Liahona
Daneto Forde—Santa Catarina, Jamaica
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Deneto Forde

Santa Catarina, Jamaica

Fotografía por Christina Smith.

No recibí mucha educación académica, así que no sabía leer ni escribir bien; lo único que sabía hacer era escribir mi nombre. Un amigo con el que trabajaba me dio un número de teléfono y me dijo que debería llamar a ese número. Llamé y era una mujer que era profesora en la escuela secundaria. Me invitó a una clase de lectura. Después de un tiempo, me invitó a la Iglesia y a actividades.

Un día fui a la Iglesia y conocí a los misioneros y dijeron que querían enseñarme el Evangelio. Una cosa que me llamó la atención fue el Plan de Salvación. Había un vacío dentro de mí porque siempre me dije que tenía que haber más en la vida que lo que yo estaba viendo.

Me asaltaban preguntas. “¿Dónde empezó todo esto?”, “¿De dónde vine?”. Los misioneros me dijeron: “Usted existió antes de esta vida; vivía con su Padre Celestial. Usted vino aquí para ser probado y para hacer lo que se necesita para volver a vivir con Él”. ¡Eso respondió a mis preguntas!

Los misioneros también me enseñaron que el evangelio de Jesucristo fue restaurado. Yo no sabía nada al respecto; lo único que sabía era que Jesucristo murió por mí. Después de un mes, me bauticé a los 25 años.

Quería servir en una misión. Un año después de mi bautismo, fui a la República Dominicana para recibir la investidura en el Templo de Santo Domingo, República Dominicana, porque no hay un templo en Jamaica. Si hubiera un templo cerca de donde vivo en Jamaica, iría todos los días si pudiera.

Asistí al centro de capacitación misional en la República Dominicana y aprendí lo que debía hacer para ser un mejor misionero. Volví a Jamaica y serví durante dos años. Si pudiera volver a servir, lo haría porque fue maravilloso. En la misión hay altibajos y mucho por aprender, pero lo disfruté.

Cuando fui a la misión, apenas podía leer el Libro de Mormón o la Biblia. Durante el estudio con mi compañero, solía pedirle que me ayudara a leer algún pasaje de las Escrituras que no entendía. Él me ayudaba a comprender qué significaba. Con el tiempo, aprendí más y más. Al final de mi misión, había leído el Libro de Mormón, el Nuevo Testamento, un poco del Antiguo Testamento y Predicad Mi Evangelio. Ahora puedo leer cualquier libro que me den. Yo mismo puedo seguir aprendiendo más acerca del Evangelio. Sé que es una bendición para mí por haber servido en una misión.

El Evangelio me da un motivo para continuar y buscar días mejores.

Es maravilloso compartirlo. A veces conozco a alguien que está teniendo un mal día o alguien con preocupaciones por la vida. Tal vez haya muerto la abuela, el padre o alguien cercano a esa persona. Puedo hablarle sobre la Restauración y presentarle el Plan de Salvación. Gracias a la Restauración conocemos el Plan de Salvación.