2010-2017
    Un verano con la tía abuela Rosa
    Notas al pie de página
    Theme

    Un verano con la tía abuela Rosa

    Al andar por sus propias sendas luminosas del discipulado, ruego que la fe fortalezca cada paso que den en su camino.

    Mis queridas hermanas y apreciadas amigas. Estoy muy feliz de estar con ustedes y agradecido de estar en la presencia de nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson. Presidente: le amamos. Nos entristece la pérdida de nuestros tres preciados amigos y verdaderos apóstoles del Señor. Extrañamos al presidente Packer, al élder Perry y al élder Scott. Los amamos. Oramos por sus familias y amigos.

    Siempre espero con anhelo esta sesión de la conferencia; la hermosa música y el consejo de nuestras hermanas inspiradas traen el Espíritu en abundancia. Soy una mejor persona después de estar entre ustedes.

    Al meditar en lo que debía decirles hoy, vino a mi mente la forma en que enseñaba el Salvador. Es interesante cómo podía enseñar las verdades más sublimes utilizando historias sencillas. Sus parábolas invitaban a Sus discípulos a recibir las verdades, no solo con la mente sino con el corazón, y a relacionar los principios eternos con su vida diaria1. Nuestro querido presidente Monson es también un experto en la enseñanza por medio de experiencias personales que conmueven el corazón2.

    Hoy, yo también daré mi mensaje por medio de expresar mis pensamientos y sentimientos a través de una historia. Las invito a que escuchen con el Espíritu. El Espíritu Santo les ayudará a encontrar un mensaje para ustedes en esta parábola.

    La tía abuela Rosa

    La historia es sobre una jovencita llamada Eva. Hay dos cosas importantes que deben saber sobre Eva: una, es que tenía once años; y la otra es que ella no quería por nada del mundo ir a vivir con su tía abuela Rosa. Para nada, de ninguna manera.

    Pero la madre de Eva iba a someterse a una operación que requería una recuperación lenta. Por ello, sus padres iban a enviarla a pasar el verano con su tía abuela Rosa.

    Eva pensaba que había mil razones por las que eso no era una buena idea. En primer lugar, estaría lejos de su madre; también tendría que dejar a su familia y a sus amigas; además, ni siquiera conocía a la tía abuela Rosa. Agradecía la oferta, pero ella estaba muy bien donde se encontraba.

    Sin embargo, ni sus argumentos ni sus gestos de desaprobación lograron cambiar la decisión. Así que, Eva empacó sus cosas e hizo el largo viaje con su papá hasta la casa de la tía abuela Rosa.

    Desde el momento en que entró en la casa, la detestó.

    ¡Todo era tan viejo! En todos los rincones había libros viejos, botellas de colores extraños y recipientes de plástico repletos de cuentas, lazos y botones.

    La tía abuela Rosa vivía sola; ella nunca se casó. Su única compañía era un gato gris al que le gustaba subirse a los lugares más altos de las habitaciones para observar desde allí, cual tigre hambriento, todo lo que ocurría abajo.

    La casa en sí daba sensación de soledad; se hallaba en una zona rural donde las casas estaban muy distantes; no había niñas de la edad de Eva que vivieran cerca; eso hacía que Eva se sintiera sola.

    Al principio, Eva no le prestó mucha atención a la tía abuela Rosa. Mayormente pensaba en su madre. En ocasiones, permanecía toda la noche despierta, rogando con toda el alma que su madre sanara; y aunque no sucedió de inmediato, Eva comenzó a sentir que Dios cuidaba de su madre.

    Finalmente, les llegó la noticia de que la operación había salido bien. Ahora solo le quedaba a Eva esperar a que terminara el verano, ¡pero cuánto le costaba!

