Liahona
    El Señor dirige Su Iglesia por medio de profetas y apóstoles
    Notas al pie de página
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    El Señor dirige Su Iglesia por medio de profetas y apóstoles

    First Presidency and the Quorum of the Twelve Apostles

    La obra del Señor requiere una organización dirigida por el Señor mediante líderes que Él ha escogido y autorizado y a quienes Él guía para llevar a cabo Sus propósitos. La historia de las Escrituras muestra que esos líderes han sido, ya sea un profeta, o profetas y apóstoles. Ese era el modelo en la época del Israel del convenio y en el meridiano de los tiempos, y ese modelo continúa en la Iglesia restaurada de Jesucristo.

    El Señor dirige a Su pueblo mediante una organización

    El propósito de nuestro Padre Celestial es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna” de Sus hijos e hijas (Moisés 1:39). En esta dispensación, Él lo logra mediante La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuyo propósito es “ayudar a las personas y a las familias a reunir los requisitos para lograr la exaltación”1.

    “Los tres grandes y apremiantes aspectos de responsabilidad que recaen sobre la Iglesia”, enseñó el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), son: “… primero, llevar el evangelio de Jesucristo a todos los pueblos de la tierra; segundo, hacer que los miembros de la Iglesia vivan el Evangelio en la vida cotidiana; y tercero, mediante la obra vicaria, extender sus bendiciones a quienes han pasado más allá del velo de la muerte”2.

    En la actualidad, muchos parecen desear espiritualidad o religión, pero creen que pueden obtenerlas sin organización religiosa alguna. Quienes creen que pueden lograr esto sin una organización formal desconocen la bien documentada historia de lo que el Señor Jesucristo estableció para asegurar la continuidad y la eficacia de Su evangelio y enseñanzas. Tal como el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos recordó hace cinco años en un destacado discurso de conferencia general, “en el meridiano de los tiempos, Jesús organizó Su obra de manera tal que el Evangelio pudiera establecerse al mismo tiempo en muchas naciones y entre pueblos diversos”3. Esa organización incluía a los apóstoles y a otros oficiales que se describen en el Nuevo Testamento.

    ¿Por qué se requiere una organización para lograr los propósitos del Señor? Aun cuando nuestro Salvador nos ama y nos ayuda de manera individual, a fin de lograr Sus propósitos para todo el conjunto de los hijos de Dios —especialmente Su pueblo del convenio—, Él actúa por medio de una organización dirigida por profetas y apóstoles.

    Únicamente mediante una organización, los miembros individuales de lo que el apóstol Pablo llamó “el cuerpo de Cristo” (1 Corintios 12:27) pueden recibir las oportunidades que necesitan para lograr el progreso espiritual que es la finalidad de su creación; y solo una organización con diferentes talentos y una diversidad de esfuerzos puede lograr lo que es necesario para llevar a cabo la obra del Señor.

    Entre lo que solo se puede lograr mediante grupos organizados de creyentes se encuentran los grandes esfuerzos para ayudar a los pobres, proclamar el Evangelio en todo el mundo y edificar templos y mantenerlos. El profeta José Smith dijo que el objetivo de Dios al congregar a Su pueblo era “edificar una casa al Señor en la cual Él pudiera revelar […] las ordenanzas de Su casa y las glorias de Su reino, y enseñar a la gente el camino de la salvación”4.

    También se necesita una organización para cumplir con el mandamiento del Señor: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (Doctrina y Convenios 38:27). El presidente Henry B. Eyring, de la Primera Presidencia, ha enseñado que no podemos lograr esa unidad como personas individuales. “[D]ebemos buscarl[a] y ser dignos de [ella] junto con las demás personas. Por lo tanto, no es de sorprender”, observó, “que Dios nos inste a reunirnos para bendecirnos”5.

