Liahona
Abrir la puerta a la revelación personal
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Abrir la puerta a la revelación personal

Ha habido momentos en los que pareciera que llamo a una puerta cerrada que no se abrirá.

En años recientes, el presidente Russell M. Nelson y muchos otros líderes de la Iglesia nos han invitado a procurar más revelación personal y a aprender a reconocer la voz del Salvador para que podamos “Esc[ucharlo]” (José Smith—Historia 1:17).

Sin embargo, en mi caso, la revelación personal a veces me ha resultado algo confusa. Me encanta que Dios pueda hablarme directamente, pero como joven adulta que enfrenta muchas y grandes decisiones, en ocasiones pareciera que llamo a la puerta del cielo y no recibo respuesta.

En esos momentos, siempre había estado haciendo las cosas fundamentales —como leer las Escrituras, ofrecer mis oraciones, asistir a la Iglesia y guardar los mandamientos—, entonces, ¿qué me faltaba?

En los últimos meses, me he dado cuenta de que, a veces, para recibir revelación se requiere un mayor esfuerzo de nuestra parte. Las siguientes son algunas maneras que he encontrado para recorrer la segunda milla.

1. Quedarse tranquilos y tomarse el tiempo para escuchar

A mí me cuesta trabajo quedarme tranquila, ya que siempre tengo una interminable lista de cosas por hacer. Si bien logro hacer muchas de ellas, a menudo me estreso y me abruma todo lo que me comprometo a hacer. Cuando buscaba maneras de ser más receptiva a la revelación personal, me di cuenta de que llevaba una vida como la de Marta en lugar de la de María1. No me tomaba el tiempo para simplemente estar tranquila. Después de leer discursos de conferencias en los que se nos aconseja crear el espacio y el tiempo para escuchar al Espíritu de forma regular, supe que eso era algo que necesitaba hacer2. Ahora estudio las Escrituras por la mañana en un escritorio (en lugar de la cama) y en la versión impresa para no distraerme con el teléfono.

2. Pasar tiempo en el templo de forma deliberada

Tengo la bendición de vivir cerca de varios templos y siempre he tratado de asistir cada semana. Muchas Autoridades Generales han enseñado que adorar en el templo nos puede ayudar a estar más en sintonía con el Espíritu3, así que pensaba que ya hacía lo suficiente. Sin embargo, las respuestas no llegaban. Al echar un vistazo a mis hábitos, me di cuenta de que había un aspecto muy obvio en el que tenía que mejorar: a menudo me pongo somnolienta en el templo. Les he dicho a mis amigos: “Si el élder Dieter F. Uchtdorf dijo que ‘dormitar en la Iglesia es uno de los reposos más saludables’4, entonces ¡dormitar en el templo debe ser aún mejor!”; y he llegado a justificar mi somnolencia pensando que el templo es un lugar tan pacífico que simplemente no la puedo evitar. No obstante, el templo no es un spa. Asisto al templo con el fin de hacer la obra, de efectuar ordenanzas que brindan a mis familiares fallecidos la oportunidad de tener la vida eterna5.

Me di cuenta de que era hora de “despert[ar]” (Alma 32:27) y actuar de forma más deliberada en mi adoración en el templo. Trato de prepararme espiritual y mentalmente antes de ir al templo en lugar de verlo solamente como otra parte de mi rutina.

3. Participar en la obra de historia familiar

Los líderes de la Iglesia nos han alentado en diversas ocasiones a que participemos en la obra de historia familiar y han vinculado muchas bendiciones con nuestra participación en esa labor6. Sin embargo, ya se ha efectuado la obra por la mayoría de mis antepasados. Entonces, ¿qué más podría hacer? Podría indagar sobre la vida de cada persona cuyo nombre había llevado al templo: hacer un verdadero esfuerzo por visualizarla como una persona real y como integrante de mi familia. También comencé a escribir mi propia historia, a indexar y a compartir relatos inspiradores de mi historia familiar.

4. Compartir el Evangelio

Cada vez que comparto el Evangelio, ya sea con personas que no son miembros como con las que lo son, a menudo termino aprendiendo algo. Puede que ya te haya sucedido algo similar en tu misión o al preparar una lección de la Escuela Dominical. Muchos líderes de la Iglesia han confirmado que el hecho de declarar nuestra fe a otras personas y de fomentar la lealtad entre ellas nos ayuda a recibir más revelación personal7. Cuando “hablamos bajo la inspiración del Espíritu Santo”, “siempre [podemos] aprender algo de lo que hemos dicho”8. He comenzado a comentar más sobre el Evangelio en las redes sociales y lo menciono en mis conversaciones diarias con amigos y familiares.

5. Reconocer que la revelación personal se recibe paso a paso

Algunas personas reciben respuestas claras cuando consultan al Señor en cuanto a decisiones importantes de su vida; pero, en mi caso, el Padre Celestial parecía permanecer en silencio en cuanto a mis dudas más grandes. Entonces me di cuenta de que tal vez estaba planteando mal las preguntas.

El Padre Celestial sí tiene el deseo de hablarme9, pero me da Sus respuestas “línea sobre línea”, no todas de un solo golpe10. Llegué a la conclusión de que había estado mirando hacia adelante al final del trayecto —a la espera de una grandiosa señal que resolviera todos mis problemas11—, cuando en realidad lo que necesitaba era preguntar: “¿Cuál es el siguiente paso?”.

Aún no tengo todas las respuestas a mis preguntas más importantes, pero puedo ver que Dios me guía de forma gradual hacia esas respuestas, un paso a la vez. Ese entendimiento me ha fortalecido la fe y aumentado la confianza en que Él me seguirá guiando en la dirección correcta.

Abrir la puerta a la revelación personal

Si seguimos a Jesucristo y tenemos el don del Espíritu Santo, podemos recibir revelación personal a diario. No obstante, a menudo no nos damos cuenta o no nos tomamos el tiempo de percibir Su constante presencia e influencia a nuestro alrededor. Sin embargo, el mundo se está volviendo más confuso y, como ha dicho el presidente Nelson: “… no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo”12.

Mientras más escuchemos y reconozcamos al Espíritu, mejor preparados estaremos para afrontar y superar nuestros retos. Todos podemos encontrar maneras de recorrer la segunda milla a fin de recibir revelación personal, ya sea mediante el ayuno, el servicio a los demás o una combinación de cosas que nos acerquen más a Cristo. Es posible que la puerta a las respuestas del cielo no se abra de par en par después de llamar durante un minuto —o un mes—, pero si nos esforzamos por invitar y escuchar al Espíritu de forma deliberada podremos escuchar Su voz apacible que nos indicará dónde encontrar la llave.