    Al no estar más preocupada por su madre, Eva comenzó a fijarse más en la tía abuela Rosa. Era una mujer grande, todo en ella era grande: su voz, su sonrisa, su personalidad. No le resultaba fácil moverse, pero siempre cantaba y se reía mientras trabajaba, y el sonido de su risa llenaba toda la casa. Todas las noches se sentaba en su abultado sofá, tomaba sus Escrituras y leía en voz alta. Mientras leía, a veces hacía comentarios como estos: “Oh, él no debió haber hecho eso”, o “¿qué no daría yo por haber estado allí?”, o “¿no es esa la cosa más hermosa que has oído?”. Y cuando las dos se arrodillaban a orar cada noche junto a la cama de Eva, la tía abuela Rosa decía oraciones hermosas, dando gracias por los pájaros azules, los pinos, las puestas de sol, las estrellas y “el milagro de estar vivas”. A Eva le parecía que Rosa conocía a Dios como a un amigo.

    Con el tiempo, Eva hizo un descubrimiento sorprendente: ¡la tía abuela Rosa era probablemente la persona más feliz que había conocido jamás!

    ¿Pero cómo podía ser eso?

    ¿Qué tenía ella para ser feliz?

    Nunca se había casado, no tenía hijos ni nadie que la acompañara, salvo su espantoso gato; y le costaba hacer aun las cosas más sencillas, como atarse los zapatos y subir las escaleras.

    Cuando iba a la ciudad, se ponía unos escandalosos sombreros grandes y brillantes; pero las personas no se reían de ella; en vez de ello, la rodeaban y querían hablar con ella. Rosa había sido maestra de escuela, y sus antiguos alumnos, que ahora eran adultos y con niños, se detenían a conversar con ella. Le agradecían la buena influencia que había sido en su vida. Con frecuencia reían juntos, y a veces, lloraban.

    Conforme transcurría el verano, Eva pasaba más y más tiempo con Rosa. Iban en largas caminatas y Eva aprendió a distinguir los gorriones de los pinzones. Recogía bayas de saúco y hacía mermelada de naranja. Se enteró de que su tatarabuela había dejado su amada tierra natal, había atravesado el océano y cruzado las praderas para unirse a los santos.

    Eva pronto hizo otro asombroso descubrimiento: No solamente era la tía abuela Rosa una de las personas más felices que conocía, sino que ella misma era más feliz cuando estaba con ella.

    Los días del verano transcurrían más rápidamente ahora. Poco después, la tía abuela Rosa anunció que ya pronto sería tiempo de que Eva regresara a casa. Si bien Eva había estado aguardando ese momento desde el día en que llegó, ahora ya no sabía bien cómo sentirse. Se dio cuenta de que iba extrañar esa vieja casa extraña con su gato husmeador y a su amada tía abuela Rosa.

    El día antes de que su padre llegara a buscarla, Eva hizo la pregunta que la había intrigado durante semanas: “Tía Rosa, ¿por qué eres tan feliz?”.

    La tía Rosa la miró atentamente y luego la llevó a ver una pintura que estaba colgada en la sala principal; se la había regalado un querido y talentoso amigo.

    “¿Qué es lo que ves?”, le preguntó.

    Joy in the Journey

    Eva había notado el cuadro antes, pero no le había prestado atención. Era de una niña pionera que saltaba por un camino azul luminoso. El césped y los árboles eran de un verde intenso. Eva dijo: “Es una pintura de una niña que parece ir saltando”.

    “Sí, es una niña pionera que va saltando alegremente”, dijo la tía Rosa. “Me imagino que los pioneros tuvieron muchos días sombríos y deprimentes; no podemos imaginar cuán dura era su vida. Pero en esta pintura todo es radiante y lleno de esperanza; la niña va saltando, y avanza hacia delante y hacia arriba”.

    Eva estaba callada, y la tía abuela continuó: “Hay suficientes cosas en la vida que no van bien, así que cualquiera podría hundirse en el pesimismo y la melancolía. Sin embargo, conozco a personas que, aun cuando las cosas no resultan bien, se centran en las maravillas y los milagros de la vida. Esas son las personas más felices que conozco”.

