2010-2017
    Ojos para ver y oídos para oír
    Notas al pie de página
    Theme

    Ojos para ver y oídos para oír

    Si buscamos a Cristo y abrimos nuestros ojos y oídos, el Espíritu Santo nos bendecirá para ver al Señor Jesucristo obrar en nuestra vida.

    En Su ministerio terrenal, Jesús hizo milagros tan grandiosos de sanación y enseñó con tanta autoridad y poder, que la Escritura dice: “Y su fama se extendió por toda Siria… Y le siguieron grandes multitudes”1.

    Algunas personas que lo vieron sanar y lo oyeron enseñar, lo rechazaron. Otros le siguieron por un tiempo, pero después ya no andaban con Él2. El Señor Jesucristo estaba allí, frente a ellos, pero no veían quién era realmente. Estaban ciegos y escogieron apartarse. De ellos, Jesús dijo:

    “Vine a los míos, y los míos no me recibieron”3.

    “… con los oídos [oyen] pesadamente, y han cerrado sus ojos”4.

    Sin embargo, hubo muchos hombres y mujeres, entre ellos Sus fieles apóstoles, que centraron su vida en Él. Aunque luchaban con las distracciones del mundo, con el desconcierto en cuanto a lo que Él enseñaba, e incluso con el temor, creían en Él, lo amaban y lo seguían.

    De ellos, Jesús dijo: “Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen”5.

    Justo antes de Su sufrimiento en Getsemaní y en el Calvario, Jesús hizo una promesa maravillosa a Sus discípulos: “El que en mí cree, las obras que yo hago él también las hará; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”6.

    Jesús cumplió esa promesa: a partir del día de Pentecostés, se bendijo a los discípulos con el bautismo de fuego y del Espíritu Santo7. Mediante su fe en Cristo, el arrepentimiento y la obediencia, el Espíritu Santo llegó a ser su compañero, les cambió el corazón y los bendijo con un testimonio perdurable de la verdad.

    Esos dones y bendiciones fortalecieron a los discípulos del Señor. Aunque vivían en una época peligrosa y de confusión, recibieron el don espiritual de tener ojos para ver y oídos para oír. Mediante el poder del Espíritu Santo, comenzaron a ver la verdad de las cosas como realmente son, especialmente del Señor Jesucristo y de Su obra entre ellos8. El Espíritu Santo iluminó su entendimiento y oyeron la voz del Señor más claramente. El evangelio de Jesucristo penetró su corazón profundamente9; eran fieles y obedientes10; predicaban el Evangelio con fuerza y poder, y edificaban el Reino de Dios11. Tenían gozo en el Señor Jesucristo.

    Tenemos mucho en común con esos hombres y mujeres fieles del meridiano de los tiempos. Nosotros también vivimos en una época en la que el Señor Jesucristo hace milagros entre nosotros, tal como sanar a los enfermos, limpiarnos del pecado, hacer que nuestro corazón cambie y ofrecer la salvación a los hijos de Dios a ambos lados del velo. En nuestra época, también tenemos profetas y apóstoles vivientes, el poder del sacerdocio, dones espirituales y las bendiciones divinas de las ordenanzas de salvación.

    Nuestra época es peligrosa; una época de gran maldad y tentaciones, de confusión y conmoción. En estos tiempos peligrosos, el profeta del Señor sobre la tierra, el presidente Thomas S. Monson, nos ha llamado a rescatar a los heridos en el espíritu12, a defender la verdad con valentía13 y a edificar el reino de Dios14. Sea cual sea el nivel de espiritualidad, fe u obediencia que tengamos en este momento, no será suficiente para la obra que tenemos por delante. Necesitamos mayor luz y poder espirituales; necesitamos ojos para ver más claramente al Salvador trabajando en nuestra vida y oídos para oír Su voz más profundamente en el corazón.

    Esta maravillosa bendición llega cuando abrimos nuestro corazón y recibimos15, realmente recibimos, al Señor Jesucristo, Su doctrina y Su Iglesia en nuestra vida. No tenemos que ser perfectos, pero debemos ser buenos y seguir mejorando. Debemos esforzarnos por vivir las verdades simples y sencillas del Evangelio. Si tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo, si actuamos con fe en Él para arrepentirnos de nuestros pecados, si guardamos los mandamientos y siempre le recordamos, recibiremos la compañía del Espíritu Santo mediante la misericordia y la gracia de Jesucristo.

