Liahona
    Todos queremos sentirnos parte de un todo
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    Todos queremos sentirnos parte de un todo

    Ya sea con la familia, los amigos, los colegas o las personas de la Iglesia, todos anhelamos ese sentimiento de pertenencia.

    Yo no soy muy bueno para el baloncesto; quizá sea cuestión de genes, de habilidad natural o de otra cosa, pero en la cancha siempre parece como que todos los demás saben jugar y yo no. A menudo eso me hace sentir fuera de lugar.

    Esa realidad no fue excusa para que mis amigos dejaran de invitarme a jugar al baloncesto. Solamente corría de un lado a otro haciéndoles creer que sabía lo que hacía, pero no creo haber engañado a nadie. Sin embargo, tengo que reconocer que mis amigos se esforzaban por incluirme.

    En una ocasión, durante un partido, lancé el balón hacia la canasta y este dio contra el tablero, golpeó el aro y después entró. No podía creerlo; de pura suerte, ¡anoté un punto!

    Comprendiendo lo especial del momento, mis amigos me felicitaron. Durante el partido no aporté gran cosa, pero me sentí parte de un todo y eso significó mucho para mí.

    El sentimiento de pertenencia es una necesidad humana, ya sea con la familia, los amigos, los colegas o las personas de la Iglesia. Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no solo queremos sentir que pertenecemos a ella, sino que, asimismo, deberíamos querer que los demás sientan que forman parte de ella también. Tenemos que seguir el ejemplo de nuestro Salvador y amar y tender la mano a todos los que tengan el deseo de “entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo” (Mosíah 18:8).

    A todos se nos necesita

    Lamentablemente, no todas las personas tienen esa sentimiento de pertenencia, aun en la Iglesia. Algunas podrían sentir que no se las necesita o hasta sentirse excluidas; sin embargo, a la hora de la verdad, se nos necesita a todos. Hablando acerca de la Iglesia, el apóstol Pablo dijo: “Pues tampoco el cuerpo [de Cristo] es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:14).

    El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Es sumamente satisfactorio ser necesitado en el cuerpo de Cristo. Ya sea que yo sea el ojo o el brazo es irrelevante; lo cierto es que se me necesita […] y el cuerpo es imperfecto sin mí”1.

    Cuando llegamos a ser parte del cuerpo de Cristo —la Iglesia—, sumamos nuestra fe a la de otras personas; y como parte del cuerpo de Cristo, se necesita a cada miembro de la Iglesia.

    Podemos ayudar a los demás a tener un sentimiento de pertenencia

    Además de participar de la Santa Cena, asistimos a la Iglesia con el fin de “reun[irnos] […] para ayunar y orar, y para hablar unos con otros concerniente al bienestar de [nuestras] almas” (Moroni 6:5).

    Quizá las personas que sean nuevas o que hayan vuelto a la Iglesia se sientan un poco incómodas. Tal vez se sientan fuera de lugar y esperen que alguien se les acerque y sea amable con ellas. Nosotros podemos ser ese alguien que les sonría, les salude y les brinde su amistad.

    El presidente M. Russell Ballard, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Si somos verdaderos discípulos del Señor Jesucristo, en todo momento tenderemos una mano de amor y comprensión a todo nuestro prójimo”2.

    “… que ninguno de vosotros se alej[e]”

    Cuando el Salvador se apareció a los nefitas, los invitó a que palparan las marcas en Sus manos, Sus pies y Su costado. Una por una, las personas se acercaron a Él (véase 3 Nefi 11:15). Entonces Él sanó a los enfermos, los quebrantados y los afligidos (véase 3 Nefi 17:7, 9). A continuación, bendijo a todos los niños y oró por ellos (véase 3 Nefi 17:21). Poco después, dijo con ternura: “… he mandado que ninguno de vosotros se alejara” (3 Nefi 18:25).

    A pesar de tus dificultades, de tu origen, de cómo te hayan criado o de cualquier cosa que te haga sentir que no eres parte del grupo, recuerda que el Salvador no quiere que te alejes. Si alguna vez te has sentido solo o excluido, Él sabe lo que es pasar por eso. Él fue despreciado y desechado (véase Isaías 53:3), tomó sobre Sí nuestros pecados y pesares, y experimentó todo tipo de dolor y soledad (véase Alma 7:11). Jesucristo estuvo dispuesto a pasar por todo eso a fin de saber cómo ayudarnos. A medida que lo sigamos, nos daremos cuenta de que sí pertenecemos aquí.

    Hay lugar para ti

    La Iglesia existe para ayudarnos a saber la forma en que podemos llegar a ser como el Padre Celestial. También nos brinda la estructura y la autoridad necesarias para que hagamos convenios sagrados que nos pongan en la senda que lleva a la exaltación.

    No importa en qué punto del trayecto te encuentres, recuerda que, como dijo el élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “… hay lugar para ustedes en esta Iglesia. ¡Vengan, únanse a nosotros!”3.

    A medida que tratemos de seguir el ejemplo perfecto del Salvador al amarnos, ayudarnos y tendernos la mano el uno al otro, podremos hacer que la Iglesia sea un lugar de unidad y pertenencia; ¡incluso para quienes no sepan jugar baloncesto!