    “Pero uno no puede mover un interruptor y pasar de estar triste a contento”, dijo Eva.

    “No, quizás no”, dijo la tía sonriendo, “pero Dios no nos hizo para estar tristes; ¡Nos creó para tener gozo!3. Si confiamos en Él, nos ayudará a percibir las cosas buenas, luminosas y prometedoras de la vida; y ciertamente, el mundo se hará más brillante. No, no ocurre en un instante, pero francamente, ¿cuántas cosas buenas son instantáneas? Creo que las mejores cosas, tales como el pan hecho en casa y la mermelada de naranja, requieren paciencia y trabajo”.

    Eva pensó por un momento, y dijo: “Quizás no sea tan sencillo para las personas que no tienen todo perfecto en la vida”.

    “Querida Eva, ¿realmente crees que mi vida es perfecta?”. Ella se sentó con Eva en el abultado sofá. “Hubo una época en que estaba tan desalentada, que no quería seguir viviendo”.

    “¿Tú?”, preguntó Eva.

    La tía Rosa asintió. “Había tantas cosas que anhelaba en la vida”. Eva notó una tristeza en su voz que no había notado antes. “La mayoría de ellas nunca se cumplieron. Tuve una desilusión tras otra. Un día me di cuenta que la vida nunca sería como yo esperaba. Ese día fue muy deprimente; estaba dispuesta a darme por vencida y ser desdichada”.

    “Y entonces, ¿qué hiciste?”.

    “Por un tiempo, no hice nada. Solo estaba furiosa, y me volví insoportable”. Entonces se rio un poco, aunque no con su habitual risa sonora y envolvente. “‘No es justo’ era la frase que repetía en mi mente una y otra vez. Finalmente, descubrí algo que cambió mi vida por completo”.

    “¿Qué fue?”

    “La fe”, dijo la tía Rosa, sonriendo. “Descubrí la fe, y la fe me llevó a la esperanza; y la fe y la esperanza me dieron la confianza de que algún día todas las cosas tendrían sentido, y que gracias al Salvador, lo malo se convertiría en bueno. Después de eso, vi que la senda ante mí no era tan sombría y polvorienta como creía. Empecé a notar los azules luminosos, los verdes intensos y los rojos vivos; y decidí que tenía una opción: podía estar triste y arrastrarme por la senda polvorienta de la autocompasión, o bien podía tener un poco de fe, ponerme un hermoso vestido y mis zapatos de baile, e ir saltando y cantando por la senda de la vida”. Ahora su voz era alegre, como la niña en el cuadro.

    La tía Rosa tomó de la mesita sus libros gastados de las Escrituras y los puso en su regazo. “No creo que haya tenido una depresión clínica —no estoy segura de que uno pueda superarla solo— ¡pero sí me había convencido a mí misma de que era desdichada! Sí, había tenido algunos días lúgubres, pero toda mi amargura y preocupación no cambiaría las cosas, solo las empeoraba. La fe en el Salvador me enseñó que sin importar lo que había sucedido en el pasado, mi historia podía tener un final feliz”.

    “¿Cómo sabes eso?”, preguntó Eva.

    La tía Rosa buscó una página en su Biblia, y dijo: “Lo dice aquí:

    “’Dios… morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios.

    “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser’”4.

    La tía abuela Rosa miró a Eva y sonrió ampliamente mientras le susurraba, con un cierto temblor en su voz: “¿No es esto la cosa más hermosa que hayas oído jamás?”.

    Realmente sonaba hermoso, pensó Eva.

    La tía Rosa dio la vuelta a varias páginas y señaló un versículo para que Eva lo leyera: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman”5.

    “Teniendo un futuro tan glorioso”, dijo la tía Rosa, “¿por qué dejarse consumir por cosas del pasado o del presente que no resultan como habíamos planeado?”.

