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    Música para tener un día mejor
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    Música para tener un día mejor

    Liahona Magazine, 2020/03 Mar

    Elizabeth lanzó con un puntapié una cáscara de coco por el camino de tierra. Mientras rodaba, ella frunció el ceño. Hoy no había sido un buen día.

    ¡Para nada!

    En la escuela, Lagi le había dicho algo desagradable. Después, los otros niños se burlaron de ella cuando hizo mal un problema de matemáticas frente a la clase y, más tarde, se estropeó su proyecto de arte.

    “¡No es justo!”, dijo Elizabeth. ¿Quién habría inventado los días malos?

    Elizabeth tomó una hermosa flor de Jamaica (hibisco). Por lo menos ese día tenía algo bueno. Incluso en un día malo en Samoa, podía encontrar flores hermosas por todas partes.

    Se colocó la flor rosa en el cabello y caminó a casa.

    “¡Talofa!”, dijo el papá. “¿Qué tal el día?”.

    Elizabeth bajó la mirada. “No muy bueno”. Pasó junto a los ruidosos cerdos de su terreno y se sentó junto a su papá frente a la casa.

    El papá se sentó y la escuchó mientras le contaba sobre su día difícil.

    “Lo siento mucho”, le dijo el papá, dándole un abrazo. “He tenido días así. ¿Quieres saber lo que me ayuda a mí?”.

    Ella asintió. “¡Sí, por favor!”.

    Comenzó a entonar una canción que Elizabeth conocía muy bien. Su papá siempre le cantaba esa canción de amor a la mamá.

    Ella se rio y le empujó el hombro. “¡Papááá!”.

    Él sonrió. “¡Lo digo en serio! La buena música me ayuda a sentirme mejor. Por cierto, hablando de música…”.

    Elizabeth sabía lo que iba a decir. Era hora de practicar piano.

    Más que nada, Elizabeth quería aprender a tocar el piano para tocar canciones en la Iglesia. Ya le encantaba cantar con su familia, sobre todo con su papá; pero tocar el piano era más difícil. Sus dedos tenían que esforzarse para encontrar las notas.

    “No sé si quiero practicar hoy”, dijo.

    El papá se puso de pie. “Intenta pensar en lo que estás tocando; los himnos nos pueden ayudar a sentirnos más cerca de Dios”.

    Entonces él se quitó las sandalias y entró para ayudar con la cena.

    Elizabeth también se quitó las sandalias y entró. El papá cortó las verduras mientras la mamá removía el guiso.

    La partitura de “Fa‘afetai i Le Atua” estaba sobre el teclado. A Elizabeth le encantaba ese himno samoano; hablaba de dar gracias a Dios.

    Elizabeth encendió el teclado eléctrico y comenzó a tocar. “Piensa en lo que estás tocando”, le había dicho su papá.

    Y eso hizo. Pensó en todas las cosas por las que estaba agradecida: su familia, su casa, la música, la hermosa Samoa.

    Sus dedos comenzaron a encontrar las notas con más facilidad. Después de un tiempo, sus sentimientos comenzaron a cambiar; sintió paz. Elizabeth sonrió; ¡estaba sintiendo el Espíritu Santo!

    Dejó de oír el sonido de cortar las verduras y su papá comenzó a tararear. Se puso de pie junto a ella y comenzó a cantar.

    Ella siguió tocando, y su mamá también se unió a ellos. Elizabeth continuó pensando en todas las maneras en las que Dios los bendecía a ella y a su familia.

    Al final, el papá se acercó y preguntó: “¿Ya te sientes mejor?”.

    “¡Sí!”, dijo. “Tenías razón; ¡la buena música hizo que mi día fuera mejor!” ●

    Ilustraciones por Rebecca Sorge.