No temas, cree solamente
    Notas al pie de página

    No temas, cree solamente

    Cuando elegimos creer, ejercitar la fe para el arrepentimiento y seguir a nuestro Salvador Jesucristo, abrimos nuestros ojos espirituales a las maravillas que casi ni podemos imaginar.

    Babilonia y Daniel

    Hace dos mil seiscientos años, Babilonia era la nación más poderosa del mundo. Un antiguo historiador describió que las paredes de Babilonia que rodeaban la ciudad tenían más de noventa metros de altura y veinticinco metros de espesor. Él escribió: “En esplendor, no hay ciudad que se le… asemeje”1.

    En su época, Babilonia era el centro mundial de aprendizaje, de leyes y de filosofía. Su poderío militar era sin igual; destrozó el poder de Egipto; invadió, arrasó y saqueó la capital asiria de Nínive; conquistó Jerusalén con facilidad y se llevó a los mejores y más inteligentes niños de Israel a Babilonia para que sirvieran al rey Nabucodonosor.

    Uno de esos cautivos era un joven llamado Daniel. Muchos eruditos creen que en aquella época Daniel tenía entre doce y diecisiete años de edad. Piensen en ello, mis queridos jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico: es muy posible que Daniel tuviese la edad de ustedes cuando fue llevado a la corte del rey para ser instruido en el idioma, las leyes, la religión y la ciencia de la mundana Babilonia.

    ¿Imaginan lo que sentirían si fueran obligados a dejar su hogar, marchar ochocientos kilómetros a una ciudad extraña, y que se les adoctrinara en la religión de sus enemigos?

    A Daniel lo habían criado como seguidor de Jehová. Él creía y adoraba al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Había estudiado las palabras de los profetas y sabía que Dios se comunicaba con el hombre.

    Ahora, a muy temprana edad, estaba como prisionero y estudiante en Babilonia. La presión en él de abandonar sus antiguas creencias y adoptar las de Babilonia debió haber sido enorme; pero se mantuvo fiel a su fe, tanto en palabras como en obras.

    Muchos de ustedes saben lo que se siente defender una verdad que no es popular. En la jerga actual de internet, se dice que nos “queman” aquellos que no concuerdan con nosotros. Sin embargo, Daniel no solo estaba arriesgándose al ridículo público, en Babilonia, aquellos que desafiaban a las autoridades religiosas sabían lo que significaba —en sentido figurado y literal— que los “quemaran”. Solo pregunten a los amigos de Daniel: Sadrac, Mesac y Abed-nego2.

    No sé si fue fácil para Daniel ser un creyente en tales circunstancias. Algunas personas son bendecidas con un corazón creyente; para ellas, la fe parece venir como una dádiva del cielo; pero me imagino que Daniel era como muchos de nosotros que tenemos que luchar por nuestro testimonio. Estoy seguro de que Daniel pasó muchas horas de rodillas orando, depositando sus inquietudes y temores sobre el altar de la fe, y esperando a que el Señor le diera entendimiento y sabiduría.

    Y el Señor bendijo a Daniel. A pesar de que desafiaron y ridiculizaron su fe, él permaneció fiel a lo que, por experiencia propia, sabía que era lo correcto.

    Daniel creyó; Daniel no dudó.

    Entonces, una noche, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño que lo inquietó. Reunió a un grupo de sabios y consejeros y exigió que le describieran el sueño que había tenido y que también le revelaran el significado del mismo.

    Naturalmente, no pudieron hacerlo. “Nadie puede hacer lo que pides”, dijeron; sin embargo, eso solo enfureció más a Nabucodonosor, quien mandó que descuartizaran a todos los sabios, magos, astrólogos y consejeros, incluyendo a Daniel y a los demás jóvenes estudiantes de Israel.

    Aquellos que estén familiarizados con el libro de Daniel saben lo que ocurrió después. Daniel le pidió a Nabucodonosor un poco de tiempo extra, y él y sus fieles compañeros fueron a la fuente de su fe y fortaleza moral. Oraron a Dios y suplicaron ayuda divina en ese momento crucial; y “entonces el misterio fue revelado a Daniel en visión”3.

    Daniel, el joven de una nación conquistada —quien había sido maltratado y perseguido por creer en una religión extraña— fue ante el rey y le reveló el sueño y su interpretación.

