2010-2017
    Dios está a la cabeza
    Notas al pie de página
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    Dios está a la cabeza

    Los mandamientos y los convenios son preciadas verdades y doctrinas que se hallan en el Barco Seguro de Sion, donde Dios está a la cabeza.

    En la última conferencia general de octubre, invité a los oyentes a seguir el consejo de Brigham Young de permanecer en el Barco Seguro de Sion, el cual es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y a sujetarse con ambas manos1. Desde entonces, me complace saber que algunos de mis familiares y otras personas estaban escuchando y me han preguntado: “¿Qué hay en el barco seguro a lo que podamos aferrarnos?”. Les recordé lo que dijo el presidente Young: “Nos encontramos en el barco seguro de Sion… [Dios] está a la cabeza, y permanecerá allí… Él dicta, guía y dirige. Si la gente tiene una confianza certera en su Dios, si nunca abandona sus convenios ni a su Dios, Él nos guiará correctamente”2.

    Es obvio que nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo han preparado el Barco Seguro de Sion con verdades eternas claras y sencillas que nos ayudarán a mantener el rumbo en medio de las aguas peligrosas de la vida terrenal. Las siguientes son solo algunas.

    La Iglesia de Jesucristo siempre ha sido guiada por profetas y apóstoles vivientes. Aunque son mortales y están sujetos a las imperfecciones humanas, los siervos del Señor reciben inspiración para ayudarnos a evitar los obstáculos que constituyen una amenaza espiritual y ayudarnos a atravesar a salvo la vida terrenal hacia nuestro destino final, máximo y celestial.

    Durante casi cuarenta años de estrecha relación, he sido testigo personal a medida que la sutil inspiración y la profunda revelación han llevado a la acción a los profetas y apóstoles, a las demás Autoridades Generales y a los líderes de las organizaciones auxiliares. Si bien no son perfectos ni infalibles, estos buenos hombres y mujeres han estado perfectamente dedicados a llevar adelante la obra del Señor tal como Él manda.

    No les quepa la menor duda: el Señor dirige Su Iglesia mediante profetas y apóstoles vivientes. Esa es la manera en que Él siempre ha llevado a cabo Su obra. De hecho, el Salvador enseñó: “De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo envío, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió”3. No podemos separar a Cristo de Sus siervos. Sin Sus primeros apóstoles, no tendríamos un relato ocular de muchas de Sus enseñanzas, de Su ministerio, de Su sufrimiento en el Jardín de Getsemaní y de Su muerte en la cruz. Sin sus testimonios, no tendríamos un testimonio apostólico del sepulcro vacío y de la Resurrección.

    Él mandó a aquellos primeros apóstoles:

    “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

    “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”4.

    Ese encargo se renovó en nuestros días cuando el Señor llamó a José Smith a restaurar la Iglesia con apóstoles ordenados, para declarar Su evangelio una última vez antes de que Él vuelva.

    Para el mundo siempre ha sido un desafío aceptar a los profetas y apóstoles vivientes, pero es esencial hacerlo a fin de comprender plenamente la expiación y las enseñanzas de Jesucristo, y para recibir la plenitud de las bendiciones del sacerdocio que se conceden a aquellos a quienes Él ha llamado.

    Demasiadas personas piensan que los líderes y los miembros de la Iglesia deben ser perfectos o casi perfectos. Se olvidan que la gracia del Señor es suficiente para llevar a cabo Su obra mediante seres mortales. Nuestros líderes tienen las mejores intenciones, pero a veces cometemos errores. Eso no es exclusivo de las relaciones en la Iglesia, ya que lo mismo ocurre en nuestra relación entre amigos, vecinos, compañeros de trabajo, entre cónyuges y en familias.

    Buscar las debilidades humanas en los demás es fácil; sin embargo, cometemos un error serio al notar solo la naturaleza humana del uno y del otro, y no ver la mano de Dios que trabaja a través de los que Él ha llamado.

