2020
La compañía del Espíritu Santo
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La compañía del Espíritu Santo

El presidente Nelson enseñó recientemente lo crucial que es para nosotros en estos días poder tener la compañía del Espíritu Santo cuando dijo: “… en los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo”. Luego nos suplicó que aumentemos nuestra capacidad de recibir su guía en nuestra vida diaria.

Viniendo del profeta de Dios para nuestros días, considero importante dar oído a estas palabras de guía y advertencia; no las podemos pasar por alto.

Con frecuencia tengo el privilegio de conocer a muchos buenos hermanos y hermanas en los barrios, estacas, ramas y distritos de nuestra área, en los cuales es visible y palpable la luz y la paz que irradian, gracias a que ellos gozan de la compañía y la guía del Espíritu Santo. Son miembros fieles, quienes hacen uso del divino don del arrepentimiento y así se esfuerzan por ser un poco mejores cada día, quienes sirven a otros de forma abnegada y aman y desean lo mejor a todos a su alrededor. Son una verdadera fuente de luz que se puede ver desde lejos.

Les invito ahora a acompañarme a revisar algunos aspectos importantes en relación con el Espíritu Santo.

En Sus últimos días, el Salvador, anunció la venida del “Consolador”

Durante los días finales del Salvador, Él les anunció a sus discípulos que una vez Él se hubiera ido, les enviaría el “Consolador”. Seguramente los aún jóvenes e inexpertos discípulos no sabían bien de que estaba hablando el Salvador cuando les dijo:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre. El Espíritu de verdad, al que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:16–17, 23).

Efectivamente este “Consolador” vino sobre sus discípulos, como es relatado en el libro de Hechos:

“Y cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un lugar; y de repente, vino del cielo un estruendo como de un aviento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1–4).

Este acontecimiento fue fundamental para guiar a sus jóvenes seguidores a construir y organizar SU Iglesia en esos primeros días. Además, gracias a la guía del Espíritu Santo, ellos pudieron recordar y documentar todas las verdades y enseñanzas profundas que el Salvador les había presentado mientras estaba con ellos, lo cual fue indispensable para que pudiesen escribir los registros del Nuevo Testamento.

Las personas bautizadas, reciben el Don del Espíritu Santo

Todo miembro de la Iglesia, una vez bautizado, es confirmado por medio de la imposición de manos por un portador del Sacerdocio de Melquisedec y recibe el don del Espíritu Santo. De esta manera, recibimos el derecho a la compañía constante del Espíritu, si es que somos dignos de su guía y nos esforzamos por buscarle. No es por tanto ninguna garantía de que siempre estará guiándonos, ya que depende de nosotros y de lo que hagamos o no con nuestras vidas luego de ser bautizados y confirmados. Es más bien un convenio en el que entramos con Dios, a partir del cual el Señor nos promete que podremos gozar de la compañía constante del Espíritu Santo, siempre y cuando hagamos lo necesario de nuestra parte. Entonces la pregunta es:

¿Qué podemos hacer para tener el Espíritu Santo con nosotros?

Creo que vale la pena enumerar algunos puntos que son relevantes para que podamos gozar de la influencia guiadora e inspiradora del Espíritu Santo. Veamos:

Debemos ser obedientes

La obediencia es la primera ley del cielo y a la vez es un acto de fe. Eso quiere decir que debemos cumplir con los mandamientos que nuestro Señor nos ha dado, o sea ser dignos, para poder recibir sus bendiciones. Dado que la guía del Espíritu Santo es un don divino que viene del tercer miembro de la Trinidad, es lógico que este no puede funcionar en ambientes inadecuados o en personas que no están “sintonizadas” con Él. El ser obedientes y cumplir los mandamientos nos ayuda a preparar nuestros receptores espirituales para poder recibir sus susurros.

Oración regular

El Señor nos prometió que, si lo buscamos, lo encontraremos: “Lejos está Jehová de los malvados, pero él oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29). Dirigirnos al Señor en oración es buscarle, y en esos momentos podemos pedir su guía y acompañamiento. Sentiremos su cercanía y, con el ojo de la fe, podremos percibir sus respuestas.

