Mi regalo más preciado
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Mi regalo más preciado

Mientras pensaba en todos los regalos y las tarjetas que íbamos a dar durante la Navidad, de pronto me asaltó un pensamiento. De todos los regalos de Navidad que yo había recibido en el pasado, ¿hubo alguno que hubiera tenido una influencia particular en mi vida? Entonces me vino a la memoria el mes de diciembre de 1963.

Ese día mis padres habían salido y me encontraba sola en casa. Era joven, y maestra de profesión; las clases habían terminado, por lo que estaba de vacaciones y la Navidad se aproximaba con rapidez. Busqué algo para leer, pero ya había leído todo lo que había en nuestra biblioteca, así que decidí ir a la casa de una vecina que tenía una excelente colección de libros y que muchas veces me prestaba alguno. Esa vez me ofreció uno que dos jóvenes —extranjeros— le habían dejado.

“Me gustaría saber tu opinión del libro”, me dijo. “El contenido parece interesante”.

Después comentó que los jóvenes eran misioneros. ¿Misioneros? De inmediato perdí interés en el libro; en aquel momento no me sentía inclinada hacia nada que tuviera que ver con religión, pero de todos modos lo acepté.

Al despedirnos, la vecina agregó: “Dentro del libro hay una notita que escribieron diciendo que antes de leerlo, la persona debe decir una oración a Dios”.

Como no tenía ningún otro proyecto para aquel sábado lluvioso, resolví leer el libro “interesante”. Al abrirlo, encontré la nota que habían escrito los misioneros. Puse el libro sobre la cama, me arrodillé y, por primera vez en mi vida, ofrecí una oración a Dios con mis propias palabras.

Al empezar a leer, el relato me cautivó. ¿Cómo podía el joven Nefi ejercer una fe tan inquebrantable? Y me preguntaba si yo sería capaz alguna vez de hacer algo similar. Al leer el libro de Mosíah, las palabras del rey Benjamín me fortalecieron; en aquellos momentos no tenía idea de que estaba leyendo un libro que iba a ser mi favorito durante más de cuarenta años.

En el transcurso de aquellos años, las páginas del libro me proporcionaron sostén, consuelo y fortaleza, y he descubierto muchos conceptos importantes que luego compartí en discursos y lecciones en la pequeña rama de Tucumán, Argentina, donde me bauticé y recibí la confirmación. Dos años después, mientras cumplía una misión de tiempo completo, también escribía notitas en trozos de papel sugiriendo a los investigadores que oraran antes de leer el ejemplar del Libro de Mormón que mi compañera y yo les habíamos dejado.

Han pasado muchos años desde entonces, pero ¿cómo podría haber olvidado el regalo de Navidad más preciado que he recibido en mi vida o a la vecina que me lo dio? Apenas tengo memoria de su cara y me resulta difícil recordar su nombre: Marina. Gracias, vecina, tienes mi gratitud eterna.