    El concentrarnos en la forma en la que el Señor inspira a Sus líderes escogidos y cómo motiva a los santos a hacer cosas maravillosas y extraordinarias a pesar de su naturaleza humana, es una manera en la que nos asimos al evangelio de Jesucristo y permanecemos a salvo a bordo del Barco Seguro de Sion.

    Una segunda verdad es la doctrina del Plan de Salvación. Mediante José Smith, Dios dio el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y muchas enseñanzas adicionales a la Iglesia. Entre ellas, un conocimiento del Plan de Salvación, que es un mapa que indica de dónde vinimos, nuestro propósito aquí en la tierra y a dónde vamos al morir. El plan también nos proporciona una perspectiva única y eterna de que somos hijos de Dios procreados en espíritu. Al entender quién es nuestro Padre Celestial y nuestra relación con Él y Su Amado Hijo Jesucristo, aceptaremos Sus mandamientos y haremos convenios con Ellos que nos llevarán de nuevo a Su eterna presencia.

    Cada vez que sostengo en los brazos a un recién nacido, me pregunto: “¿Quién eres, pequeñito? ¿Qué llegarás a ser mediante la expiación de Cristo?”.

    Hacemos preguntas igualmente reflexivas cuando algún ser querido muere: “¿Dónde están? ¿Qué ven y qué sienten? ¿Continúa la vida? ¿Cómo será la naturaleza de nuestras más preciadas relaciones en el gran mundo de los espíritus de los muertos?”.

    Nuestra familia tiene dos nietas en ese mundo, Sara y Emily, y un nieto, Nathan. Con el fallecimiento de cada nieto, nosotros, como familia, nos aferramos a las verdades del Evangelio con las dos manos. Recibimos respuesta a nuestros interrogantes con consuelo y seguridad mediante la expiación del Salvador. Aunque extrañamos a nuestros nietos, sabemos que viven, y sabemos que los veremos de nuevo. Qué agradecidos estamos por ese entendimiento espiritual en épocas de turbulencia personal y familiar.

    Otra verdad clave en la Iglesia es que el Padre Celestial creó a Adán y a Eva para un noble propósito. Era su deber, y por consiguiente, el deber de su posteridad, crear cuerpos mortales para los hijos de Dios en espíritu a fin de que pudiesen experimentar la mortalidad. Mediante ese proceso, el Padre Celestial envía a la tierra a Sus hijos en espíritu para que aprendan y progresen mediante las experiencias de la vida terrenal. Porque ama a Sus hijos, Dios envía mensajeros celestiales y apóstoles para que les enseñen acerca del papel central de Jesucristo como nuestro Salvador.

    A través de los siglos, los profetas han cumplido su deber al advertir a la gente de los peligros que les acechan. Los apóstoles del Señor tienen la obligación de velar, advertir y tender una mano para ayudar a aquellos que buscan las respuestas a los interrogantes de la vida.

    Hace veinte años, la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles emitieron “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. En ese documento inspirado, concluimos con lo siguiente: “Advertimos que las personas que violan los convenios de castidad, que maltratan o abusan de su cónyuge o de sus hijos, o que no cumplen con sus responsabilidades familiares, un día deberán responder ante Dios. Aún más, advertimos que la desintegración de la familia traerá sobre las personas, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos”5.

    Como apóstoles, hoy reafirmamos esa solemne advertencia una vez más. Tengan presente que los mandamientos y los convenios son preciadas verdades y doctrinas que se hallan en el Barco Seguro de Sion, donde Dios está a la cabeza.

    Otra importante doctrina de la Iglesia a la que debemos aferrarnos es el observar el día de reposo. Eso nos ayuda a permanecer sin mancha del mundo, nos brinda descanso físico y nos da a cada uno la renovación espiritual de adorar al Padre y al Hijo cada domingo6. Cuando nos deleitamos en el día de reposo, es una señal de nuestro amor hacia Ellos7.

