar y orar, y para hablar unos con otros concerniente al bienestar de sus almas”11, así “como para escuchar la palabra del Señor”12; y de esa manera se hace en la Iglesia hoy en día. Nos enseñamos y nos edificamos unos a otros participando de la fe y esforzándonos por alcanzar la medida completa del discipulado, “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Nos esforzamos por ayudarnos unos a otros a llegar a conocer al Señor13 hasta el día en que “no enseñará más ninguno a su prójimo… diciendo: Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová”14.

    En la Iglesia no solamente aprendemos doctrina divina, sino que experimentamos la aplicación de ella. Como el cuerpo de Cristo, los miembros de la Iglesia nos ministramos unos a otros en la realidad de la vida cotidiana. Todos somos imperfectos, ofendemos y se nos ofende. A veces, nos probamos unos a otros con nuestras propias idiosincrasias. En el cuerpo de Cristo, debemos ir más allá de los conceptos y las palabras elevadas y tener una experiencia real y “práctica” al aprender a “[vivir] juntos en amor”15.

    En esta religión no nos preocupamos solo de nosotros mismos, sino que también se nos llama a servir. Somos los ojos, las manos, los pies y otros miembros del cuerpo de Cristo, y aún “los miembros… que parecen más débiles, son necesarios”16. Necesitamos esos llamamientos y necesitamos prestar servicio.

    Uno de los hombres en mi barrio creció no solamente sin el apoyo de los padres, sino con la oposición por parte de ellos a ser un miembro activo de la Iglesia. Él hizo esta observación en una reunión sacramental: “Mi padre no puede entender por qué alguien iría a la Iglesia cuando podría ir a esquiar; pero en verdad me gusta ir a la Iglesia. En la Iglesia, todos estamos en la misma trayectoria; y en esa trayectoria me inspiran los jóvenes fuertes, los niños puros y lo que veo y aprendo de otros adultos. Me fortalece relacionarme con los demás, y me anima el gozo de vivir el Evangelio”.

    Los barrios y las ramas de la Iglesia proporcionan una reunión semanal de descanso y renovación, un tiempo y un lugar para dejar al mundo de lado: el día de reposo. Es un día para que “[se deleiten] en Jehová”17, para experimentar la sanación espiritual que proviene de la Santa Cena y para recibir la promesa renovada de tener Su Espíritu con nosotros18.

    Una de las grandes bendiciones de formar parte del cuerpo de Cristo, aunque es posible que no parezca en el momento, es ser reprendidos por el pecado y el error. Somos propensos a disculparnos y a justificar nuestras faltas y, a veces, simplemente no sabemos dónde debemos mejorar o de qué forma hacerlo. Sin aquellos que nos reprendan “en el momento oportuno con severidad cuando lo induzca el Espíritu Santo”19 podríamos carecer del valor para cambiar y seguir más perfectamente al Maestro. El arrepentimiento es personal, pero hay hermanamiento en la Iglesia en ese, a veces, doloroso camino20.

    En este análisis de la Iglesia como el cuerpo de Cristo, debemos siempre tener en mente dos aspectos. Uno, no nos esforzamos por convertirnos a la Iglesia, sino a Cristo y a Su evangelio; una conversión que la Iglesia facilita21. En el Libro de Mormón se lo expresa de mejor manera cuando se dice que las personas “se convirtieron al Señor, y se unieron a la iglesia de Cristo22. Dos, debemos recordar que al comienzo, la Iglesia era la familia, y aun hoy en día como instituciones separadas, la familia y la Iglesia se sirven y se fortalecen mutuamente. Ninguna sustituye a la otra y, por supuesto, la Iglesia, aun en su mejor esfuerzo, no puede sustituir a los padres. El propósito de la enseñanza del Evangelio y de las ordenanzas del sacerdocio administradas por la Iglesia es que las familias sean merecedoras de la vida eterna.

    Hay una segunda y muy importante razón por la que el Salvador obra mediante una iglesia, Su Iglesia; y esa es lograr cosas necesarias que no pueden lograr las personas ni pequeños grupos. Un claro ejemplo es el de ocuparse de la pobreza. Es cierto que como personas y familias cuidamos de las necesidades físicas de los demás, “[ayudándonos] el uno al otro temporal y espiritualmente, según [nuestras] necesidades y carencias”23. Sin embargo, juntos en la Iglesia, la capacidad de cuidar del pobre y del necesitado se multiplica para cubrir las necesidades en más aspectos, y la esperanza de la autosuficiencia se hace realidad para muchos24. Además, la Iglesia, las Sociedades de Socorro y los cuórums del sacerdocio tienen la capacidad de proporcionar ayuda a muchas personas en muchos lugares a los que los desastres naturales, la guerra y la persecución han afectado.