    A partir de ese día, como resultado directo de su fidelidad a Dios, Daniel llegó a ser un fiel consejero del rey, reconocido por su sabiduría en toda Babilonia.

    El muchacho que creyó y vivió su fe se había convertido en un hombre de Dios. Un profeta. Un príncipe de rectitud4.

    ¿Somos como Daniel?

    A todos los que poseemos el santo sacerdocio de Dios pregunto: ¿somos como Daniel?

    ¿Permanecemos leales a Dios?

    ¿Ponemos en práctica lo que predicamos, o solo somos cristianos de domingo?

    ¿Reflejan nuestras acciones diarias lo que profesamos creer?

    ¿Ayudamos “a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos”5 ?

    ¿Decimos y no hacemos, o con entusiasmo vivimos lo que predicamos?

    Hermanos, se nos ha dado mucho. Se nos han enseñado las verdades divinas del evangelio restaurado de Jesucristo. Se nos ha confiado la autoridad del sacerdocio para ayudar a nuestro prójimo y para edificar el Reino de Dios en la tierra. Vivimos en una época de un gran derramamiento de poder espiritual; tenemos la plenitud de la verdad; tenemos las llaves del sacerdocio para sellar en la tierra y en los cielos. Las sagradas Escrituras y enseñanzas de los profetas y apóstoles vivientes están a nuestra disposición como nunca antes.

    Mis queridos amigos, no tomemos estas cosas a la ligera. Con esas bendiciones y privilegios vienen grandes responsabilidades y obligaciones. Pongámonos a la altura de ellas.

    La antigua ciudad de Babilonia está en ruinas; su esplendor ha dejado de existir, pero su suciedad y maldad siguen adelante. Ahora es nuestra responsabilidad vivir como creyentes en un mundo de incredulidad. Nuestro desafío es poner en práctica diariamente los principios del evangelio restaurado de Jesucristo y vivir fieles a los mandamientos de Dios. Tendremos que permanecer tranquilos bajo la presión de grupo, no impresionarnos con las tendencias populares o falsos profetas, no hacer caso al ridículo de los impíos, resistir las tentaciones del maligno y superar nuestra propia pereza.

    Piensen en ello. ¿Cuánto más fácil habría sido para Daniel sencillamente seguir las costumbres de Babilonia? Podría haber dejado de lado el restrictivo código de conducta que Dios había dado a los hijos de Israel. Podría haberse deleitado en las comidas suculentas que le brindó el rey y haber cedido a los placeres mundanos del hombre natural. Habría evitado el ridículo.

    Habría sido popular.

    La gente lo hubiera aceptado.

    Su sendero tal vez habría sido mucho menos complicado.

    Eso es, claro, hasta que el rey exigiera la interpretación de su sueño. Entonces Daniel habría descubierto que él, al igual que el resto de los “sabios” de Babilonia, había perdido su conexión con la verdadera fuente de luz y sabiduría.

    Daniel pasó su prueba; la nuestra aún continúa.

    El valor para creer

    Satanás, nuestro adversario, desea que fracasemos. Él esparce mentiras como parte de su esfuerzo para destruir nuestra creencia. Astutamente sugiere que el que duda, el escéptico y el cínico son sofisticados e inteligentes, mientras que aquellos que tienen fe en Dios y en Sus milagros son ingenuos, ciegos o les han lavado el cerebro. Satanás sostendrá que es socialmente aceptable dudar de los dones espirituales y de las enseñanzas de los profetas verdaderos.

    Desearía que pudiese ayudar a todos a comprender este hecho sencillo: creemos en Dios a causa de las cosas que sabemos con el corazón y la mente, no por las cosas que no sabemos. A veces, nuestras experiencias espirituales son demasiado sagradas para explicar en términos mundanos, pero eso no significa que no sean reales.

    El Padre Celestial ha preparado un banquete espiritual para Sus hijos en el que ofrece toda clase de comida exquisita inimaginable; sin embargo, en vez de disfrutar esos dones espirituales, los cínicos se conforman con observar desde lejos y siguen aceptando actitudes de incredulidad, duda y falta de respeto.

    ¿Por qué andaría alguien por la vida conformándose con la luz de la vela de su propio entendimiento si, al acudir a nuestro Padre Celestial, podría sentir el sol brillante del conocimiento espiritual que le expandiría la mente con sabiduría y llenaría su alma de gozo?