    Como parte de nuestros esfuerzos por hacer del día de reposo una delicia, hemos pedido a los líderes locales y miembros de la Iglesia que recuerden que la reunión sacramental es del Señor y que debe estar arraigada y basada en Sus enseñanzas. La presentación de la ordenanza de la Santa Cena es cuando renovamos nuestros convenios, volvemos a confirmar nuestro amor por el Salvador y recordamos Su sacrificio y Su expiación.

    Ese mismo espíritu de adoración se debe sentir en nuestras reuniones mensuales de ayuno y testimonio. Esa reunión sacramental es para que los miembros expresen brevemente gratitud, amor y aprecio por nuestro Padre Celestial, por Jesucristo y por el Evangelio restaurado, y para expresar un testimonio personal de esas cosas. La reunión de ayuno y testimonio es un tiempo para compartir breves pensamientos de inspiración y para dar testimonio solemne; no es el momento para dar un discurso.

    Los niños deben practicar compartir su testimonio en la Primaria y con sus padres en las reuniones de noche de hogar hasta que comprendan el importante significado de un testimonio.

    El énfasis reciente de hacer del día de reposo una delicia es el resultado directo de la inspiración del Señor por medio de los líderes de la Iglesia. Los miembros del consejo de barrio deben ayudar al obispado a revisar, con varias semanas de anticipación, la música y los temas que se han recomendado para cada reunión sacramental.

    Todos somos bendecidos cuando el día de reposo está lleno de amor por el Señor tanto en el hogar como en la Iglesia. Cuando a nuestros hijos se les enseñan los caminos del Señor, aprenden a sentir Su Espíritu y a responder a Él. Todos querremos asistir cada domingo para participar de la Santa Cena cuando se sienta el Espíritu del Señor; y todos, jóvenes y mayores que lleven pesadas cargas, sentirán la edificación y el consuelo espirituales que provienen de un día de reposo dedicado a la devota meditación en nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo.

    Afortunadamente, Cristo siempre está cerca, esperando y dispuesto a ayudarnos cuando rogamos por ayuda y estamos dispuestos a arrepentirnos y a venir a Él.

    Ahora bien, al meditar solo en estas pocas verdades que existen dentro del Barco Seguro de Sion, permanezcamos a bordo y recordemos que, por definición, un barco es un vehículo, y el propósito de un vehículo es llevarnos a un destino.

    El destino de nuestro barco son las bendiciones plenas del Evangelio, el reino de los cielos, la gloria celestial y la presencia de Dios.

    El plan de Dios está establecido; Él está a la cabeza, y Su gran y potente barco marcha hacia la salvación y la exaltación. Recuerden, no es algo que podamos lograr saltando del barco y tratando de nadar por nosotros mismos.

    La exaltación es la meta de este trayecto terrenal, y nadie llega hasta allí sin los medios del evangelio de Jesucristo: Su expiación, las ordenanzas, y la doctrina y los principios guiadores que se encuentran en la Iglesia.

    En la Iglesia es donde aprendemos las obras de Dios y aceptamos la gracia del Señor Jesucristo que nos salva. Dentro de la Iglesia es donde establecemos los compromisos y los convenios de familias eternas que llegan a ser nuestro pasaporte hacia la exaltación. La Iglesia es la que tiene el poder del sacerdocio para impulsarnos a través de las aguas impredecibles de la mortalidad.

    Seamos agradecidos por nuestro bello Barco Seguro de Sion, ya que sin él estamos a la deriva, solos y desvalidos, arrastrados sin timón y sin remo, girando con las fuertes corrientes del viento y las olas del adversario.

    Sujétense fuerte y sigan viento en popa en este glorioso barco, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y alcanzaremos nuestro destino eterno. Este es mi testimonio y mi oración para todos nosotros; en el nombre de Aquel al que pertenece el Barco Seguro de Sion, a saber, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.