    Sin las aptitudes de Su Iglesia en el lugar adecuado, la comisión del Salvador de llevar el Evangelio a todo el mundo no podría realizarse25. No existirían las llaves del apostolado, la estructura, los medios financieros, ni la devoción ni el sacrificio de cientos de miles de misioneros para llevar a cabo la obra. Recuerden: “… este Evangelio del Reino será predicado en todo el mundo, por testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”26.

    La Iglesia puede edificar y poner en funcionamiento templos, casas del Señor, donde se administren las ordenanzas y los convenios esenciales. José Smith declaró que el propósito de Dios al reunir a Su pueblo en cualquier época es para “edificar una casa del Señor en la cual Él [pueda] revelar a Su pueblo las ordenanzas de Su casa y las glorias de Su reino, y enseñar a la gente el camino de la salvación; porque hay ciertas ordenanzas y principios que, para poder enseñarse y practicarse, deben efectuarse en un lugar o casa edificada para tal propósito”27.

    Si una persona cree que todos los caminos conducen al cielo o que no hay requisitos específicos para la salvación, no verá la necesidad de proclamar el Evangelio ni de las ordenanzas y los convenios para redimir, ya sea a los vivos o a los muertos. Sin embargo, no hablamos solamente de la inmortalidad, sino también de la vida eterna; y para ello, el sendero del Evangelio y de los convenios son fundamentales, y el Salvador necesita una Iglesia para ponerlos a disposición de todos los hijos de Dios —tanto de los vivos como de los muertos.

    La última razón que mencionaré por la que el Señor ha establecido Su Iglesia es la más extraordinaria: la Iglesia es, después de todo, el Reino de Dios sobre la tierra.

    Conforme se establecía La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en la década de 1830, el Señor le dijo al profeta José Smith: “Elevad vuestros corazones y regocijaos, porque a vosotros se os ha dado el reino, o en otras palabras, las llaves de la iglesia”28. En la autoridad de esas llaves, los oficiales del sacerdocio de la Iglesia preservan la pureza de la doctrina del Salvador y la integridad de Sus ordenanzas de salvación29, ayudan a preparar a aquellos que desean recibirlas, consideran su dignidad y luego efectúan dichas ordenanzas.

    Al poseer las llaves del reino, los siervos del Señor pueden determinar tanto la verdad como la falsedad, y nuevamente declarar con autoridad: “Así dice el Señor”. Lamentablemente, algunas personas se sienten contrariadas por la Iglesia ya que desean definir su propia verdad; pero, en realidad, es una bendición incomparable recibir “… conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser”30, en la medida en que el Señor desee revelarlo. La Iglesia salvaguarda y publica las revelaciones de Dios, que constituyen el canon de Escrituras.

    Cuando Daniel interpretó el sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia, dando a conocer al rey “lo que ha de acontecer en los postreros días”31, le declaró que “el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido ni será dejado el reino a otro pueblo; despedazará y consumirá a todos [los demás] reinos, pero él permanecerá para siempre”32. La Iglesia es ese reino profetizado para los últimos días, no creado por el hombre sino establecido por el Dios del cielo, el que rodará como una piedra cortada de la montaña, no con mano, a fin de llenar la tierra33.

    Su destino es establecer Sion en preparación para el regreso y reinado milenario de Jesucristo. Antes de ese día, no habrá un reino en sentido político; como dijera el Salvador: “Mi reino no es de este mundo”34, sino que es el depósito de Su autoridad en la tierra, el administrador de Sus santos convenios, el guardián de Sus templos, el predicador de Su verdad, el lugar para el recogimiento del Israel esparcido, y “[la] defensa y [el] refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra”35.

    Concluyo con la súplica y oración del Profeta:

    “Implorad al Señor, a fin de que su reino se extienda sobre la faz de la tierra, para que sus habitantes lo reciban y estén preparados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá en el cielo, revestido del resplandor de su gloria, para recibir el reino de Dios establecido sobre la tierra.

    “Por tanto, extiéndase el reino de Dios, para que venga el reino de los cielos, a fin de que tú, oh Dios, seas glorificado en los cielos así como en la tierra, para que tus enemigos sean vencidos; porque tuya es la honra, el poder, y la gloria, para siempre jamás”36.

    En el nombre de Jesucristo. Amén.