    También es necesario que la experiencia religiosa de los creyentes individuales sea por medio de una organización religiosa, ya que es la única manera en la que pueden ser censurados o disciplinados con autoridad por el pecado y el error. Dicha disciplina es esencial para nuestro crecimiento espiritual (véanse Doctrina y Convenios 136:31; 101:4–5; véase también Mosíah 23:21–22).

    El élder Neal A. Maxwell (1926–2004) expresó otra razón por la que las personas religiosas o espirituales deben estar organizadas: “… porque la bondad personal y casual no basta en la lucha contra el mal”6.

    Christ Ordaining the Twelve Apostles

    Cristo ordena a los Doce Apóstoles, por Harry Anderson.

    La Iglesia restaurada de Jesucristo está gobernada por profetas y apóstoles

    La organización de la Iglesia de Jesucristo debe tener líderes que Él escoja y a quienes otorgue el poder y la autoridad para declarar Su voluntad a Su pueblo.

    El Salvador enseñó: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16). La Biblia enseña claramente quién elige a los profetas y los apóstoles. Lo mismo se ve claramente en el Antiguo Testamento en el llamamiento de Moisés y de Samuel; y en el Nuevo Testamento se ve en el llamamiento de los Doce Apóstoles y del apóstol Pablo (véanse Éxodo 3; 1 Samuel 3; Marcos 3; Hechos 9). Esos líderes no se ofrecieron como voluntarios, y no fueron elegidos por los creyentes.

    La Biblia también muestra que los líderes religiosos deben tener la autoridad del sacerdocio de Dios, la cual se confiere por medio de alguien que ya posee dicha autoridad. Ese principio se ilustra en las descripciones contenidas en la Biblia del llamamiento y de la autorización de Aarón, de los integrantes de los Doce Apóstoles y de los Setentas (véanse Éxodo 28:1–4; Marcos 3:14–15; Lucas 10:1, 17). La autoridad del sacerdocio no provino de leer las Escrituras ni del deseo de prestar servicio; además, la ordenación que confiere la autoridad del sacerdocio proviene de las autoridades de la Iglesia, y se da a conocer públicamente (véase Doctrina y Convenios 42:11).

    En el Antiguo Testamento, los líderes espirituales eran profetas, a quienes se describe con tres funciones distintas. Algunos eran hombres santos que desempeñaban una función profética para su posteridad, como Abraham. Otros eran líderes que ejercían poder político y también sacerdotal, como Moisés y Josué. La mayoría desempeñaba su función profética independientemente de un cargo patriarcal o político, como Samuel e Isaías. El Libro de Mormón hace referencia a esos tres mismos cargos de profetas, tales como Lehi (patriarca), el rey Benjamín (líder político) y Alma, hijo (después de que renunció a su cargo de juez superior) (véanse 1 Nefi 1–2; Mosíah 1–6; Alma 4–5). Sin embargo, es evidente que todos los profetas que precedieron a Jesucristo llamaron a la gente al arrepentimiento y, sobre todo, profetizaron de la venida del Mesías7.

    El oficio de apóstol se menciona por primera vez en el Nuevo Testamento, cuando el Salvador llamó a apóstoles conforme iba organizando Su ministerio de proclamar, bautizar y sanar. El apóstol Pablo escribió que la Iglesia de Jesucristo está “edificad[a] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20). Jesús también llamó a Setentas y los envió a ministrar (véase Lucas 10:1, 17), y autorizó que se llamara a otros oficiales, como pastores y maestros (véase Efesios 4:11).

    2019 April General Conference

    Una función primordial de los apóstoles en la Iglesia que Jesús estableció fue poseer las llaves del sacerdocio. Cuando el Salvador prometió al apóstol Pedro “las llaves del reino de los cielos”, las describió como el poder para que “todo lo que at[are] en la tierra [fuera] atado en los cielos” (Mateo 16:19). Es decir, las llaves aseguran un efecto celestial en los actos autorizados realizados con la autoridad del sacerdocio en la tierra. Los apóstoles que poseen las llaves del sacerdocio tienen el derecho y la responsabilidad de presidir y dirigir las actividades del sacerdocio de Dios y de la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra8. Ello incluye la realización y la supervisión de las ordenanzas esenciales del Evangelio.