    La obediencia sencilla trae el Espíritu al corazón. En nuestros hogares oramos con fe, escudriñamos las Escrituras y santificamos el día de reposo. En nuestras capillas participamos de la Santa Cena y hacemos promesas sagradas a nuestro Padre Celestial en el nombre de Cristo. En los santos templos participamos en ordenanzas sagradas a favor de nuestros hermanos y hermanas al otro lado del velo. En nuestras familias y en nuestras asignaciones del Señor, ayudamos a los demás, levantando sus cargas e invitándolos a venir a Cristo.

    Hermanos y hermanas, sé que si hacemos estas cosas, ¡el Espíritu Santo vendrá! Creceremos espiritualmente y ganaremos experiencia en cuanto a los susurros del Espíritu Santo y Él será nuestro compañero. Si miramos hacia Cristo y abrimos nuestros ojos y oídos, el Espíritu Santo nos bendecirá para ver cómo Jesucristo influye en nuestra vida y fortalece nuestra fe en Él con seguridad y evidencia. Cada vez veremos más a nuestros hermanos y hermanas como Dios los ve, con amor y compasión. Oiremos la voz del Salvador en las Escrituras, en los susurros del Espíritu y en las palabras de los profetas vivientes16. Veremos el poder de Dios que está sobre Su profeta y sobre todos los líderes de Su Iglesia verdadera y viviente, y sabremos con seguridad que esta es la sagrada obra de Dios17. Nos veremos y nos entenderemos a nosotros y al mundo que nos rodea como lo hace el Salvador. Llegaremos a tener lo que el apóstol Pablo llamó “la mente de Cristo”18. Tendremos ojos para ver y oídos para oír, y edificaremos el Reino de Dios.

    Puede que la vida llegue a ser difícil, confusa, dolorosa y desalentadora. Les doy mi testimonio de que, mediante la compañía del Espíritu Santo, la luz del evangelio de Jesucristo traspasará la confusión, el dolor y la oscuridad. Ya sea que llegue como una maravillosa explosión o como una corriente suave, ese glorioso poder espiritual infundirá amor sanador y consuelo al alma arrepentida y herida; disipará la oscuridad con la luz de la verdad y sustituirá el desánimo con la esperanza en Cristo. Veremos esas bendiciones, y sabremos por el testimonio del Espíritu que el Señor Jesucristo está influenciando nuestra vida. En verdad, nuestras aflicciones quedarán “consumidas en el gozo de [nuestro Redentor]”19.

    Una experiencia que mi madre y mi padre tuvieron hace muchos años ilustra la importancia y el poder de tener ojos para ver y oídos para oír. En 1982, se llamó a mis padres a servir en la Misión Filipinas Davao. Cuando mi madre abrió la carta y vio dónde se los había llamado, exclamó a mi padre: “¡No! Tienes que llamar y decirles que no podemos ir a las Filipinas; saben que tienes asma”. Mi padre había sufrido de asma muchos años y mi madre estaba preocupada por él.

    Poco después, una noche mi madre despertó a mi padre a las dos y media de la mañana y le dijo: “Merlin, ¿oíste esa voz?”.

    “No, no he oído ninguna voz”.

    “Bueno, yo he oído la misma voz tres veces esta noche, y decía: ‘¿Por qué te preocupas? ¿No sabes que yo sé que él tiene asma?; cuidaré de él y cuidaré de ti. Prepárense para servir en las Filipinas’”.

    Clark, Merlin

    Mi madre y mi padre sirvieron en las Filipinas y tuvieron una experiencia maravillosa. El Espíritu Santo fue su compañero, y fueron bendecidos y protegidos. Mi padre nunca tuvo problemas con su asma; sirvió como primer consejero en la presidencia de la misión y él y mi madre capacitaron a cientos de misioneros y a miles de fieles Santos de los Últimos Días en preparación para la llegada de barrios y estacas en la isla Mindanao. Fueron bendecidos con ojos para ver y oídos para oír.

    Hermanos y hermanas, doy testimonio de Jesucristo. Sé que Él vive; Él es nuestro Salvador y Redentor. Sé que si lo recibimos en nuestra vida y si vivimos las verdades simples y sencillas de Su evangelio, disfrutaremos de la compañía del Espíritu Santo. Tendremos el precioso don de tener ojos para ver y oídos para oír. Lo testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.