Liahona
    Sentirse parte de la Iglesia desde la perspectiva de la infertilidad
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    Jóvenes adultos

    Sentirse parte de la Iglesia desde la perspectiva de la infertilidad

    Afrontar la infertilidad me hizo sentir que no había sitio para mí en la Iglesia.

    Belonging in the Church

    Ilustraciones por J. Beth Jepson.

    Nunca me había sentido así hasta que Cameron, mi esposo, y yo empezamos a tener problemas de infertilidad. Los niños y las familias que hasta entonces me había encantado ver en la Iglesia comenzaron a causarme pesar y dolor.

    Sentía un vacío al no tener un niño en mis brazos o una bolsa de pañales en la mano. En la Sociedad de Socorro se anunciaban grupos de niños para jugar, las madres hablaban entre sí y parecía que todas las lecciones tenían que ver con la maternidad.

    Me sentía perdida.

    No tenía un niño para llevar al grupo de juegos ni historias que contar sobre cómo estaba criando a mi hijo en el Evangelio.

    Estaba desesperada por formar parte de las conversaciones sobre la maternidad y hacerme amiga de las hermanas de mi barrio, pero sentía que no había un vínculo entre nosotras porque yo no era madre.

    El peor domingo fue el primero en un barrio nuevo. Como no teníamos hijos, con frecuencia nos preguntaban si éramos recién casados y cuándo pensábamos empezar nuestra familia. Ya me había acostumbrado bastante a contestar esas preguntas sin dejar que me afectaran, y sabía que no tenían mala intención.

    Sin embargo, ese domingo en particular, el responderlas me resultó especialmente difícil porque acabábamos de enterarnos, después de haber tenido esperanzas, de que, una vez más, no estaba embarazada.

    Entré a la reunión sacramental desanimada, y contestar las preguntas para que “me conocieran mejor” me resultó muy difícil. Durante la Santa Cena me fijé en la congregación para ver si había otros matrimonios jóvenes sin hijos con los cuales mi esposo y yo pudiéramos relacionarnos, y no vi ninguno.

    Pero, fue en la Escuela Dominical donde realmente se me partió el corazón. La lección —que tenía el objeto de tratar el papel divino de las madres— se convirtió rápidamente en una sesión de quejas. Sentí congoja y las lágrimas me corrieron por las mejillas al escuchar a las mujeres quejarse de una bendición que yo hubiera dado cualquier cosa por tener.

    Me levanté y salí corriendo de la capilla. Al principio, no quería volver; no quería volver a tener aquella sensación de aislamiento. Pero esa noche, después de hablar con mi esposo, los dos sentimos que seguiríamos asistiendo a la Iglesia, no solo porque el Señor nos lo ha pedido, sino también porque ambos sabíamos que el gozo que se recibe al renovar los convenios y sentir el Espíritu en las reuniones supera la tristeza que me invadió aquel día.

    Belonging in the Church

    De vez en cuando, a todos nos falta ese sentido de pertenencia

    Aquella experiencia tuvo lugar hace cuatro años. Ha pasado el tiempo y sigo sin tener un bebé en los brazos ni una bolsa de pañales en la mano; pero sé, más que nunca, que sí formo parte de la Iglesia.

    Al mismo tiempo que he procurado superar mi dolor, me he vuelto más observadora de los que me rodean. Sigo observando a la congregación, pero ahora trato de percibir a los que quizás hayan llegado a la Iglesia sintiendo que no pertenecen a ella, y he descubierto que, de vez en cuando, a todos nos falta ese sentido de pertenencia.

    En la Iglesia hay miembros viudos, divorciados y solteros; hay quienes tienen familiares que se han apartado del Evangelio; hay gente con enfermedades crónicas o problemas económicos; miembros que sienten atracción hacia personas del mismo sexo; miembros que se esfuerzan por vencer adicciones o dudas; conversos nuevos; miembros que acaban de mudarse; matrimonios con hijos, pero que se han quedado solos… y la lista no tiene fin.

    Tal vez cada uno de nosotros crea que nuestras pruebas o circunstancias especiales nos impiden sentirnos parte de la Iglesia, pero la verdad es que nuestra vida misma y nuestras adversidades personales son lo que, en realidad y sobre todo, nos hace formar parte de la Iglesia de Cristo.

    El lugar al que pertenecemos es con nuestro Salvador

    El propósito de ser miembro de la Iglesia es seguirlo a Él. El lugar al que pertenecemos es con nuestro Salvador y, por lo tanto, tenemos un lugar en Su Iglesia. Él nos ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

    El Salvador nos invita a venir a Él, sean cuales sean nuestras circunstancias. Vamos a la Iglesia a renovar nuestros convenios, a aumentar nuestra fe, a buscar paz y a hacer lo que Él hizo a la perfección en Su vida: ministrar a otras personas que no tengan un sentimiento de pertenencia.

    Quizás habrá veces en las que sea la única persona de la Sociedad de Socorro que no tenga hijos; y veces en las que la gente todavía me pregunte por qué no los tenemos. Esos momentos tal vez sean difíciles, pero esas muchas experiencias penosas se compensan con muchas otras que producen gozo.

    Sentir el Espíritu en la Iglesia y demostrar mi amor por mi Salvador siempre superará cualquier sentimiento de soledad. Yo sé que en Cristo hay paz; sé que asistir a la Iglesia nos ayuda a sanar; sé que somos bendecidos si seguimos asistiendo. Nuestras pruebas pueden ser diferentes de las de los demás, pero nuestras experiencias contribuyen a que sintamos más empatía por aquellos que quizás sientan que no son parte de la Iglesia y, como consecuencia, esas experiencias pueden unirnos.

    Sé que, cuando comparto mi testimonio y abro mi corazón, es posible que ayude a otras personas a entender que ellas —y todos y cada uno— tienen un lugar en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.