    Como parte de sus responsabilidades, los profetas y apóstoles tienen el deber y el don proféticos de enseñar las verdades del Evangelio y de testificar como “testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo” (Doctrina y Convenios 107:23). Reconocen la verdad y el error, y con autoridad declaran: “Así dice el Señor”. El presidente J. Reuben Clark Jr. (1871–1961), Primer Consejero de la Primera Presidencia, declaró que los apóstoles “tienen el derecho, el poder y la autoridad de manifestar la intención y la voluntad de Dios a Su pueblo, sujetos al poder y a la autoridad totales del Presidente de la Iglesia”9.

    Como siervos del Padre y del Hijo, los apóstoles y profetas enseñan y dan consejo según se lo indica el Espíritu Santo, sin ningún otro deseo más que el de expresar lo que es verdad y de alentar a todos a seguir la senda hacia las bendiciones de Dios, incluso el destino final que tiene preparado para todos Sus hijos: la vida eterna, “el mayor de todos los dones de Dios” (Doctrina y Convenios 14:7). Se puede confiar en las voces de ellos.

    El presidente M. Russell Ballard, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha dicho: “En el mundo de hoy, donde los comentaristas de radio y televisión pasan las veinticuatro horas exponiendo opiniones contradictorias, donde los mercaderes compiten por todo, desde el dinero de ustedes hasta su voto; en medio de todo esto hay una voz clara, inmaculada y ecuánime en la que siempre podrán confiar, y esa es la voz del profeta y de los apóstoles vivientes, cuya única intención es ‘el eterno bienestar de vuestras almas’ (2 Nefi 2:30)”10.

    El tener acceso a las enseñanzas de los apóstoles y los profetas es tanto una bendición como una gran responsabilidad. La bendición es el fácil acceso a lo que el Señor desea que escuchemos; la responsabilidad es que ese acceso a las enseñanzas del Señor nos hace responsables de escuchar y prestar oído a dichas enseñanzas. Lamentablemente, muchos creyentes no cumplen con esa responsabilidad. No es de extrañar que muchas personas en el mundo rechacen el hecho de que Dios da a apóstoles y profetas la autoridad y la inspiración de hablar en Su nombre; y que aun más personas rechacen a los profetas y apóstoles porque niegan la existencia de Dios o la existencia del bien y del mal absolutos.

    Afortunadamente, muchos eligen creer y seguir las enseñanzas de los profetas, y reciben las bendiciones prometidas. El presidente Russell M. Nelson ha enseñado lo siguiente: “El modelo de Dios, establecido hace mucho tiempo, de enseñar a Sus hijos por medio de profetas, nos asegura que Él bendecirá a cada profeta y que bendecirá a quienes necesitan consejo profético”11.

    Joseph Smith and Apostles

    Ilustración de José y Apóstoles, por Dan Burr.

    Los profetas y los apóstoles actúan por medio de consejos

    El Señor dirige Su Iglesia por medio de profetas (plural) y apóstoles (plural), conforme estos actúan por medio de consejos. Existen muchos ejemplos de ello.

    El Señor llama a un profeta para iniciar una nueva dispensación; luego, cuando esa nueva restauración progresa y madura, se revelan y enseñan doctrina y normas para el grupo por medio de una organización dirigida por apóstoles y profetas. De modo que, a medida que la Iglesia restaurada fue progresando y madurando en esta última dispensación, el Señor reveló que sus asuntos más importantes y sus casos más difíciles debían ser decididos por un consejo compuesto de la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles (véase Doctrina y Convenios 107:78–79). Toda decisión “se hará por la voz unánime del cuórum” (Doctrina y Convenios 107:27); de lo contrario, no tendrían “derecho a las mismas bendiciones que en la antigüedad recibían los acuerdos de un cuórum de tres presidentes” (Doctrina y Convenios 107:29).

