Compartimos nuestra Navidad
anterior siguiente

Compartimos nuestra Navidad

Sabíamos que nuestra primera Navidad como Santos de los Últimos Días iba a ser diferente de las demás. Pero lo que la hizo extraordinaria fue compartir esa celebración.

Cuando yo tenía diecisiete años, mi mamá trabajaba de costurera para una fábrica de muñecas; hacía su trabajo en casa, pero iba a la fábrica para buscar los materiales y entregar lo que había confeccionado. El hombre a quien entregaba las costuras tenía algo especial en su personalidad.

Al ir conociéndolo mejor, mi madre se dio cuenta de que a éste le había sucedido algo que le causaba tristeza. Un día lo invitó a casa y ese mismo día él nos visitó y pasó varias horas con nosotros. Nos enteramos así de que había llegado a Argentina procedente de Brasil, en busca de trabajo, y que nunca había regresado a su hogar, como lo deseaba.

Nuestra familia tiene la costumbre de invitar a alguien a pasar la Navidad con nosotros, y a principios de diciembre empezamos, como todos los años, a hablar sobre quién sería nuestro invitado ese año. Sin embargo, esa Navidad iba a ser diferente de las demás por una razón especial: era la primera que íbamos a pasar como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En seguida pensé en el compañero de trabajo de mamá, pero no dije nada; después, ella misma mencionó que quería invitarlo a él.

La próxima vez que mi madre fue a entregar sus costuras, le preguntó con quién iba a pasar las fiestas, y él le contestó que no sabía. Mi madre le dijo entonces que le gustaría mucho que fuera a nuestra casa en Nochebuena, y él respondió que después le contestaría.

Al caer la tarde en Nochebuena, alguien llamó a la puerta; cuando abrimos, ahí estaba el compañero de trabajo de mi madre con su hijo, un niñito de tres años. Fue muy agradable conocer al niño y pasar unas horas con él esa noche; era afectuoso como su padre. Nuestra familia sintió como si tuviéramos campanas repicando en el corazón al escuchar a ese niñito cantar con dulzura en aquella Nochebuena.

Me siento agradecida por el Evangelio, que desde aquel año acrecentó el espíritu de nuestras Navidades y aumentó nuestra determinación de tener “…presente… la bondad fraternal… [y la] caridad” (D. y C. 4:6).