    Eva frunció el ceño: “Un momento”, dijo. “¿Estás diciendo que ser feliz significa solo mirar hacia una felicidad futura? ¿Toda nuestra felicidad será en la eternidad? ¿No puede haber algo de felicidad ahora?”.

    “¡Claro que sí!”, exclamó la tía Rosa. “Niña querida, el ahora es parte de la eternidad; ¡no comienza solamente después de la muerte! La fe y la esperanza abrirán tus ojos para ver la felicidad que está delante de ti ahora.

    “Conozco un poema que dice: ‘La eternidad la componen los Ahoras’6. Yo no quería que mi eternidad estuviese compuesta de ‘Ahoras’ oscuros y temerosos; no quería vivir en la sombra de un búnker, apretando los dientes, cerrando los ojos y aguantando con resentimiento hasta el amargo final. ¡La fe me dio la esperanza que necesitaba para vivir con gozo el ahora!”.

    “Y entonces, ¿qué hiciste?”, preguntó Eva.

    “Ejercí la fe en las promesas de Dios y llené mi vida de cosas significativas. Volví a estudiar y obtuve una formación que me llevó a la carrera que amo”.

    Eva pensó por un momento, y dijo: “Pero, seguramente el estar ocupada no es lo que te hizo ser feliz. Hay mucha gente ocupada que no es feliz”.

    “¿Cómo puedes ser tan sabia siendo tan joven?”, preguntó la tía Rosa. “Tienes toda la razón. Y la mayoría de esas personas ocupadas e infelices han olvidado la cuestión más importante del mundo: lo que Jesús dijo que es la sustancia de Su Evangelio”.

    “¿Y qué es eso?”, preguntó Eva.

    “El amor —el amor puro de Cristo”, dijo Rosa. “Verás, todo lo demás en el Evangelio: todos los consejos, los deberes y los mandamientos conducen al amor. Cuando amamos a Dios, deseamos servirle y ser como Él. Cuando amamos a nuestro prójimo, dejamos de pensar tanto en nuestros propios problemas y ayudamos a los demás a resolver los de ellos”7.

    “¿Y eso es lo que nos hace felices?”, preguntó Eva.

    La tía abuela Rosa asintió y sonrió con los ojos llenos de lágrimas. “Sí, cariño. Eso es lo que nos hace felices”.

    Nunca más fue la misma

    Al día siguiente, Eva le dio un abrazo a su tía abuela Rosa y le agradeció todo lo que había hecho. Eva regresó a casa con su familia, a sus amigas y a su vecindario.

    Sin embargo, ya nunca fue la misma.

    Al ir creciendo, Eva recordaba a menudo las palabras de su tía abuela Rosa. Con el tiempo, Eva se casó, tuvo hijos y vivió una vida larga y maravillosa.

    Y un día, de pie en su casa contemplando una pintura de una niña pionera saltando por un sendero azul luminoso, se dio cuenta de que había llegado a la misma edad que tenía su tía abuela Rosa en aquel verano inolvidable.

    Joy in the Journey

    Al notarlo, sintió que brotaba de su pecho una oración especial. Eva sintió gratitud por su vida, su familia, el evangelio restaurado de Jesucristo y por aquel verano de hacía tanto tiempo en que la tía abuela Rosa8 le enseñó acerca de la fe, la esperanza y el amor9.

    Una bendición

    Mis amadas hermanas, mis amadas amigas en Cristo, espero y ruego que algo de esta historia les haya tocado el corazón e inspirado el alma. Yo sé que Dios vive y que las ama.

    Al andar por sus propias sendas luminosas del discipulado, ruego que la fe fortalezca cada paso que den en su camino; que la esperanza abra sus ojos a las glorias que el Padre Celestial tiene reservadas para ustedes y que el amor por Dios y por todos Sus hijos les llene el corazón. Como apóstol del Señor, les dejo esto como mi testimonio y mi bendición; en el nombre de Jesucristo. Amén.