Liahona
Aguardar las respuestas sin dudar
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Jóvenes adultos

Aguardar las respuestas sin dudar

Cosechar las bendiciones del Señor requiere paciencia pero, como todos sabemos, esperar nunca es divertido.

De joven, odiaba esperar a que llegara la mañana. Me animaba e impacientaba tanto con lo que me iba a deparar el día siguiente, que muchas noches las pasaba dando vueltas en la cama, en un duermevela, y haciendo viajes frecuentes hasta la ventana, dejando escapar un suspiro de decepción cada vez que veía que aún estaba oscuro. Me parecía que la mañana tardaba una eternidad en llegar.

A veces, en mitad de la noche, le preguntaba la hora a mis padres, quienes me aseguraban que la mañana iba a llegar. Siempre dormía mejor después de eso.

A veces aguardar las bendiciones prometidas se parece un poco a eso. Ofrecemos oraciones sinceras, leemos las Escrituras y sentimos el cálido sentimiento de la certeza; pero si las circunstancias no cambian de modo inmediato —si las respuestas o las bendiciones no se reciben al instante—, empezamos a dudar que vayan a llegar.

Dudar que las respuestas llegarán

En mi experiencia, he descubierto que las dudas suelen presentarse cuando nos centramos en las circunstancias en vez de en el Salvador y el amor que siente por nosotros.

Cuanto más magnificamos las circunstancias y nuestra desolación en cuanto a lo que parece no estar saliéndonos bien, menos nos damos cuenta de que el Salvador nos ama y nos acompaña en cada paso que damos. Satanás lo sabe, por eso planta pequeñas dudas en nuestra mente para que nos cuestionemos el amor que el Salvador siente por nosotros, nuestro valor eterno y lo mucho que le importamos a nuestro Padre Celestial.

Aguardar sin dudar

Aguardar forma parte de la vida. En ocasiones, aguardar las respuestas, bendiciones y promesas del Señor puede parecer insufrible, aunque hay ciertas cosas que podemos hacer para aguardar las bendiciones sin ceder a las dudas:

Primero, podemos mirar atrás a aquellos momentos en los que recibimos respuestas o impresiones. Acuérdense de aquellos sentimientos de calidez o gozo que les susurraron paz a la mente y al corazón. Esos sentimientos y esas respuestas procedían de Dios; el paso del tiempo no altera esas verdades y promesas. Podemos seguir el siguiente consejo apostólico: “Atesoren sus recuerdos sagrados. Créanlos. Escríbanlos… Confíen en que les han sido dados por su Padre Celestial y por Su Hijo Amado. Permitan que les den paciencia en sus dudas y entendimiento en sus dificultades”1. Al centrarnos en el Espíritu y en aquello que sabemos que es verdad, las dudas perderán su relevancia y tendremos la confianza necesaria para avanzar con esperanza.

Segundo, debemos recordar que para recibir revelación personal es necesario estar dispuestos a avanzar con el ojo de la fe a pesar de no tener un conocimiento perfecto. Así como yo siempre tuve que aguardar la llegada de la mañana, podemos darnos cuenta de que aun cuando aguardamos las bendiciones que se nos prometierondebemos, mientras tanto, prepararnos, dar ciertos pasos y adquirir conocimiento. Mientras esperamos, podemos seguir aprendiendo y esforzándonos por ser dignos de las bendiciones reservadas para nosotros.

Por último, podemos mantener una perspectiva eterna, teniendo presente que “[a]lgunas bendiciones nos llegan pronto, otras llevan más tiempo y otras no se reciben hasta llegar al cielo; pero para aquellos que aceptan el Evangelio de Jesucristo, siempre llegan”, tal y como enseñó el élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles2. “Dios espera que ustedes tengan suficiente fe, determinación y confianza en Él para seguir adelante, seguir viviendo y seguir regocijándose”3. Las bendiciones del Señor siempre llegan, así como el amanecer llega cada mañana. Dirijamos la vista a la eternidad y no al mañana.

Aprender de la espera

En los momentos de duda, cuando sintamos que nos hallamos en un cuarto oscuro sin la luz del cielo, recordemos que el Salvador siempre tiene los brazos tendidos hacia nosotros, aguardando ansioso que acudamos a Él. Él nos confirmará el amor que siente por nosotros, tal y como hicieron mis padres cada vez que me preocupaba que la mañana no fuera a llegar.

Cuando hacemos del Salvador nuestro objetivo primordial, aguardar las bendiciones y las respuestas prometidas llega a ser menos tedioso. La espera se convierte en un tiempo de un aprendizaje y una preparación provechosos. Podemos aprender a centrarnos en la voluntad de nuestro Padre Celestial en vez de en la nuestra. Podemos llegar a saber con certeza que Él nos ama y que siempre cumplirá Su palabra. Esa certeza derrotará las dudas y las tinieblas. La mañana siempre llega, al igual que Sus promesas.