    Cuando ustedes y yo les hablamos a las personas sobre la fe y la creencia, ¿no oímos con frecuencia: “Quisiera poder creer como ustedes”?

    Esa declaración conlleva otra decepción de Satanás: de que el creer está al alcance de algunas personas, pero no de otras. No hay nada mágico con respecto a creer, ¡pero desear creer es necesariamente el primer paso! Dios no hace acepción de personas6. Él es su Padre; Él desea hablarles. Sin embargo, eso requiere una pequeña curiosidad científica —eso requiere un experimento con la palabra de Dios— y ejercitar una “partícula de fe”7. También necesita un poco de humildad; y requiere una mente y un corazón abiertos; requiere buscar, en el pleno sentido de la palabra. Y, quizás lo que es más difícil, requiere ser paciente y esperar al Señor.

    Si no ponemos ningún esfuerzo para creer, somos semejantes al hombre que desconecta la lámpara y después culpa a dicha lámpara por no dar luz.

    Hace poco me sorprendió y entristeció oír de un poseedor del Sacerdocio Aarónico que parecía enorgullecerse del hecho de que se había distanciado de Dios. Él dijo: “Si Dios se presenta ante mí, entonces creeré; hasta entonces, encontraré la verdad confiando en mi propio entendimiento e intelecto para alumbrar el camino delante de mí”.

    No conozco el corazón de ese joven, pero no pude evitar sentir mucha lástima por él. ¡Cuán fácilmente rechazó los dones que el Señor le ofrecía! Ese joven había desconectado la lámpara y después pareció satisfecho ante su astuta observación de que no había luz.

    Lamentablemente, esa parece ser una actitud muy popular hoy día. Si ponemos en Dios la responsabilidad de probarnos la veracidad de las cosas, pensamos que podemos eximirnos de tomar los mandamientos de Dios con seriedad y de tomar responsabilidad por nuestra relación con nuestro Padre Celestial.

    Hermanos, permítanme ser claro: no hay nada noble ni impresionante en ser cínicos. El escepticismo es fácil, cualquiera puede adoptarlo; la vida fiel es lo que requiere fortaleza moral, dedicación y valor. Los que se aferran a la fe son mucho más impresionantes que aquellos que ceden a la duda cuando surgen preguntas o dudas misteriosas.

    Sin embargo, no debería sorprendernos que la sociedad no valore la fe. El mundo tiene una larga historia de rechazar lo que no comprende. En particular, tiene dificultades para entender las cosas que no puede ver; pero solo porque no podemos ver algo con nuestros ojos físicos, no significa que no exista. De hecho, “hay más cosas en el cielo y la tierra… que las que [se] imaginan” en nuestros libros de texto, diarios científicos y filosofías mundanas8. El universo está lleno de maravillas profundas y asombrosas, cosas que solo se pueden comprender por medio de los ojos espirituales.

    La promesa de creer

    Cuando elegimos creer, ejercitar la fe para el arrepentimiento y seguir a nuestro Salvador Jesucristo, abrimos nuestros ojos espirituales a las maravillas que casi ni podemos imaginar. Por consiguiente, nuestra creencia y nuestra fe aumentarán, y podremos ver aún más9.

    Hermanos, testifico que aun en los momentos más difíciles, el Salvador les dirá a ustedes lo que le dijo a un ansioso padre en una calle llena de gente en Galilea: “No temas, cree solamente”10.

    Podemos elegir creer, ya que en la creencia, descubrimos la aurora de la luz; descubriremos la verdad11; encontraremos paz12.

    A causa de nuestra creencia, nunca tendremos hambre, nunca tendremos sed13. Los dones de la gracia de Dios nos permitirán ser fieles a nuestra fe y llenarán nuestra alma como “una fuente de agua que brote para vida eterna”14. Experimentaremos un gozo verdadero y perdurable15.

    Por tanto, mis queridos amigos, mis amados hermanos en el sacerdocio de Dios:

    Tengan el valor para creer.

    No teman, crean solamente.

    Sean como Daniel.

    Ruego que cada uno de nosotros —jóvenes y adultos— encontremos fortaleza, valor y un deseo renovados de creer. En el nombre de nuestro Maestro, Jesucristo. Amén.