    Todo ello manifiesta la instrucción del Señor de que Su Iglesia debe estar gobernada por consejos de apóstoles y profetas, lo cual protege y fomenta la unidad que es esencial en la Iglesia del Señor.

    El presidente Joseph F. Smith (1838–1918), en la conferencia general en la que fue sostenido como Presidente de la Iglesia, enseñó: “Al principio de esta obra, el Señor reveló que tres sumos sacerdotes deben presidir el sumo sacerdocio de Su Iglesia, así como a toda la Iglesia”12. Él afirmó la importancia de que hubiera tres sumos sacerdotes en la presidencia cuando declaró “que es erróneo que un hombre ejerza toda la autoridad y el poder de la presidencia en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”13. Y agregó: “La intención del Señor nunca ha sido que un hombre tenga todo el poder, y por esa razón ha puesto en Su Iglesia presidentes, apóstoles, sumos sacerdotes, setentas, [etcétera]”14.

    La referencia al plural, profetas y apóstoles, también se destaca en esta enseñanza conocida del presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972): “… hay una cosa que debemos tener bien en claro en la mente. Ni el Presidente de la Iglesia, ni la Primera Presidencia, ni la voz unida de la Primera Presidencia y los Doce desviarán jamás a los santos ni emitirán consejos al mundo que sean contrarios a la voluntad del Señor”15.

    A fin de llegar a ser doctrina oficial de la Iglesia de Jesucristo, las enseñanzas individuales de los apóstoles, e incluso de los profetas, deben quedar afirmadas mediante el proceso de aprobación por parte de otros apóstoles y profetas. Ello se ilustra en la Biblia en el acto de aprobación de los apóstoles cuando Pedro informó sobre su revelación de llevar el Evangelio a los gentiles (véase Hechos 11:1, 18). De manera similar, cuando la controversia sobre la necesidad de la circuncisión se presentó a los apóstoles, Pedro les recordó la importancia de la revelación que él había recibido, y entonces el consejo aprobó y resolvió la controversia con una epístola confirmadora a la Iglesia (véase Hechos 15).

    Igualmente, en la Iglesia restaurada, la doctrina no se canoniza hasta que toda la Iglesia la haya recibido por la ley del común acuerdo (véanse Doctrina y Convenios 26:2; 28:13). Ese principio se reveló en 1830 y se ha puesto en práctica desde entonces16. Esa práctica, que no se siguió en las iglesias que existían durante el periodo que llamamos la Apostasía, protege las verdades del Evangelio de quedar alteradas o influenciadas por ideas u opiniones personales.

    Finalmente, la unidad esencial en cuanto a doctrina entre los diferentes líderes se preserva por la regla establecida desde hace mucho tiempo de que las preguntas planteadas de forma individual a los apóstoles u otras autoridades sobre doctrina o normas que no estén claramente definidas en las Escrituras o en los manuales de instrucción se han de enviar a la Primera Presidencia (véase Doctrina y Convenios 124:126)17.

    Los profetas y los apóstoles testifican de Jesucristo

    Durante su ministerio, el profeta José Smith enseñó lo siguiente: “Así como Dios gobernó a Abraham, a Isaac y a Jacob como familias, y a los hijos de Israel como nación, de igual manera nosotros, como Iglesia, debemos estar bajo Su dirección si es que hemos de prosperar y ser protegidos y sostenidos”18.

    Este artículo ha descrito la forma en la que el Señor ha llevado a cabo Su obra a lo largo de las edades y cómo ese modelo y procedimiento continúa en nuestros días. Tal como el apóstol Pedro enseñó: “De [Jesucristo] dan testimonio todos los profetas” (Hechos 10:43). En nuestra época, el Señor continúa ejecutando Su obra mediante profetas y apóstoles que están autorizados a actuar en Su nombre para realizar Su obra de llevar a cabo la vida eterna del hombre.