Humildad

La actitud de arrodillarnos ante nuestro Señor y Dios, de reconocerle a Él como nuestro Padre y a su Hijo como nuestro Salvador y Redentor y estar siempre agradecidos por sus bendiciones en nuestras vidas, nos ayudará a dejar de lado a aquel “hombre natural” que es enemigo de Dios y que no es capaz de percibir lo que viene de Él. Cualquier rasgo de orgullo en el cual nos sintamos mejores o superiores, gracias al brazo de nuestra carne, ahuyentará el Espíritu.

Estudio de las Escrituras, en especial del Libro de Mormón

El presidente Nelson nos recordó que en especial “el deleitarse a diario en las palabras de Cristo en el Libro de Mormón” abre los cielos a la guía del Espíritu Santo. Por ello, aparte de trabajar en nuestros hogares e individualmente con el programa de “Ven, Sígueme” y su correspondiente libro de Escrituras (en 2019 era el Nuevo Testamento), recomendamos que nunca paremos de estar estudiando paralelamente también el Libro de Mormón todos los días. La razón es simple: fue escrito para nuestros días y por ello es la fuente de fortaleza más importante que tenemos como miembros de esta, Su Iglesia restaurada. Hay un poder especial que emana del Libro de Mormón. Mi esposa Irene y yo lo experimentamos cuando nos convertimos a la Iglesia hace ya casi 32 años. Fue gracias a la lectura del Libro de Mormón y los versículos 8–10 de Mosíah 18 (“… y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran, …”) que nosotros sentimos fuertemente el deseo de bautizarnos y ser miembros de Su Iglesia.

Orientar de forma consciente nuestros pensamientos

No dejar que nuestros pensamientos nos “secuestren”.

Esto es un asunto bastante relevante en nuestros días, ya que el Enemigo con frecuencia mantiene nuestra mente tan distraída con un sinnúmero de opciones tales como trabajo incesante, redes sociales, contenidos multimedia, videojuegos, conectividad a toda hora, televisión, internet, etc. que a veces no podemos escuchar la tenue y delicada voz del Espíritu Santo en nuestras vidas. Con frecuencia nos sucede como a Lehi en su visión del árbol de la vida que, por estar tan “absorto” en sus pensamientos, no se dio cuenta de la suciedad que había en el agua. (ver 1 Nefi 15:27). Pero no es solamente esto. Es importante recordar que nosotros tenemos la capacidad de reconocer cuando estamos ausentes de nuestra realidad inmediata con algún pensamiento que nos ocupa y de saber que nosotros, aquel hijo o hija espiritual de nuestro Padre Celestial, es quien tiene el control sobre nuestros pensamientos. Podemos controlarlos, podemos darles una dirección, podemos asegurarnos de no perdernos en el pasado o en el futuro, sino estar en el presente, en el ahora. Podemos cultivar pensamientos edificantes en vez de negativos, podemos pensar en cosas virtuosas en vez de cosas que sabemos que no provienen de Dios. Una vez hagamos esto, es ahí donde podremos abrirnos a que el Espíritu Santo nos inspire y dé guía.

Pensar en Jesucristo trae el Espíritu.

Al bendecir la Santa Cena, escuchamos las siguientes palabras: “… que siempre se acuerdan de él, para que puedan tener su Espíritu consigo”. Es decir que, si recordamos a nuestro Señor Jesucristo, esto nos ayudará a que el Espíritu Santo, quien como tercer miembro de la Trinidad da Testimonio del Padre y del Hijo, pueda estar con nosotros SIEMPRE. Pensar en Él, recordar Sus enseñanzas, Su ejemplo de amor y compasión al ministrar uno a uno, al sanar a los enfermos y dar consuelo a los afligidos, traerá el Espíritu Santo a nuestras vidas.

Cuando Jesucristo dijo a sus discípulos “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Lucas 14:27) y nos enseñó “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (Doctrina y Convenios 19:23), Él nos promete uno de los más preciados dones del Espíritu: el sentir paz. Al sentirnos en paz, al saber que Él es nuestro Salvador y Redentor, y que estamos esforzándonos cada día por mantenernos dignos en la senda de los convenios, podremos sentir la influencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

De esto doy mi profundo testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.